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En Vivir para contarla, Gabriel García Márquez relató los primeros años de su vida en Aracataca, municipio colombiano del departamento de Magdalena, donde nació en 1927. En ese lugar de nombre sonoro y nubes de mariposas amarillas, vivió hasta los ocho años al cuidado de sus abuelos. En su casa sintió el calor agobiante y los interminables aguaceros, escuchó relatos de las luchas de su abuelo en la guerra de los Mil Días y supo de compañías bananeras, de matanzas y de un pueblo dividido por la vía de un tren. “Nadie me cree que no he inventado nada”, decía el escritor cuando Aracataca se convirtió en Macondo, el escenario de varias de sus historias.
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“A él le tomó casi veinte años ‘vivir’ en Macondo para aprender a escribir su novela Cien años de soledad”, escribió Conrado Zuluaga para el libro Camino a Macondo. Ficciones 1950-1966 (Literatura Random House, 2020) que recopila apuntes, cuentos y novelas con los que G.G.M. fue elaborando esa tierra mítica antes de que explorara como todo un mundo en Cien años de soledad (1967).
En un solo tomo de preciosa edición aparecen sus primeros textos sobre la casa de los Buendía y su entorno, además de La hojarasca (1955) y El coronel no tiene quien le escriba (1961), Los funerales de la Mamá Grande (1962) y La mala hora (1966). Textos geniales que marcan el camino hacia aquel día en que el coronel Aureliano Buendía fue con su padre a conocer el hielo.