Semidormida, rumbo a Piriápolis, detecto desde el lento Copsa un publicartel con una cara de Forlán. Apenas puedo leer el título que creó un supuestamente ingenioso publicitario: “Este año lo que importa es el Mundial”.
Semidormida, rumbo a Piriápolis, detecto desde el lento Copsa un publicartel con una cara de Forlán. Apenas puedo leer el título que creó un supuestamente ingenioso publicitario: “Este año lo que importa es el Mundial”.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMe pregunto si efectivamente leí eso. ¿Emitiría un uruguayo tal tremendo mensaje en 2014? ¡Es año electoral! ¡Un Frente Amplio desgastado puede perder las elecciones! ¡Los partidos tradicionales también desgastados —a su manera— pueden ganarlas! ¡O viceversa!
Ese título publicitario, si respira el sentir popular, o el del publicitario, o el de la empresa que anuncia (no pude verla), o el de Forlán, está diciéndome que las elecciones importan un bledo.
Me pregunto si a mí misma me importan un bledo. Yo, que crecí en dictadura, jamás hubiera pensado que algún día las elecciones y sus campañas y sus jingles me resultaran una pesadilla. Sin esperanza. Sin luz.
Sin embargo, pienso en el Mundial más allá de Uruguay. Y me reconforto: en el cercano Brasil, ese país al que bien podríamos pertenecer si no hubieran desembarcado los 33 orientales, está pasando algo muy diferente. El Mundial les importa, pero no para aplaudirlo, desearlo, anhelarlo. Les importa para poder hablar, gritar, disentir.
Las movilizaciones contra el Mundial solo ocupan unos minutos en los noticieros uruguayos. Tal vez en este país se piense que, llegado el momento, los brasileños se pondrán a mirar la tele y se dejarán de jorobar.
Personalmente, tengo ganas de tomarme un bus en Tres Cruces y unirme a las protestas: Brasil ha gastado en este “evento” diez veces más de lo presupuestado en primera instancia, se han invertido cifras millonarias en estadios de regiones donde no hay ni siquiera equipos de primera división, un obrero para ir a trabajar paga un boleto a precio de primer mundo, apretado, acalorado y a paso de tortuga… Pero se han construido accesos de primera a los estadios, aeropuertos de lujo, han subido los alquileres, han desplazado barrios enteros para construir las moles futuristas donde los arquitectos —que no levantan complejos habitacionales que sustituyan las favelas— se lucen con estadios que compiten en belleza con chinos y alemanes. Y mientras tanto, la FIFA hace “clink-caja” con sus marcas exclusivas, con la publicidad de sus refrescos, con sus concesiones…
Quisiera ser brasileña y gritar. Dicen que ahora hay una clase media protestona, que antes los pobres no se quejaban y que estaban encantados con Pelé.
¡Y que luego de que se crearan 50 universidades y la gente es más culta, encima salen a quejarse contra el mejor gobierno que han tenido! Yo me pregunto: si lo anterior era peor, ¿por qué lo mejor debe autodestruirse inexorablemente? ¿Qué es la democracia? ¿Disciplina partidaria?
Me encantaría salir por 18 y gritar, con miles de uruguayos: “¡Este año LO QUE NO IMPORTA es el Mundial!
Pero Uruguay se está pegando una siestita.
Por suerte, muy cerca está Brasil. Y como soy ciudadana del mundo, me pliego a las protestas, desde esta columnita.