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Minas por siempre bonita, aunque muy fea la IML. Hacía tiempo que no iba a Minas, destino clásico de paseos familiares que me legaron recuerdos imborrables. Esta vez, obligado por unos trámites, me tocó ir el mismo día del comienzo de la primavera. No sé si tanto como en abril, al sentir de Santiago, pero la encontré linda como siempre, con su espectacular marco serrano.
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Debía pasar por un local comercial en la calle Treinta y Tres, en el Centro de la ciudad. Como vi carteles de “no estacionar” en ambas aceras, busqué lugar a la vuelta, por Sarandí, calle de una mano. Apenas di la vuelta en la esquina noté que había amplio lugar disponible y ahí mismo estacioné, cosa que me alegró por estar algo retrasado. Debo confesar que me llamó la atención que sobre la acera derecha habían unos cuantos autos y en la izquierda ninguno, lo que me hizo revisar con especial atención si en algún lugar de la cuadra había algún cartel señalizador de la prohibición de estacionar. Nada, ni los cordones pintados de rojo, como lo había visto en la calle Treinta y Tres.
Finalizada la gestión que motivaba mi viaje llegué al auto, con la sorpresa de encontrarme un papelito rosado prolijamente doblado bajo el limpia parabrisas: una multa por “estacionar en lugar prohibido”. Molesto por lo que me pareció injustificado, me dirigí a la Intendencia. Luego de varias conversaciones en diferentes ventanillas y de plantear mi desacuerdo en el Depto. de Tránsito sin resultados, conseguí me recibiera el jefe de esa dependencia, un señor llamado Jesús. Poco después descubriría que su nombre era una de esas ironías que tiene la vida.
El motivo de la multa era muy claro: en Minas no se puede estacionar en la acera izquierda. ¿Por qué? Porque así se decidió el año pasado, aunque antes parece que era al revés, no se podía estacionar del lado derecho. Me lo escribió el mismo inspector actuante en mi papelito rosado: “Se le informa que a partir del 1º de junio de 2011 se estaciona del lado derecho”. Ante mi reclamo de que yo no vivo en Minas y no tengo por qué saber las reglamentaciones locales ni sus modificaciones, menos si no veo carteles indicadores, este señor me respondió que “si no sabe las normas de tránsito tiene que tener un poco de sentido común, si no ve autos estacionados en un lugar por algo será”. No hubo forma de razonar con este inmerecido tocayo del hijo del Padre, que me tomaba el pelo y hasta parecía divertirle la situación. En eso se sumó a la fiesta el propio inspector que me había multado, a quien pregunté su nombre pero se negó a dármelo (Inspector No. 40, única información). Me pidieron la licencia de conducir, tomaron mis datos y se despidieron con un alegre “tenga cuidado”. No tuve más remedio que pagar los $ 653 correspondientes a 1 UR, $ 594,86, más “derechos de expedición”, por $ 59,44 (la verdad, ya no tenía ganas de preguntar qué era el concepto agregado).
Más allá del magro monto de la multa, que poco cambiará mi economía, me sentí injustamente atropellado, maltratado y estafado. Conversando luego con algunos minuanos, me comentaron que los inspectores municipales están constantemente recorriendo esas calles con un desmedido afán recaudador. Nadie se salva de las multas. ¡Claro, cómo para poner cartelería, no sólo habría que gastar plata sino que recaudarían mucho menos! Ya en Montevideo, con todos los motores de búsqueda en internet, me fue imposible encontrar tal disposición. Sólo entrando en la página de la IML logré encontrarla, aunque tampoco fue fácil (Resolución Nº 2212/2011 de la Junta Departamental de Lavalleja).
Este episodio me trajo a la mente lindos eslóganes que vienen resonando hace ya un tiempo, como el “País de Primera”, el “Uruguay Natural”, “Un Turista, Un Amigo”. Pensé en los lindos recuerdos y anécdotas que podrían llevarse a sus patrias turistas europeos, carentes de sentido común por estacionar en la acera izquierda de la siempre bonita ciudad de Minas.