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Preparándome para ir a trabajar, pongo fuerte la tele, como si fuera una radio que me tira noticias. La voz de Miguel Nogueira está explicando que con el actual sistema electoral (una cadena interminable de actos eleccionarios) hay en total 17 meses de una suerte de receso parlamentario.
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Corro a enfrentarme a la pantalla, recién salida de la ducha. En toalla, atiendo las palabras de Nogueira. Sí, los parlamentarios son políticos y por lo tanto son a menudo candidatos.
Entonces tienen que dedicarse a las campañas. La militancia sustituye al trabajo.
Me visto a toda velocidad para no llegar tarde a clase. Y me sobreviene el recuerdo de la única vez que fui a las barras del Parlamento. Ese día se hacía un homenaje a las víctimas de la AMIA y se solicitaba una acción ante la Embajada de Irán porque un representante de este país había dicho alegremente que el Holocausto era una mentira de los judíos.
Desde arriba, yo observaba las cabecitas canas o calvas de los parlamentarios. Me daba la impresión que los de un bando no escuchaban al otro. Muchos leían el diario. Otros tenían sus laptops encendidas (¿acaso Facebook, Tweeter?). Algunos entraban y salían.
Los argumentos que manejaban los disertantes eran palabras mecidas en el viento que, de pronto, una ráfaga se llevaba sin dejar rastro. Todos tenían su sí o no de antemano.
No había debate, había disciplina partidaria. ¡Pobre y hermoso Palacio Legislativo!, pensé. Te usan de butaca cómoda donde leer el periódico, pero las decisiones se toman en mesas de boliche, ante el vino o el whisky, o en asados, o en un cómodo y enorme sofá de una casona en Carrasco.
Lo más curioso era que un montón de butacas estaban vacías. ¿Estarían todos con certificación médica? ¿Habría viajado una patota de parlamentarios con una misión oficial?
Oh, no. Miguel Nogueira me lo acaba de aclarar y le creo. Diputados y senadores faltan muchísimo a su lugar de trabajo.
¿Cómo se las arreglan para que no les descuenten de sus frondosos sueldos? A un muy mal pagado docente se le descuenta a rajatabla si no trae de inmediato la constancia del médico certificador.
¿Qué sería de un liceo si la mitad de los profesores no concurriera, leyera el diario en clase o mirara su laptop?
¿Qué sería del Parlamento si los diputados y senadores ganaran lo que una maestra?
Pero los políticos salen muy duchos ante cámaras a hablar del ausentismo docente. No se toman la molestia de estudiar las estadísticas: la mayoría de los profesores no faltan; solo hay una misteriosa minoría que falta siempre. A menudo las clases no tienen profesor porque las renuncias y suplencias son un auténtico caos: los pauperizados docentes con pluriempleo se encuentran con que los horarios se les superponen y con que las elecciones de cargos son tardías.
Los políticos muertos se asustan de los docentes degollados. Con la diferencia de que la metáfora “degollados” en cualquier momento se hace realidad si continúa impune la violencia civil contra los educadores.