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    Orín y llanto

    N° 1743 - 12 al 18 de Diciembre de 2013

    Las fiestas de fin de año en los hoteles tienen eso: música atronadora, diversión, gritos, mamúas, jolgorio extendido. A veces hay una banda en vivo, a veces hay discursos que marcan el rumbo o el deseo de la empresa, a veces hay sorteos, a veces se da todo esto en un combo. Es curioso, porque si bien impera un clima de camaradería y de ausencia de inhibición, los salones imponen ese costado un tanto ampuloso y frío, igual en todos los hoteles. Las alfombras tienen por lo general el mismo grosor y tono, las paredes están pintadas casi siempre de un color muy claro, las luces son abundantes e intensas, los mozos parecen seres anónimos, sin historia, que deben tener contacto con los comensales únicamente por cuestiones de servicio: más bebida, no gracias, no voy a comer postre, por favor, me podría traer otro tenedor que el que tenía se cayó al piso. Y está ese amplio espacio que delata el caminar del comensal, porque para levantarse de una mesa e ir hacia el corredor hay que desplazarse bastante, y cualquier anomalía, por más pequeña que sea, una imperceptible renguera, un borrachera en ciernes, se nota.

    Uno puede retirarse del bullicio y e ir hacia un ventanal a contemplar la vista o a descansar los oídos. También puede salir a la calle a fumar. Pero un lugar de resguardo, además de la calle, donde se juntan los fumadores, son los gabinetes higiénicos, sin lugar a dudas. La gente acude a los baños a descargar, a cargar las pilas, a chusmear, a arreglarse, a corroborar en los espejos si la imagen todavía es presentable. Los baños tienen sonidos particulares, pequeños, discretos pero no menos significativos: la puerta de un excusado que se tranca, el sutil movimiento del que está dentro y desea pasar inadvertido, la voz firme y segura del que acaba de ingresar con una copa, grifos que se abren y cierran, agua que corre y la música de fondo, a lo lejos, que retumba en los salones, donde la gente se divierte.

    En una de las incursiones a los lavabos, en plena madrugada y cuando la fiesta ya llegaba a su fin, había alguien que hablaba por un celular en el retrete contiguo, con la puerta cerrada; apenas susurraba y era bastante triste, alguna cuestión afectiva, de pareja, tal vez una ruptura. El baño estaba desierto y lo que marcaba la escena era exclusivamente la banda sonora: mi chorro sobre la taza y el sollozo del otro lado. Seguramente se trataba de un empleado del hotel que había aprovechado la tranquilidad de los baños para hablar con su novia. Un huésped se hubiese encerrado en su habitación, donde hay más intimidad. El asunto es que el tipo detectó mi presencia y bajó aún más el tono de su súplica, y yo, por mi parte, colaboré embocando el chorro en el agua de la taza para generar un ruido mayor y darle intimidad a mi vecino. Me retiré de puntillas, sin hacer el menor ruido. Un asunto de complicidades solitarias.