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Spencer Maldonado es un músico argentino muy desafortunado. Cuando va a registrar sus temas de última creación, como Confesiones de invierno,Rosa, Rosa o La balsa, los funcionarios se ríen y le dicen que esas canciones las compusieron hace años otros autores. Él se asombra porque nunca las había escuchado. Es que Maldonado sufre de “inspiración tardía”, una rara enfermedad que les ocurre a los artistas que crean obras excepcionales sin saber que ya tenían autor. Spencer Maldonado es un personaje del humorista Peter Capusotto, quien de esta forma se ríe de una de las costumbres más antiguas relacionadas con la creación artística o intelectual: plagiar la obra ajena.
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“El plagio es una forma de halago”, argumentó en 2008 el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique cuando tuvo que pagar más de 50.000 dólares por la publicación de 16 artículos periodísticos en diarios españoles, artículos que él firmó pero cuyos textos pertenecían a otros. El novelista de larga trayectoria está acusado de decenas de otros plagios que no se han podido probar, porque este delito tiene áreas grises que obligan a mirar con lupa lo que no es copia textual o evidente.
“Para mí, los elementos del plagio son tres: la existencia de una obra protegida por derecho de autor, la reproducción total o parcial de esa obra por quien no es el titular del derecho, o sin su autorización, y la atribución de autoría falsa de la obra, es decir, hacerla pasar como propia. Sin este último punto no hay plagio”, explicó a Búsqueda Luis Fernando Iglesias, abogado especializado en propiedad intelectual.
Iglesias estudió y debatió en medios de comunicación sobre el caso del escritor argentino Pablo Katchadjian, autor de El Aleph engordado (2009). Katchadjian le agregó frases a la novela El Aleph de Jorge Luis Borges, pero sin diferenciar lo que era del original y lo que era de él. Entonces María Kodama, viuda y heredera de Borges, lo demandó por plagio. La Justicia primero procesó al autor por defraudación de la propiedad intelectual, pero el caso continuó, como una larga trama borgeana, con una apelación y llegó a mayo de 2017 con el sobreseimiento del acusado, por lo que se puso fin a una posible sanción.
“En este caso, no hubo plagio porque Katchadjian al final de su libro aclara cómo mezcló el texto de Borges con el de él. Pero como no los diferenciaba, yo creo que hubo una reproducción ilícita”, explicó Iglesias. También aclaró que las leyes de derecho de autor uruguayas y argentinas son similares y tienen una raíz común: establecen el derecho moral de una obra (la paternidad) y los derechos patrimoniales (venta y reproducción). Otro aspecto en común es que no protegen “ideas” sino la materialización de las ideas.
Lo curioso es que la palabra “plagio” no figura ni en la ley uruguaya ni en la argentina. “En mi opinión, lo más parecido al plagio está en el artículo 44 que habla de la ‘reproducción ilícita’: las adaptaciones, arreglos o imitaciones que supongan una reproducción disimulada del original. Por lo tanto, está claro que la sanción no es solo cuando se copia una obra, sino cuando alguien copia y se hace pasar por el autor”.
Torpe, como plagio de Nik.
A veces la popularidad de un escritor, y las ganancias para las editoriales, hacen “perdonar” los plagios. Por ejemplo, Bryce Echenique en 2012 obtuvo el Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara en Lenguas Romances. En 2016 encabezó la delegación de escritores peruanos en la Feria del Libro de Uruguay, que tuvo a Perú como país invitado de honor, pero a último momento canceló su participación y no vino a Montevideo.
Algo similar ocurre con el ilustrador argentino Cristian Dzwonik, más conocido como Nik, el creador del famoso personaje Gaturro. A través de sus tiras en La Nación, Nik plagió a grandes maestros de la historieta argentina. En 2014 comenzó a circular en las redes sociales un plagio cometido a Quino con el siguiente texto: “Atento al silencio guardado por el dibujante Cristian Dzwonik (a) Nik y el diario La Nación a mi pedido de que se publicaran en forma conjunta la tira de la serie Mafalda y la de Gaturro, suplo tal omisión reproduciéndolas por este medio con el objeto de ponerlas a consideración de los lectores, manifestando públicamente mi desagrado por sus similitudes más que evidentes”.
A Nik, sus colegas lo detestan porque ha plagiado a varios dibujantes, como a Roberto Fontanarrosa, y lo siguen con lupa en las redes. Este año descubrieron otra copia a un caricaturista mexicano, apodado Betinorama, en su tira de 2013 Cobijasutra. Nik reprodujo en forma idéntica tanto los dibujos, que representan diferentes formas de arroparse con una cobija, como los nombres que les puso el mexicano.
A pesar de todo, Nik ha sido premiado por sus obras y sigue siendo invitado por los organizadores de ferias del libro. Incluso en mayo de 2017 estuvo en la Feria del Libro Infantil de Uruguay y su presencia fue un éxito porque los niños adoran a Gaturro. “Es un personaje inmensamente popular entre los niños. Fue el punto alto de la feria, que se desbordó cuando él estuvo. Además, pintó vidrieras en librerías y firmó cientos de libros”, explicó a Búsqueda Julián Ubiría, editor de Penguin Random House, una de las editoriales que lo publican. Otra de las editoriales es Ediciones de la Flor, curiosamente la misma que ha publicado las obras de Fontanarrosa y de Quino. Ubiría no quiso opinar sobre las acusaciones de plagio sobre Nik.
Quienes sí se molestaron con su presencia en Montevideo fueron los ilustradores, por lo menos a través de las redes sociales. Uno de ellos fue Sebastián Santana, quien dijo a Búsqueda que quienes publican a Nik tienen una responsabilidad importante. “Que tenga ese nivel de difusión y que no haya una crítica sobre lo que hace me molesta. Yo a veces tengo el temor de si lo que hago no remitirá a cosas que encontré o si no estoy recurriendo a otras influencias. Por eso creo que tendría que haber libertad en la propiedad intelectual porque todo remite a otra cosa en algún sentido. Pero una cosa son las influencias y otra es copiar el punto de vista del otro, las líneas enteras, el remate entero, como hace Nik. Un tipo con ese nivel de masividad, con una industria montada, tendría que tener a alguien que lo mire, que cuide el oficio. Ponerte el traje de otro, cuando todo el mundo sabe que es de otro, es muy torpe. Habla de una pobreza ética con el trabajo que va más allá de dibujar bien o mal”.
Nik ha creado una verdadera industria con Gaturro, no solo a través de los libros y revistas, sino de películas, cartucheras, mochilas, champús, muñecos y otros souvenirs. En 2016, dibujantes y caricaturistas peruanos declararon a Nik como “un personaje que degrada el oficio de dibujante”, lo que fue motivo para que cancelara su presencia en la Feria del Libro de Lima. Los organizadores lo lamentaron y argumentaron que el dibujante no tiene ninguna sentencia judicial pendiente, lo que enojó más a los dibujantes.
“No importa de dónde sacas las cosas, sino a dónde las llevas”, dijo alguna vez el cineasta Jean-Luc Godard. Curiosamente, tanto los grandes creadores como quienes los plagian estarán de acuerdo con esta idea.