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Hace poco, el presidente Mujica nos espetó a los uruguayos que somos esquizofrénicos, que les chupamos la sangre a los argentinos y después los escupimos. Suena espantoso. No sé si en la misma diarrea dialéctica o en una posterior, aclaró que los uruguayos confundimos a todos los argentinos con un puñado de porteños “del barrio Norte y una parte de Buenos Aires que nos da en el forro”, de alguna manera justificando para estos la hematofagia y salivazo.
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Corría el año 2009, plena campaña electoral, y a quien esto escribe le toca estar presente en una visita que, en ese menester, hacía Mujica a un pequeño balneario del Este. Éramos pocos los que oficiábamos de anfitriones, que como correspondía le dimos la bienvenida y nos interesamos en sus conceptos. Nos dijo que venía de Punta del Este, donde lo habían recibido en el Conrad, le habían hecho una gira por el balneario, mostrado obras, hoteles, barrios, torres, cifras, proyectos, etc. etc. y nos comentó que quedó realmente impactado. Entonces confesó que, aunque había oído hablar mucho, no tenía idea de la brutal importancia del turismo que esta gira le había mostrado. Nos miramos atónitos, pensando cómo era posible que alguien que aspiraba a ser presidente en pocos meses, fuera ignorante a tal grado de uno de los principales rubros y sostenes de la economía del país. Desde luego que fue reconfortante su franqueza, pero ésta duró lo que un lirio, ya que a la confesión de ignorancia del turismo, la compensó con “yo sé de ovejas”, cosa que habiendo sido ya ministro de Ganadería, estábamos todos en condición de dudar. Seguramente los presentes fuimos iniciados sin saberlo en el “como te digo una cosa….”.
Claro que la relatada al principio no es la primera de las ocasiones en que Mujica se refiere a las relaciones platenses; cada vez que fue cuestionada su política de sumisión a los Kirchner, ha saltado con un exabrupto y ataque al cuestionador, como si enfrentar con firmeza y dignidad a un gobierno claramente hostil con pretensiones imperiales, fuera pelearse con los argentinos y alejarlos de nuestro país.
Mujica percibe que no todos los argentinos son iguales; pero lo que todavía no alcanza a comprender es que aquellos que fueron puntales en la construcción de la maravilla que es hoy Punta del Este (y de los principales balnearios de la costa uruguaya) con su pujanza hispana y el buen gusto que seguramente traen en su raíz tana; los que veranean e invierten en Uruguay pese a los perones de turno; los que —todavía— creen en su seguridad jurídica, los que confían en su seriedad y en sus políticos; los que compran campos e invierten en mejorarlos, los que últimamente vinieron en bandada a hacer la agricultura mas poderosa de la historia oriental, los que apuestan a rubros no tradicionales y mas riesgosos en el campo uruguayo; los que hablan bien de Uruguay y los uruguayos estén donde estén; en definitiva, los que quieren a Uruguay de verdad: estos no se cuentan entre los millones de votantes de los Kirchner, y son en su enorme mayoría los porteños “del Barrio Norte y una parte de Buenos Aires” que Mujica desdeña. Estos, que a veces nos irritan con su “idioma casi español pero hablado en italiano” como dice un amigo catalán, o con su porte sobrador (seguramente también genética itálica), merecen de todos los orientales reconocimiento y respeto.
Y esos seguirán viniendo y multiplicándose en esta ribera, cuanto más lejos esté nuestra manera de ser, nuestras instituciones y nuestro gobierno de los Kirchner, Timerman, Kiciloff, Moreno, De Vido y demás secuaces anti-orientales declarados o encubiertos; que estos sí, les chupan la sangre a ellos (¿o no ha confesado Cristina que se ha enriquecido por ser una presidenta “exitosa”?), y nos escupen a nosotros.