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    Napoleón y su mono Bolívar

    Vimos en una columna anterior que Bernardo Prudencio Berro alertaba en sus escritos privados (mayormente cartas a su hermano y a algunos amigos) sobre el peligro que implicaba la prédica revolucionaria de los románticos. Debemos temerles a esos evangelistas de la insurrección, decía, pues cuando las revoluciones echan a andar, “los buenos se esconden, los malos campean y la multitud los sigue porque aparecen con más poder”.

    Se trataba de un tema que realmente inquietaba (yo diría, incluso, que mortificaba) a Berro, quien en 1838 no dudó en subrayar: “Rivera, sus ministros, sus escritores y trompeteros han adoptado las exterioridades del romanticismo. El lenguaje místico, el ruido y bambolla de las palabras, lo solemne de las proposiciones, el estilo figurado, pomposo, oscuro y misterioso; estos son los atavíos con que disfrazan las contradicciones más repugnantes, y las máximas y principios más escandalosos que hasta ahora hemos visto por acá”.

    El romanticismo, en esta visión, se presentaba como una orgía de fuegos artificiales, como burbujas de champán (de champán francés, por supuesto) que emborrachaban a quienes “suspiran por los extremos”, pues no era otra cosa que una larga colección de golpes de efecto destinados a atontar las cabezas y dificultar la actividad racional de las mentes.

    Cultores de todo tipo de hipérboles y exageraciones, los románticos prometían el paraíso terrenal bajo las formas de una sociedad modélica que, por el momento, sólo existía en el hervidero de sus cabezas. El camino más corto, más breve y seguro a ese nuevo orden soñado era la revolución.

    Pero la insurrección, según Berro, sólo servía para cementar el poder de la espada. El poder de la fuerza bruta. El envilecimiento de la razón. El mejor antídoto contra ese mal era la “guerra legal, guerra de palabra y por escrito, guerra de ejemplos, guerra en el ejercicio de la ciudadanía, en todos los actos en que uno toma parte como miembro de la nación desarmada, que muestra su voluntad y sus deseos”.

    No nos debe extrañar pues que Berro, en torno a sus 35 años de edad, sostuviese que su ídolo era “el mediano Washington” y no “el gigante Napoleón o su mono Bolívar, cosechando pasmos y admiraciones (…) para atribuirse y atraer a sí todo”.

    Mil y mil veces más, y luego otras mil, prefería Berro al “modesto, sencillo y poco literato Congreso de Norteamérica” que al ilustrado, brillante y esplendoroso Parlamento francés. Mejor las medianías de un Washington, siempre juicioso y bien intencionado, que el embriagante discurso de cualquier líder galo, experto en exageraciones, en abstracciones y en todo tipo de construcciones mentales destinadas a la confusión general de una nación.

    En el ámbito anglosajón en el cual Berro cultivaba su admiración, el centro de la atención era el pueblo. En el otro, el centro de la atención eran las personas. Y para el líder nacionalista, que de a poco iba esmerilando su llamada “doctrina puritana”, lo importante era el pueblo en su conjunto, no algunas individualidades.

    Un dato biográfico de interés: vivía Berro por esos entonces en Minas, en donde se publicaba un periódico (“El Talismán”) de notoria simpatía por la cultura francesa. Se trataba, según el futuro presidente uruguayo, de un periódico destinado a una elite de la población local necesitada de “un desahogo adecuado”. Pero lo que la región realmente precisaba eran publicaciones destinadas a inculcar en el pueblo “aquellos conocimientos elementales más indispensables, que tengan más relación con sus primeras necesidades”.

    Y ahondaba así en esta cuestión: “Yo, a pesar de cuanto pueda decir ‘El Talismán’ y todos los ciegos y acérrimos partidarios de la cultura francesa, tengo gravísimas y fundadas sospechas para creer que ella, a lo menos en cuanto a las ciencias morales y políticas, no es la más a propósito para ilustrar rectamente los entendimientos y dar virtud a los corazones en Hispanoamérica”.

    Este escepticismo sobre el valor del pensamiento francés en Hispanoamérica se fundaba, justamente, en los elementos negativos del romanticismo que ya hemos enumerado. Pero dejemos que el propio Berro nos lo aclare: “Voy a explicarme. Predomina en los constitutivos esenciales del carácter francés una inflamabilidad y una elasticidad tan excesivas que los conduce irresistiblemente a la exageración y a la incontinencia en todas sus cosas, por una parte, y a la variabilidad y ligereza por otra. Inflámase el alma al menor soplo; sube y se esparce en llama rápida e ilimitadamente y después de haber recorrido y tocado sin detenerse cuanto encuentra en su expansión, se extingue de golpe, para volar a otras regiones, impelida de nuevo soplo”.

    ¿Qué consecuencias tenía esta característica de la cultura francesa para una sociedad como la uruguaya? Una revolución liberadora, responderán seguramente casi todos los lectores.

    ¿Pero era realmente así?