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    Música gloriosa, baile memorable

    “El Mesías”, por el Ballet Nacional del Sodre

    Georg Friedrich Händel (Alemania, 1685-Inglaterra, 1759) compuso El Mesías (1741) en solamente 23 días cuando ya se había instalado definitivamente en Londres. La ópera ya estaba pasada de moda y Händel, profundamente religioso, consideraba que el oratorio era una especie de ópera que se inspiraba en las Sagradas Escrituras. Autor durante 30 años de muchas óperas de estilo italiano, el oratorio El Mesías posee sin embargo influencias de las cantatas alemanas. El libreto fue escrito en inglés por Charles Jennens y se compone de fragmentos bíblicos, tal como si fuera una ópera dividida en tres actos y múltiples escenas. La primera parte incluye la Anunciación (Adviento) y la Navidad. El famoso “Aleluya” que es el fragmento más conocido, es el coro que cierra la segunda parte, que contiene la Pasión, la Resurrección y la Ascención de Cristo a los cielos. La obra culmina con el triunfo de Cristo ante la muerte, el Juicio Universal y la palabra “Amén” como cierre final. Toda la partitura está hecha para ser cantada, a excepción de la sinfonía inicial, que oficia como obertura.

    Estrenada en Dublín en 1742, El Mesías se convirtió en una de las piezas fundamentales de Händel y se transformó con el tiempo en una obra de una monumentalidad nunca imaginada por el autor. Poco a poco fue aumentando la cantidad de instrumentos ejecutantes, al punto de que para conmemorar los 25 años de su muerte se interpretó con una orquesta que tenía 95 violines, 26 violas, 21 cellos, 20 oboes, 12 trompetas, 4 juegos de timbales y un coro de 257 voces. Posteriormente, se ha llegado a ejecutar con 4.000 participantes. La versión que se escucha en el Estudio Auditorio del Sodre no es tan gigantesca, pero el programa de la función no incluye los datos de la música grabada que sustituye a la orquesta sinfónica y el coro en vivo.

    Lo que hizo el coreógrafo argentino Mauricio Wainrot con El Mesías —cuya versión original abreviada estrenó en 1996 con el Royal Ballet de Flandes (Bélgica) y luego amplió en 1998 para el Ballet Nacional de Chile— fue utilizar 32 escenas que se detallan en el programa según su título en inglés, todas pertenecientes a la primera y segunda parte, culminando con el “Aleluya” y eliminando toda la tercera parte. La versión es corta (poco más de una hora) y la coreografía no es de carácter figurativo sino abstracto, por lo que la comprensión de la obra debería referirse a la letra del oratorio, pero esta es la original en inglés y no hay subtítulos, así que todo el tema religioso queda en la imaginación del espectador, que debe limitarse a apreciar el baile y escuchar la espléndida música, pero escasamente prestar atención a los detalles místicos del asunto original.

    No importa. ¿Por qué? Porque desde que se levanta el telón para dejar ver un escenario totalmente despojado, con un intenso color celeste (o celestial, tal vez) proporcionado por la iluminación siempre brillante de Eli Sirlin, con todo el cuerpo de baile despertando uno a uno a la vida según movimientos diseñados con perfecta coordinación —en un crescendo que la música enfatiza—, se sabe que este va a ser un espectáculo digno de verse. No es un trabajo fácil para los bailarines, sobria y parejamente vestidos por Carlos Gallardo, porque Wainrot ha diseñado una coreografía endemoniada que solo puede ser ejecutada por un cuerpo de baile entrenado y muy seguro, algo que el BNS viene demostrando desde hace algunas temporadas y que tuvo su culminación en el “Hamlet ruso”. A esta altura se puede afirmar que es capaz de eso y de mucho más, ya que en manos de Julio Bocca ha llegado a un nivel de exigencia (y de excelencia) como para lucirse en cualquier escenario del mundo.

    Entonces, más que el oratorio que se escucha con sus letras inspiradas en la Biblia y los Evangelios (espléndida música y muy buenas voces, por otra parte), importa lo que visualmente se aprecia sobre el escenario. La mayor parte del tiempo el cuerpo de baile está siempre presente en todo su conjunto, aunque en cada uno de los 32 segmentos intervengan solo dúos, o tríos o ensembles más numerosos. Todos tienen igual lucimiento y no cabe señalar nombres, porque en cada función se van turnando como es costumbre. Pero el ojo atento sabrá distinguir en el segmento “He Shall Feed” (que cerraría la primera parte, aunque no está marcado el intervalo) a María Noel Riccetto y Ciro Tamayo (función del domingo 15) quienes, como es habitual, tienen su brillo propio.

    Claro que la lograda homogeneidad del elenco, marcada por vestuario, peinados y parejo desempeño, obligan a celebrar El Mesías como un gran trabajo de Wainrot (que ya había hecho “Un tranvía llamado Deseo” en 2011), visualmente espectacular y con un final emocionante. Nadie podrá quedar insensible luego del glorioso “Aleluya” que cierra la obra. En épocas del rey Jorge II, protector de Händel, el monarca impuso la costumbre de ponerse de pie durante esa parte, algo que luego se convirtió en tradición. En esta ocasión dan ganas de hacer lo mismo, pero la habitual sobriedad y discreción montevideanas no permiten ese ritual, salvo después que baja el telón. Entonces, la siempre colmada platea del Estudio Auditorio puede expresar su entusiasmo por un espectáculo del BNS que, una vez más, ha colmado sus expectativas. Y eso sí que se ha convertido en una sana costumbre que es de desear dure mucho, mucho tiempo.

    “El Mesías”, en el Auditorio Nacional del Sodre. De martes a sábados (20 h) y domingos (17 h). Entradas: desde $ 140 hasta $ 770.

    Vida Cultural
    2014-06-19T00:00:00

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