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    Nostalgias

    Durante la cena, tanto Fortunato como su mujer habían llegado a la misma conclusión: qué aburrido es Tabaré Vázquez.

    Extrañaban aquellas intervenciones cotidianas del Pepe, hablando de todo y sabiendo de todo, o al menos creyendo que sabía de todo.

    Ahora Tabaré a gatas si aparece cuando le están entregando su nueva cédula de identidad, se la muestra al público y ni siquiera dice qué linda es…

    Fortunato se fue a tomar su bajativo frente a la tele, esperando el informativo de cierre, y la esposa puso los platos en el lavavajillas y se marchó a descansar.

    Cuando empezó el noticiero, Fortunato recuperó la sonrisa: ahí, en la pantalla, reaparece el Pepe desde España, visitando parientes y lugares del país vasco, recordando y reviviendo sus raíces.

    Las imágenes lo mostraban en medio de hermosos paisajes, en pueblecitos rústicos, caminando con doña Lucía y saludando lehendakaris, almorzando y bebiendo, fiel a su generosa y militante afición gastronómica.

    De pronto la imagen agrega audio, y el periodista anuncia que Mujica hizo importantes declaraciones al cabo de una comida ofrecida a los visitantes por un grupo de uruguayos residentes en España.

    —“Tengo que agradeshé lajatenshione que noshan brindao ejto grupoegente tan amable, que a uno lo hashen shentí como en shu casha, y tonshe viaprovechá pasher alguno comentario de lo que nojejpera cuando temo de vuelta al pago…” —arrancó el Pepe, genio y figura.

    Fortunato ya estaba muy cansado, pero hizo un esfuerzo para no dormirse, porque presintió que lo que se venía iba a estar bueno.

    —“Dejde ya lejviádeshí que le di unajvacashione al Tabaré pa que she lushiera un poco, shin la shombra que yo le proyeto enshima, porque shi yo toy ahí ni le preguntan cómo se yama al pobre” —prosiguió Mujica, seguro de que su afirmación era indesmentible, ratificada por la experiencia. “¡No me via bancá que me shiga encajonando mijproyeto, papá!” —espetó a renglón seguido, con el énfasis que todos sabemos que le pone a sus grandes anuncios, —“y ya dentrada nomá lejdigo que vamo por el puerto de agua profunda, Toto, shí, a vó, Toto Roshi te digo, shacame eshe proyeto del fríser, que tamo jugao loshuruguayo, má lo boliviano, má mucha gente má, jatejodé con la ampliashión del puerto de Montevideo, y hasheme el favó dempujá el de agua profunda, ¿ta?, ¡jaterompé lo catapline, Toto, y ponete la pila, papá!” —dijo el Pepe, mirando fijo a la cámara, y blandiendo el dedo índice de su mano derecha, como señalando a su interlocutor virtual, que en fija también estaba mirando el noticiero en su casa.

    Ahí Fortunato ya no sabía si estaba dormido y soñaba, o si esto era una esperable realidad, después de tanta ausencia de mando y energía creativa.

    En todo caso, el Pepe estaba lejos de darse por satisfecho, y siguió con la carga de anuncios.

    —“Y vo, Tabaré, no jodá má con el alcol, con la campaña pa no chupá y toda esha matraca quejtá dando, que no va sherví pa un carajo, ¿mentendé? ¡la gente vasheguí chupando, papá! ¡reflotame la de la maruja, que me la mandajte pal jonca, y el viejo Shoro me yama un día shí y otro tamién, pa ver qué hishimo con la guita que nojdió pa la legalishashión, y ahora pareshe que she olvidaron desho…¡no she puede cré, papá!” —enfatizó Mujica, mandando un mensaje bien directo. Y no se quedó ahí.

    —“Y me acaban de contá que lo chino del Chery tan sherrando la planta de armao de lojautomóvile ahí en Pasho Carrajco, ¿tamo todo loco? ¡Vo, Carolina, vo que shó de lajpoca que me quedó ahí en el gabinete, mantené la planta de lojautito con la guita del Fonde, mamá! ¡Armate una coperativa con lojobrero, y con uno miyonedólare me la reflotá, y no hay quechar a nadies a la caye!, ¿pero tan durmiendo ujtede, tan?” —se preguntó Mujica frente a las cámaras. Y siguió.

    —“¡Y déjenshejodé con ejconderme todo mi proyeto, quejtoy má vivo que nunca, y ujtede shecrén que yo me fui de viaje y no vuelvo má, ¡quéquivocao quejtán, manga e boludo!” —bramó el Pepe, tomándose otro vaso de vino que le sirvió uno de los asistentes a la comida, para refrescarle la garganta en medio de aquel improvisado discurso de sobremesa en el país vasco.

    —“¡Miren que a Perón lo fue a buscá shu pueblo a Martín Garshía, cuando creyeron que she lo habían shacao denshima, y a mí me puede ir a bujcá mi pueblo a la chacra tamién, mangaegile!” —gritó el Pepe, agitando los brazos hacia el cielo, rodeado de un grupo de comensales que se había mantenido en silencio hasta entonces, pero que prorrumpió en un estentóreo aplauso tras esta inesperada amenaza populista. “¿She olvidaron que me ibanadá el premio Nobel, y que me lo pueden dá ejte año, dejpué que el Kuturica eshiba la película, y hajta capá que me dan el Ojca como mejor ator? ¡Ujtede tan todo dormido, papá!” —gritó fuerte, tomándose otro vaso de vino, para refrescar de nuevo el garguero, después de este inesperado anuncio.

    —“¿Ujtede nosheacuerdan de mi dijcursho cuando bajamo la bandera de la Plasha Independenshia el último día de mi mandato? ¡Qué memoria frágil que tienen, vo! ¡Yo me dirigí a mi pueblo, y le dije que no me voy, quejtoy yegando! ¡me iré con el último aliento, le dije!”.

    Fortunato le gritó a su mujer “¡vieja, vení que Mujica dice que vuelve al poder, y que se irá con el último aliento!”

    —“A vino, en fija que será el último aliento de Mujica, vení vos a dormir en la cama, que estás roncando hace rato, y ya terminó el noticiero hace una hora” —fue la respuesta.