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    Otra visión del mismo problema

    N° 1891 - 03 al 09 de Noviembre de 2016

    Hemos venido describiendo las características que ha tenido la paradójica evolución de la producción de carne vacuna durante esta última década; una historia peculiar y difícil de entender, porque hay que explicar cómo se perdió la oportunidad de un crecimiento extraordinario. Hemos asumido el compromiso de describir este fenómeno, en base a distintos capítulos, dado la complejidad y la amplitud del mismo.

    Ante información errónea publicada por Inac, sobre la edad de faena de los novillos que pretendía mostrar como un progreso lo que no es otra cosa que un doloroso retroceso, escribimos la primera columna sobre el tema. Luego, con la aparición de las cifras de existencias ganaderas de Dicose-SNIG, abordamos lo que ha sido el estancamiento y en algunos casos la involución en los progresos que venía mostrando la actividad respecto a la totalidad y la composición de las existencias vacunas.

    Ante estas manifestaciones, se nos han formulado comentarios que pretenden explicar el problema por el lado de la competencia que otros rubros le hicieron a la ganadería durante esa década. Si bien la competencia existió y desplazó a la ganadería de las mejores tierras (por la agricultura) e incluso de las no tan buenas (por la forestación), hay elementos que nos dicen que la ganadería no encontró condiciones para la inversión productiva.

    El indicador más apropiado para medir esta diferente situación entre los rubros es calculando la productividad por ha de carne vacuna y carne equivalente, dado que las estadísticas permiten determinar con algo de precisión el área estrictamente ganadera (ovina y bovina), separándola de las áreas agrícola y forestal. Y teniendo la cifra de producción total, basta con hacer la división para calcular el indicador. Por carne equivalente se entiende la suma de la producción de carne vacuna más la carne ovina, más la lana “convertida en carne”, mediante un coeficiente.

    En un país que no ha aumentado su territorio, y que no tiene posibilidades de expandir su frontera ganadera ­—más bien todo lo contrario— la única forma de aumentar su producción es a través del incremento de la productividad. Durante el penoso desempeño de la ganadería durante casi todo el siglo XX, este indicador mostró un desesperante estancamiento en el entorno de los 42 kg de carne vacuna y 63 kg de carne equivalente, con una tasa de crecimiento igual a cero.

    En el período posterior al 90 y hasta 2006, se alcanzó la asombrosa cifra de un crecimiento anual de la productividad vacuna del 4%, en tanto que la productividad de carne equivalente creció al 2%, llevando las cifras a 76 y 92 kg por ha. Las tasas de crecimiento son descomunales en la comparación, por supuesto con respecto a la triste historia de estancamiento nacional anterior, pero también son descomunales si se las compara con los demás países productores de carne vacuna. Y lo sorprendente es que este milagro se llevó a cabo en un escenario de muy bajos precios del producto.

    En el período 2006-2015 se vuelve a realizar un milagro, pero de signo contrario: con los mejores precios de la historia, la tasa de crecimiento de productividad de carne vacuna vuelve a cero y la de carne equivalente se hace negativa. Y esto no puede ser explicado por el avance de la agricultura o la forestación, porque está referido al área específica y rigurosamente ganadera. Esto significa que la producción por ha está nuevamente estancada.

    Opypa en su anuario de 2013, publica un laudatorio trabajo del Ing. Agr. José Bervegillo, en el que luego de subdividir el país en ocho regiones, y trabajar con información de mayor desagregación de la que está públicamente disponible, concluye que a nivel nacional la productividad creció entre 1999/00 y 2006/07, a una tasa anual del 6,1%. En cambio, en el período transcurrido entre 2006/07 y 2010/11 la tasa se hizo negativa, llegando al -3,4%.

    Es decir que en un escenario de extraordinarios precios de la carne vacuna, de altos precios de la tierra (que presionan a aumentar la productividad), de relaciones de precios favorables con los principales insumos transables (excepto con el combustible, que en el Uruguay no es transable), con una nueva oferta de granos a nivel de casi todo el territorio disponible para la ganadería a bajo precio, algo se ha interpuesto para que no haya inversión en esta rama, como sí la ha habido en otras.

    Más adelante, luego de describir otros dolorosos perfiles de este proceso, intentaremos avanzar en las hipótesis explicativas.

    (*) El autor es ingeniero agrónomo y consultor privado