N° 1824 - 16 al 22 de Julio de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáGrandes actuaciones hay muchas. Primeros planos impactantes también. Pero no es nada común que una de las mejores apariciones de un personaje en la historia del cine esté generada por un puntito lejano en el desierto. Silencio absoluto, sol abrasador. Peter O’Toole y su guía se detienen a beber agua de un pozo y ven algo en el horizonte. Primero es un espejismo, apenas una pequeña mancha negra recortada en el imponente paisaje del cielo y de la arena con un movimiento irregular, acuoso. Poco a poco se va perfilando hasta que distinguimos a un hombre de negro montado sobre un camello. “¿Quién es?”, pregunta O’Toole a su guía. El guía se asusta y saca el revólver. Pero la mancha negra es más rápida. Suena un tiro y el guía cae muerto. Es Omar Sharif en Lawrence de Arabia (1962), de David Lean.
Luego de una exitosa carrera de galán en su país natal, Egipto, era la primera película que Sharif rodaba en inglés. Semejante aparición le valió una nominación al Oscar como mejor actor secundario.
Había nacido en Alejandría, que un día fue el centro del mundo, en 1932. De ascendencia libanesa y siria, Michel Demitri Shalhoub tuvo la mejor educación. Hablaba fluidamente árabe, inglés, español, francés y griego. Y el mundo lo conoció como Omar Sharif en Doctor Zhivago, El Rolls-Royce amarillo, Genghis Khan, Funny Girl, Mayerling y haciendo de Che Guevara en ¡Che!, mientras Jack Palance era Fidel. Pintún, simpático y de eterno bigotito, Sharif luchaba contra el Alzheimer y murió el viernes 10 de un paro cardíaco. Su último trabajo, Un castillo en Italia, actualmente en cartel, es meramente anecdótico. Ni se enteró de que fue parte de la película.
Como el nómade, como aquella mancha negra en el horizonte de Lawrence de Arabia que cuidaba con celo su pozo de agua, Sharif vivió entre 1960 y 1990 en hoteles. Era un fanático del bridge (aplazaba rodajes o rechazaba papeles si se interponían a un campeonato de cartas), y también de los caballos de carrera y de las apuestas. Fue un tipo pacífico; la única vez que lo sacaron de sus casillas fue por culpa de un croupier, o mejor dicho, por culpa del azar, que a veces te hace perder un montón de dólares.
Estuvo casado una única vez y para ello debió convertirse al Islam, pero no era creyente. Había visto la arrogancia a la que pueden llegar las tres religiones monoteístas cuando sus fieles aceleran a fondo.
Fue enterrado con todos los honores que se merecía en El Cairo, que alguna vez también fue el centro del mundo.