N° 2067 - 16 al 22 de Abril de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáQueremos todo ya. Ahora, en este instante. Queremos soluciones inmediatas a problemas inéditos. Queremos tecnologías que estén disponibles en el mercado, que nos ayuden a resolver situaciones que hasta hace cuatro semanas ni siquiera habíamos considerado en nuestro universo de cosas probables. Queremos que la ciencia en todo el planeta se comporte como un iPhone o como un delivery que llega a los 20 minutos de hacer el pedido. Y si esa ciencia, que hasta el momento es el único método que viene dando resultados en esta pandemia, no se comporta como ese iPhone o como ese dispositivo que da respuesta inmediata a nuestra demanda, al instante desconfiamos y buscamos una conspiración. No importa cuál, una, cualquiera. Lo que sea que nos saque de encima la incertidumbre de no tener una solución a mano.
Pero no todo tiene la velocidad del consumo, no todo viene tecnológicamente prestablecido. Una pandemia no es un mercado de teléfonos celulares en donde uno entra y elige la mejor opción de acuerdo a su deseo o necesidad. La tecnología nos ofrece certezas que fueron diseñadas para satisfacernos pero una pandemia es lo opuesto a la certeza. Es un inmenso vector de incertidumbre que, como tal, debe ser desentrañado. Como me decía un amigo: “Esta pandemia no nos debería pasar a nosotros, estas son cosas que le pasaban a los uruguayos de fines del siglo XIX, cuando la fiebre amarilla, a gente que no sabía casi de nada y le pasaba casi de todo”. Estamos tan adormecidos por nuestra lógica de consumo que nos cuesta despertar nuestros reflejos, aquellos que nos hicieron pararnos en dos patas en la sabana africana hace tres millones de años, para ver si un depredador se nos venía encima.
Lo comentaba en Twitter el otro día: a ojo de buen cubero, pareciera que la gente que menos información científica maneja es aquella que más le pide a la ciencia que en este momento de enorme incertidumbre declare verdades sólidas e inobjetables. Eso se debe, creo yo, a que esa gente no entiende (o lo olvidó, porque el método científico se enseña en el liceo) que cualquier declaración científica es siempre provisoria, es un constante “hasta acá sabemos, más allá no”. Y que ese “hasta acá sabemos” es, en una pandemia en curso, un asunto de cada día. Reafirmar a la gente en sus certezas, o darle unas nuevas en momentos de crisis, no es un asunto de la ciencia. Eso es religión. No es raro que en momentos de alta incertidumbre la gente se vuelque a la religión. Ahora, esa clase de certezas no las va a dar jamás la ciencia, no es ese su material de trabajo. Ni tampoco su objetivo.
Por supuesto, no faltará quien haga una lectura “política” de lo anterior. Es decir, alguien que crea que el eje de nuestra situación colectiva en este momento es apoyar al gobierno o atacarlo. En definitiva, habrá quien crea que la política partidaria local es el único eje de las cosas, incluso en medio de una pandemia global. Pero en realidad no estoy hablando de lo que deben hacer los gobiernos o de cómo se vinculan las decisiones científicas con las decisiones políticas. Hablo de cómo, creo, se percibe la situación desde una parte importante de la ciudadanía (no sé qué tan importante, por eso el ojo de buen cubero). Hablo de cómo aquellos ciudadanos de a pie que tienen peor formación científica son justamente aquellos que más le reclaman certezas a la ciencia y de cómo la ciencia solo puede ofrecer (y está bien que así sea) certezas muy provisionales y basadas en la evidencia disponible. Y que en esta pandemia en curso es una evidencia que surge y se analiza a cada instante. Es decir, que las “verdades” provisorias pueden y deben ser cambiadas por otras “verdades”, si así lo indica la evidencia.
Como apunta el divulgador científico mexicano Mauricio-José Schwarz, “pedir que los políticos supieran cómo se iba a comportar el virus es absurdo si no lo sabían los muchos especialistas de varias áreas que se han preparado toda su vida para arrancarle sus secretos a un virus así lo más rápido posible, pero no para adivinar el futuro”. Y agrega: “Lo que debería admirarnos es lo rápido que pasamos de no saber nada del virus (1º de enero) a lo mucho que sabemos ahora..., y lo que debemos entender es que eso que es ‘mucho’ comparado con otras pandemias sigue siendo insuficiente para combatirlo”.
Lo que propone la religión (o la magia) y lo que propone la ciencia son cosas por completamente distintas. Eso debería ser claro para cualquiera que recuerde cómo funciona el método científico. Pero ese no parece ser el caso de quienes detectan una trampa o un engaño (médicos reconocidos entre ellos) en cada información que matiza o contradice alguna información previa. Es obvio que siempre van a existir desfasajes entre un dato científico y la implementación de una política en torno a ese dato. La política no es una ciencia exacta, incluso si se basa en la evidencia. Pero de ahí no se debería concluir que por ser política existe solo como buena o mala intención. Jugar ese juego es arriesgado en tiempos normales, imaginemos lo que implica jugarlo en una pandemia que ya mató a 125 mil personas en todo el mundo.
Legitimados para hablar están todos los ciudadanos, obviamente. Pero eso no equivale a que todas las opiniones valgan lo mismo. Para poder tasar qué opiniones son “mejores” que otras es que usamos la evidencia. En una situación inédita, con una variabilidad casi meteorológica como esta, con los riesgos inmensos que tiene detrás de si cualquier decisión, el uso de la evidencia es especialmente crítico. Y quien mejor puede leer esa evidencia es quien se formó durante años, décadas, para entenderla. Yo puedo opinar lo que me parezca, pero no vale lo mismo mi opinión que la de un virólogo o un epidemiólogo. Quien, además, no puede dar las respuestas instantáneas que nos gustaría tener. El análisis requiere método y tiempo.
Como decía Umberto Eco en un artículo de 2002, “estamos tan acostumbrados a la velocidad que nos enfadamos si el mensaje de correo electrónico no se descarga enseguida o si el avión se retrasa. Pero este estar acostumbrados a la tecnología no tiene nada que ver con el estar acostumbrados a la ciencia; más bien tiene que ver con el eterno recurso a la magia… La magia ignora la larga cadena de las causas y los efectos y, sobre todo, no se preocupa de establecer, probando y volviendo a probar, si hay una relación entre causa y efecto. De ahí su fascinación, desde las sociedades primitivas hasta nuestro renacimiento solar y más allá, hasta la pléyade de sectas ocultistas omnipresentes en Internet”.
No es momento de hacerle caso a los magos de la velocidad ni a los charlatanes quejumbrosos. No es momento de dejarse vencer por esta incertidumbre, para muchos de nosotros desconocida. Es momento de concentrarse y estar en foco. De informarse con los que saben hasta donde saben, y también de estar atentos. Otra cosa sería una frivolidad imperdonable en estos días.