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    Obreros y empresarios se rascan en el mismo palenque

    N° 1831 - 03 al 09 de Setiembre de 2015

    Hace poco me reuní con uno de los empresarios más importantes de Uruguay, quien a su vez preside la Cámara de su sector. Estaba “preocupado” por la competencia que podría llegar del exterior. Le pregunté si su sector era competitivo y me dijo que sí, pero que había que hacer ciertas inversiones. Le pedí que me pusiera el ejemplo de su propia empresa y que imaginara tener una varita mágica para tener lo último de lo último en infraestructura. Me habló de cierto equipamiento que hacía maravillas, pero que debía pedir el dinero al BROU. Mientras él hablaba yo imaginaba una inversión de varios millones de dólares. Pero eran solo U$S 600.000. Y ahí le pregunté: “Pero si tu casa vale el doble que ese monto, sin contar tus estancias y fábricas…¿para qué tienes que recurrir al Estado? ¿No hay ningún banco privado o un particular que te financie?”. Reflexionó unos segundos y me respondió: “Guillermo, tienes razón. Pensé en el BROU ‘por costumbre’”.

    Esta costumbre de recurrir al Estado para resolver los problemas de empresarios, empleados, estudiantes, ancianos, enfermos y sanos, se ha convertido en una “mala costumbre”. Todos golpean sus puertas. Todos “estiran la mano”. Todos hacen fila esperando su plato de sopa.

    Que lo hagan los empleados sindicalizados, quienes se autodefinen como “dependientes”, tiene su lógica: dependen de otros. Y qué más lindo y más seguro que depender del todopoderoso Estado. Pero…¿los empresarios? ¿No deberían actuar de una manera totalmente diferente? No parece ser así. Obreros y empresarios se rascan en el mismo palenque del Estado.

    Ya sabemos de los eternos reclamos de los empresarios textiles que piden impuestos a los productos de Oriente, barreras no arancelarias o “medidas espejo”. Son pocas las veces que se los ve pidiendo apoyo para importar la última tecnología, contratar a los más capaces, bajar el costo del Estado o manifestarse totalmente en contra de los Consejos de Salarios.

    Una asociación de tamberos que remiten el 30% de la leche en Uruguay tampoco pueden competir por sí mismos. En vez de ir a Nueva Zelanda para aprender qué hacen los número uno o en vez de manifestarse contra el monopolio de Ancap que les vende uno de los combustibles más caros del mundo, prefieren pedirle a Ancap que reflote turbios negocios con Venezuela para canjear leche por petróleo. Business are business.

    Y la semana pasada le tocó el turno a Andebu, que ve cómo Netflix gana cada vez más clientes con series geniales como Breacking Bad, House of Cards, Homeland y a solo U$S 7,99 por mes pudiendo cancelar cuando uno quiera. Mientras tanto, los “cableros” siguen ofreciendo un producto muy discreto y espantosamente caro al lado de lo que cobra Netflix.

    En una carta que se publica en esta edición de Búsqueda, el ciudadano Gustavo Hernández Baratta explica el porqué de esta extraña situación, donde un empresario le pide al Estado que por favor le cobre impuestos a un competidor, en vez de pedir que le baje a él los impuestos y en vez de imponerse él mismo mejorar su servicio.

    Dice Hernández: “La explicación originaria de la limitación de las frecuencias sirvió para someter a los radiodifusores al poder político y para consolidar una asociación que ha sido, por lo menos, perjudicial para nosotros, los ciudadanos…(creando) un régimen de concesión donde los titulares de los medios están siempre a merced del capricho del concedente, obligado a servir al Estado y tentado de servirse de él. Un sistema perverso por donde se lo mire. Cuando le agregamos que el principal anunciante del Uruguay es por lejos el Estado, estamos ante la fantasía de los medios independientes. La vinculación entre los medios y el poder político oscila entre el contubernio y la tensión. Toda la maraña de regulaciones e impuestos confiscatorios a los que se somete a la actividad (y que nos afecta a los consumidores en forma directa al impedir el surgimiento de nuevos operadores locales y encarecer los servicios), se da de traste con el avance tecnológico. Hoy Netflix (pero no solo Netflix) brinda contenidos de calidad insuperable a fracciones de costo (cuando no directamente gratis). El mercado es global (con o sin TISA). ¿Se entiende…? Andebu está preocupada por la ‘competencia desleal’ y propone que a los servicios de streaming los alcance el marco impositivo al que están sometidos sus asociados. Suponen que así podrán competir, sin entender que no es repartiendo desgracias que saldrán adelante. Encarecer Netflix no los ayudará a ustedes sino que benseficiará a Cuevana, que es gratis. ¿Entienden…? Reclamen libertad, reclamen reducción de impuestos, reclamen el fin de regulaciones, reclamen la propiedad de las frecuencias. En todos esos reclamos tendrá Andebu muchas adhesiones. Pero que no vaya contra nuestros bolsillos. Yendo contra nuestros bolsillos pasa a ser parte del problema”.

    Está todo dicho. No tengo más nada que agregar. Me voy a mirar otro capítulo de Better call Saul. En Netflix, por supuesto.