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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Resucitó. No está aquí”. Es lo que el ángel le dice a quienes buscan a Jesús en el sepulcro En paralelo con la cuarentena, muchos han vivido el tiempo de Cuaresma que, para los cristianos, es un tiempo de búsqueda, a través de la oración, la penitencia y la caridad. Aunque la búsqueda de la verdad no termina nunca, la Cuaresma culmina en la constatación de que Cristo no terminó enterrado sino que venció a la muerte. Es recién ahí que los discípulos creen.
¡Cuántos creen en eso; cuántos querrían creer y no pueden! Cuántos no quieren ni pensar en ello.
La fe no es un ejercicio de voluntad. No alcanzaremos a Cristo apretando los dientes. La fe es un privilegio, un don. Pero que tampoco nos viene a partir de estar echaos patrás.
Es cierto que para muchos la fe no se distingue de la propia vida: es algo que siempre estuvo ahí, conmigo. Para otros, es una vivencia que se nos cruza a cierta altura de la vida y se torna como una piedra en el zapato. Pero para todos es una experiencia que conlleva dudas. Siempre. A veces antes, otras después, pero siempre. El propio papa Francisco, en una entrevista reciente, contesta afirmativamente y sin dudar cuando el periodista le pregunta si alguna vez ha tenido dudas y añade que posiblemente vuelva a experimentarlas. Porque la fe es un compromiso libre de alguien imperfecto.
Tener fe no es vivir un razonamiento filosófico. Es más que eso. Pero se para sobre la razón. Porque no hay pregunta más importante que el hombre pueda hacerse: ¿Dios, existe o no existe? Solo cabe una respuesta y según sea la que terminemos eligiendo, nuestra vida tendrá un sentido o tendrá otro. O ninguno.
Nadie está obligado a creer. De hecho, tampoco está obligado a plantearse el sentido de su vida. Si quiere, puede tratar de contentarse con ir tirando.
Episodios como el coronavirus y su cuarentena son buenas oportunidades para preguntarse: ¿dónde está?
Esta vida, que hoy se nos trancó, ¿adónde nos lleva?
La pandemia pasará, pero las preguntas básicas acompañan al hombre toda su vida.
Ignacio De Posadas