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    No lo veían, pero siempre estuvo

    Se restauró el mural “Oficios”, del artista Julio Alpuy, en el liceo Dámaso

    Tiene ocho metros de largo y tres de altura. Surgió en una época de auge del muralismo, que se expandió a edificios públicos y privados. Especialmente en los centros educativos, una ley de los años 50 permitía destinar 5% del presupuesto para incorporar obras de arte en sus edificios. Es así que en 1955 el arquitecto José Scheps, a cargo del proyecto para construir el nuevo edifico del liceo Dámaso Antonio Larrañaga, decidió llamar al artista Julio Alpuy para que hiciera un mural en el pasillo lindero con la biblioteca y frente al patio central del edificio. De esta forma, el liceo se inauguró con el mural Oficios, cuyo nombre completo alude tanto a su concepción estética como a su contenido: Constructivo ciencias, artes y oficios.

    Estructurado en líneas horizontales y verticales que forman un cuadriculado, el mural lleva el sello del Taller Torres García (TTG), del que Alpuy fue fundador. Por medio de figuras geométricas y planas, representa escenas del arte, de la ciencia y de oficios rurales y urbanos. El propio artista, que nació en Cerro Chato, Tacuarembó, en 1919, vivió de cerca los trabajos rurales y tuvo una mirada especial hacia la naturaleza. Cuando con 16 años de edad se trasladó a Montevideo, la vida urbana lo acercó a otras experiencias que quedaron plasmadas en el mural junto a las de su infancia.

    En sus más de 60 años de vida, Oficios sufrió un proceso de deterioro y fue perdiendo su paleta de colores, pero también tuvo algunas pérdidas en su capa volumétrica. Hace dos años, el Ministerio de Educación y Cultura, a través de la Comisión del Patrimonio, junto con las facultades de Arquitectura y de Ingeniería comenzaron una serie de estudios para su restauración. El miércoles 12, el mural fue inaugurado con una nueva luminaria y una refacción apropiada de su entorno, al que Scheps llamó “el corazón del conocimiento”.

    La restauración del mural es parte de un proyecto mayor coordinado por el arquitecto Rafael Lorente para celebrar los 100 años del nacimiento de Alpuy. Como parte de los homenajes, sus exalumnos están organizando una muestra con sus obras, algunas inéditas, que se exhibirán en octubre en el Museo Mazzoni de Maldonado, y a partir de mediados de noviembre en el Museo de Historia del Arte (Muhar) de Montevideo.

    Julio Alpuy

    De pérdidas y encuentros

    La restauradora Claudia Frigerio estuvo a cargo del equipo que trabajó durante un año, todos los días de 8 a 18 horas, para recuperar el mural que había perdido su color de la mitad hacia abajo. “La mayor complejidad fue la consolidación, encontrar lo que producía el desprendimiento y una solución metodológica para solucionar las pérdidas, que no eran solo en la capa pictórica, sino también volumétricas. En algunas partes llegaban hasta el revoque”, contó Frigerio a Búsqueda.

    El mural se trató como a un paciente con síntomas de una enfermedad desconocida. Por eso, antes de tocar nada, los restauradores hicieron un “mapeo” para identificar sus lesiones. Después las agruparon y estudiaron los tratamientos para cada una. En general las partes restauradas se mimetizan con el original, pero bien de cerca se distinguen pequeñas manchitas que indican la intervención que “curó” la pérdida.

    “Hubo mucho que definir en cuanto a la reintegración del color, tuvimos que hacer muestras y técnicas diferentes. La pérdida en la parte baja era casi total, pero siempre persistieron algunos puntos de color y las líneas negras del contorno de las figuras se conservaron mucho más que otras tonalidades. Por eso siempre tuvimos la información de lo que Alpuy había hecho. Eso fue muy importante porque si no hay información se tiene que dejar una laguna, y en este caso no ocurrió”.

    El mural se trató como a un paciente con síntomas de una enfermedad desconocida. Por eso, antes de tocar nada, los restauradores hicieron un “mapeo” para identificar sus lesiones. Después las agruparon y estudiaron los tratamientos para cada una.

    Frigerio hace más de 20 años que es restauradora. Cuando comenzó a interesarse por esta profesión, no había en toda Sudamérica un lugar donde estudiarla. Por eso hizo un curso breve en la escuela Pedro Figari y luego viajó a México, que era el país con más trayectoria en el área.

    Después de ser seleccionada en un llamado para trabajar en el mural, Frigerio estuvo al frente de un equipo de 10 restauradores, pero además coordinó con asesores extranjeros, entre ellos, Julio Manuel Iglesias, de la Universidad de Barcelona, y Saray Fernández de México, quien estudió especialmente la composición del material. “El trabajo involucró a 14 o 15 personas entre asesores, laboratorios y comisiones”, recuerda la restauradora.

    Para darle protección y destaque al mural, se colocó un techo de yeso con nueva luminaria y un escalón de madera que separa la obra del pasillo y del posible roce de quienes por allí transitan. Queda pendiente colocar un filtro en los vidrios de las ventanas que se enfrentan al mural por las que entra el sol, además de encontrar una solución para la humedad ambiente.

    “Llegamos a la conclusión de que el desprendimiento puede tener que ver con la transpiración y la humedad ambiente que se genera por la cantidad de personas. Se hizo un estudio en todo el tiempo que estuvimos trabajando y nunca bajó del 70% de humedad, incluso llegamos a 80 o 90%”. La humedad que se deposita sobre el mural sumada a la luz del sol comienza a generar el desprendimiento”.

    Julio Alpuy

    Andamios en el liceo

    El Dámaso es uno de los liceos más grandes de Montevideo. Tiene 5.000 estudiantes de bachillerato repartidos en cuatro turnos y 500 profesores, además de los funcionarios. “Es como una pequeña ciudad”, dice su directora, Sandra Giménez. En 2015, la Comisión del Patrimonio designó al edificio como Monumento Histórico Nacional.

    El pasillo donde se encuentra el mural es un lugar especialmente elegido por los estudiantes. Pero, durante años, pasaban frente a la obra de Alpuy sin reparar en ella. “No se dieron cuenta de que allí había un mural hasta que vieron a los restauradores”, explica la directora. Incluso, la obra tenía algunos grafitis y rayas hechas con objetos punzantes.

    Giménez destaca la labor que cumplió Carola Wuhl, profesora de Historia del Arte, quien se encargó de incentivar a los estudiantes en la valoración del mural y lo utilizó como materia de estudio. “En los días del Patrimonio se abrió el liceo, y ella con los estudiantes y otros docentes dieron charlas a quienes visitaron el liceo sobre su significado, quién fue el artista y la importancia para la institución”.

    Profesores, estudiantes y funcionarios convivieron durante un año con los restauradores subidos a andamios y rodeados de materiales. Fue una relación productiva porque todos se interesaban por los avances y aprendieron de quienes lo llevaban adelante. “Había estudiantes que se acercaban todos los días y nos hacían preguntas. Les conocíamos hasta los nombres”, cuenta Frigerio.

    El pasillo donde se encuentra el mural es un lugar especialmente elegido por los estudiantes. Incluso, la obra tenía algunos grafitis y rayas hechas con objetos punzantes.

    El día de la inauguración estuvo presente el arquitecto Scheps, que ahora tiene 99 años. En un momento se acercó a Frigerio y le señaló la figura de un hombre y una mujer enfrentados que están en el centro del mural. “Me dijo que Alpuy los había pintado desnudos y él le pidió que los vistiera porque era un liceo”, recuerda la restauradora.

    También en la inauguración estuvo Gustavo Serra, integrante de la Fundación Alpuy, quien comentó con la restauradora que varias veces visitó el mural con el artista. “Alpuy quería restaurarlo y decía ‘cómo va a estar bien si usé pintura de la ferretería de la esquina’. En esa época posiblemente las pinturas murales no tuvieran una buena base de preparación por la falta de recursos”, cuenta Frigerio.

    Después de la muerte de Torres García, Alpuy continuó con su legado, pero también siguió un camino personal en busca de su propio lenguaje artístico. Viajó por Europa, vivió en Colombia y en Venezuela y finalmente se radicó en Nueva York, donde murió en 2009. El proceso de cambio de su obra implicó abandonar el óleo y las grandes telas y pasarse a la madera y al relieve.

    En el Dámaso están trabajando el sentido de pertenencia al liceo, que ahora implica un especial cuidado por la obra de Alpuy. Ese mural que no veían, pero que siempre estuvo.

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