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Hijo de la clase media baja, Hitler siempre despreció a la aristocracia. Pero no se trataba de simple resentimiento, sino que estaba profundamente convencido de que la aristocracia, a través de sus relaciones de sangre y parentesco con las casas reales en el extranjero, no se identificaba con los intereses del país sino que sentía más afinidad con sus pares internacionales.
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Los líderes de la Alemania del futuro —sostenía— surgirían de las clases medias y trabajadoras.
La animadversión era correspondida: cuando Hitler y su comitiva —antes de la toma del poder en 1933— se estaban retirando de una visita al príncipe heredero de la casa Hohenzollern, se oyó la voz de Cecilie, la esposa del príncipe, gritando “¡Abran las ventanas urgentemente, que esto apesta!”.
Luego de años de desconfianza, en mayo de 1943 Hitler les prohibió a quienes tenían contactos internacionales (léase: los miembros de la aristocracia y la familia imperial alemana) ocupar puestos en el Estado, las Fuerzas Armadas y el partido nazi.
La grieta entre los oficiales de carrera de las FFAA, en donde dominaba el elemento aristócrata, y el aparato nazi (el Nsdap, las SS, la Gestapo) fue en constante aumento y llevó a hechos de violencia. Era una convicción entre los altos oficiales que la salvación de Alemania exigía el fin del nazismo. El discurso de Hitler de “luchar hasta la muerte” reforzaba el planteo de los disidentes.
No asombra que el atentado del 20 de julio de 1944 fuese organizado por miembros de ese sector social privilegiado y llevado adelante por un conde: Claus von Stauffenberg. Hitler ordenó castigar a todos los involucrados. Himmler, más radical, insistía en “liquidar a toda la banda” de aristócratas.
La lista de nombres “azules” que fueron eliminados fue larga. Uno de los primeros en suicidarse fue el general mayor Henning von Treschkow. Hitler se había enterado de que el Mariscal de Campo Günther von Kluge y el comando militar alemán en París habían celebrado su muerte con champagne. Kluge se suicidó un mes después del atentado y su colega, el general Carl-Heinrich von Stülpnagel, murió en la horca diez días más tarde.
Otra víctima ilustre de este episodio fue el Mariscal de Campo Erwin Rommel, “el zorro del desierto”, que tuvo que elegir entre el suicidio y la vida de su esposa e hijo o el envío de toda la familia a un campo de concentración. Rommel se suicidó. El general Paul von Hase, comandante de Berlín, fue fusilado.
Otra víctima famosa fue el almirante Wilhelm Canaris, jefe del servicio de contraespionaje del ejército alemán y, a la vez, uno de los líderes de la resistencia al nazismo. Tres días después del atentado de julio de 1944, Canaris fue arrestado y enviado a un campo de concentración. Fue ahorcado a menos de tres semanas del fin de la guerra. En prisión escribió: “Muero por mi patria con la conciencia tranquila de haber hecho mi deber, oponiéndome a la locura criminal de Hitler”.
La Iglesia es la gran ausente en la vida de Hitler, en cuyo entorno los curas brillaban por su ausencia. La enorme actividad edilicia, que fue uno de los mayores rasgos del Tercer Reich, apuntaba a crear una larga serie de edificios públicos, parques y sistemas de comunicación en las principales ciudades, los cuales harían de Alemania “un país de futuro”. En ninguno de sus incontables encuentros con arquitectos, ingenieros y artistas, Hitler les dedicó un solo segundo de tiempo a los templos religiosos.
Cuando un sector de las SS, poco antes de la Navidad de 1939, pidió que se enviaran “curas de regimiento”, Hitler respondió que “los curas serían más útiles como choferes de regimiento”. Martin Bormann propuso en el acto que se prohibieran los salmos y las canciones navideñas en las FFAA, pero Hitler defendió “el valor cultural” de las últimas.
Ni siquiera ante la muerte se pensó en llamar a un cura. Y quien casó a Hitler y Eva Braun fue Walter Wagner, notario y oficial de las tropas de combate. Además, los nazis sustituyeron el bautismo religioso por una ceremonia privada.
Para Hitler, la religión era sinónimo de atraso, pues creía en las leyes de la naturaleza y veía al hombre como el eslabón más alto de un largo proceso evolutivo. Ese proceso estaba marcado por la lucha por la supervivencia, que eliminaba eficazmente a los elementos menos capacitados. La Iglesia —sostenía— se empeñaba en mantener en vida a los débiles y a los no capacitados. Por eso, era “una enemiga del desarrollo”.
El tema religioso lo llevó a despreciar a Franco y a sentirse decepcionado por Mussolini, pues ninguno de ellos había combatido a la Iglesia y limitado el gran poder que la misma tenía en España e Italia.
En sus largos monólogos durante las comidas (dos funcionarios anotaban sus palabras, las cuales han sido publicadas con ese título: Monologe), Hitler se quejaba repetidamente del Generalísimo: “Si hubiera sabido que Franco luchaba para reestablecer los privilegios medievales de los curas y los condes nunca lo hubiera ayudado”.