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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPor razones de edad, no salimos la Noche de la Nostalgia a bailar con mi esposa. Por otra parte, habría sido difícil encontrar un lugar donde se interpretara la música de nuestra juventud con los tangos de Zagnoli y D`Arienzo, el jazz de Dogliotti y Panchito Nolé, los candombes de Romeo Gavioli, las rumbas de los Lecuona Cuban Boys de Xavier Cugat o Pérez Prado, etc. Pero esa noche, quizás por el fuerte temporal que azotó Montevideo, no pude conciliar el sueño y me inundé de nostalgias, no las de aquel maravilloso tango de Cobián y Cadícamo, sino lo referente a recordar la década de los 50 y a compararla con la actual para concluir que, a mediados del siglo pasado, la sociedad uruguaya era más feliz de lo que es en la actualidad.
Era más feliz porque regían otros valores, había más respeto hacia los padres, los maestros y los mayores. Porque la familia era mucho más unida. No había TV, ni celulares, ni juegos de video. En la mesa se escuchaba la voz de los padres y no el tecleo de los celulares. Éramos más felices, porque los uruguayos teníamos menos necesidades, ya que no desesperábamos por comprarnos un auto, un TV led, un celular, un aire acondicionado y todos los aparatejos que actualmente nos complican la vida. El principal entretenimiento de un hogar era la radio y, sobre todo, las radionovelas, entre las que destaco las de Isolina Núñez, Floreal Cavalieri, Violeta Amoretti, Julio César Armi, Mora Galián, Walter di Leva, Nubel Espino, Juver Salcedo yJulio Alassio, a lo que se agregaba Roberto Barry con el Comisario de Cerro Mocho.
Había cines en todos los barrios. En el mío, en el querido barrio La Comercial, teníamos tres: dos en la calle Justicia, el Centenario y el Rose Marie, y uno en la calle Hocquard, el Oriental, en el que los sábados podíamos ver cuatro películas y los episodios por 20 centésimos y luego tomarnos un vaso de leche y dos plantillas, al pie de la vaca en un tambo de la calle Hocquard y Requena, por 15 centésimos.
En cuanto al teatro, la Comedia Nacional era de un nivel excepcional, con Alberto Candeau, Enrique Guarnero, Maruja Santullo, Estela Medina, China Zorrilla, Taco Larreta y Walter Vidarte entre otros.
Los juegos infantiles estaban referidos al fútbol en la calle o en algún baldío; las figuritas, las bolitas, el trompo, el balero y la mancha eran nuestra principal diversión. La escuela y los liceos públicos eran de un excelente nivel. Creo que en aquellos tiempos nunca hubo una agresión de un padre a un maestro o a un profesor, por el respeto que los mismos generaban.
Había pobreza, pero no esa miseria angustiante que golpea actualmente nuestra sensibilidad. No existían los miles de indigentes que duermen en los umbrales de las casas de nuestras ciudades. Había mendigos, pero pocos, que no dormían en las calles. Con las limosnas que recibían podían dormir bajo techo. No había cuidacoches, ni limpiadores de vidrios de los autos. Y la seguridad era casi total.
Era el Uruguay donde el hijo de un almacenero asturiano (Enrique Iglesias) podía graduarse y transformarse en canciller y en una personalidad de enorme relieve internacional, y el de un funcionario bancario (Alejandro Zaffaroni) que luego de estudiar en nuestra Facultad de Química, podía, en Estados Unidos, desarrollar la pastilla anticonceptiva y ser incorporado al Hall de la Fama de los Inventores y recibir la Medalla Nacional de Tecnología de ese país en 1995.
El Uruguay era reconocido como la Suiza de América, por su legislación social avanzada, por su sistema político, por la vigencia de los derechos humanos y por su extraordinario desarrollo cultural. Este país tan pequeño fue protagonista de la creación de las Naciones Unidas, donde Justino Jímenez de Aréchaga fue partícipe de la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos; el Embajador Rodríguez Fabregat, del surgimiento del Estado de Israel. Era el Uruguay de Carlos Vaz Ferreira, de Juana de Ibarburou, de Benedetti, de Onetti, de Idea Vilariño, de Emir Rodríguez Monegal, de Oscar Secco Ellauri, de Zum Felde, de Carlos Roxlo, de Emilio Oribe, de Adela Reta, de Carlos Real de Azúa, de Carlos Maggi, de Figari, de Barradas, de Torres García, de Eduardo J. Couture, de Juan Zorrilla de San Martín, de Enrique Sayagués Laso, de Eduardo Jiménez de Aréchaga, de Saúl Cestau, de Juan Carlos Patrón, de Alberto Gallinal y de grandes médicos, ingenieros y científicos que sería muy difícil mencionar en esta breve nota.
En la política había una pléyade de distinguidas personalidades, pero voy a mencionar solo a tres: Luis Batlle Berres, Luis Alberto de Herrera y Emilio Frugoni.
Deportivamente, el Uruguay había sido dos veces medalla de oro en fútbol en los
Juegos Olímpicos y campeón mundial en 1930 y 1950. Teníamos, un campeón mundial de pelota de mano (Andruco), una pareja varias veces campeona mundial en paleta (Bernal e Iroldi), un vicecampeón mundial de ciclismo (Atilio Francois, París, 1952), un medalla de plata en remo, en los Juegos Olímpicos de Londres, Eduardo Risso (1948) y en baloncesto, fuimos medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Helsinski (1952) y Melbourne (1956) y varias veces campeones sudamericanos.
En el fútbol, los dirigentes eran todos honorarios, incluyendo al presidente de la AUF y teníamos el privilegio de contar con personalidades como César Batlle Pacheco, Luis Franzini, Constante R. Turturiello, Gastón Guelfi, José María Delgado, Julio Lacarte Muró, Eduardo Rocca Couture, Omar Porciúncula, José Nossar, Julio V. Canessa, Cyro Giambruno, Américo Gil, Carlos Queraltó, Dante Iocco, Washigton Cataldi y Donato Griecco entre otros.
Eran los tiempos de la Suiza de América, en que orgullosos decíamos: “Como el Uruguay no hay”. Éramos más felices porque teníamos menos necesidades, contábamos con una excelente educación pública y muy buenos servicios de salud, pero, sobre todo, vivíamos en una sociedad donde el respeto a los valores morales era esencial.
El Torito