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    Páez Vilaró tecnicolor

    Se exhibe un mural restaurado del artista

    Entre las sábanas dobladas en rectángulos más o menos perfectos, los cubrecamas infantiles con círculos coloridos, los almohadones de formas extrañas y tonos fuertes y las pilas de toallas lilas y verde manzana, se puede divisar un enorme mural con figuras fragmentadas y muy vivas: muchas ruedas, un hombre con un pequeño maletín y una mujer que conversan, autos, muchos autos y carteles, muchos carteles de negocios: librerías, garajes, heladerías.

    Las sábanas y las toallas las vende Arredo, en su local de Aquiles Lanza y Soriano, y la pintura de diez por cinco metros salió de las manos prolíficas de Carlos Páez Vilaró, que la pintó en 1958 a cambio de un auto cero kilómetro. En ese monumental local se encontraba la automotora Espósito. Fue, entonces, un negocio redondo en el cual ganaron ambas partes.

    El mural permaneció tapado, chúcaro del ojo del paseante durante años, detrás de una pared de yeso. La zona donde se encuentra era el depósito de Arredo que, al ampliar su salón de exposición de mercadería, pudo dejar al descubierto la obra que fue restaurada por Fabián Bonilla, la mano derecha de Páez Vilaró en sus trabajos artístico-comerciales.

    Cuando caía la tarde del jueves 14 se presentó el mural restaurado con la presencia de Agó Páez, la hija del pintor que comentó emocionada que quizás ese trabajo tenía alguna pincelada suya, considerando que su padre acostumbraba llevarla a sus jornadas pictóricas. La restauración se hizo a pedido del artista, como una forma, también, de celebrar su 90º cumpleaños. Como agradecimiento, Páez pintó para Arredo un cobertor blanco con tres de sus característicos soles, que la empresa donará a la Fundación Teletón para que lo subasten para recaudar fondos.

    Sebastían García, el gerente comercial del local, calificó de “trabajo formidable” el del restaurador Fabián Bonilla debido a que tuvo el cuidado necesario para no desvirtuar los colores originales que había empleado Páez, y a que se las ingenió para volver a aplicar detalles que estaban presentes en la obra, como rayaduras voluntarias sobre la pintura o colores con relieve y empaste en ciertos detalles. La restauración superó un poco los 4.000 dólares.

    Este es el mayor local de la cadena, basado en el concepto de circulación del público, por lo que el mural le aportó “valor y un sentido mucho más importante al salón de ventas”, dijo García a Búsqueda. En las jornadas patrimoniales de este año Arredo abrió sus puertas a quienes quisieran conocer la obra.

    Bonilla, el artífice de que este mural renaciera, vive en el campo, en Canelones, y trabaja junto a su esposa, Mireya Pérez. El pintor está con Páez desde 1997; el primer trabajo que hizo con él fueron los soles para aerolíneas Pluna y luego se dedicó a colaborar pintando los fondos de los cuadros y murales. Cuenta que vive cerca de las rutas 8 y 7 en una especie de “Casita Pueblo”. “Páez me dio la idea, y la hice yo mismo con pedazos de ladrillo. A él lo conocí a través de una empresa en Buenos Aires, porque precisaba alguna persona de confianza que lo ayudara a pintar los soles, arreglamos el precio y nos fuimos a Porto Alegre a pintar los aviones”, dice Bonilla a Búsqueda.

    El pintor tiene 42 años y en realidad nació en Trinidad. Su padre le enseñó el oficio de letrista de cartelería, que ejerció en Punta del Este a los 17 años. De ahí se fue a Buenos Aires a pintar los carteles enormes que se hacen sobre los edificios, y así fue como empezó la aventura de realizar trabajos “gigantes”, cuenta Bonilla. Antes del mural de Arredo, restauró otro en Río Negro, Argentina. “Había que hacerlo casi todo a nuevo. Era en un aeropuerto en un pueblito: yo no sé cómo pintó Carlos ahí, en el medio de la nada”.

    Remozar este mural en el centro de Montevideo le llevó unos 10 días de trabajo. “Un día, cuando estaba pintando los tambores y la escenografía de Morenada con un boceto de Carlos, pasé por esa calle y vi el mural. Y después de unos años me llamó para ver si me animaba a restaurarlo”. Cuando empezó el trabajo y se enfrentó a esa pared gigante, Bonilla pensó: “Qué manera de tener figuras y recortes”.

    Pero Paéz confiaba en él y sabía que iba a respetar su línea y sobre todo los colores. “Lo más difícil fue recuperar los colores que estaban antiguamente, que se encontraban descoloridos, sobre todo en el costado izquierdo, que da a la calle”. El método fue trabajoso pero efectivo: mojaba con cuidado la zona del cuadro con un trapito para que reluciera el color antiguo y a partir de ahí hacía la misma mezcla de pinturas, de modo que quedara un mural similar, respetando “la vejez del cuadro”.

    Bonilla siente mucho cariño por su oficio. “Esto se aprende con los años. De alguna manera yo nací para esto, porque un día dejé de trabajar en Casa Pueblo y le dije a Carlos que me iba a pintar escuelas rurales gratuitamente por ahí. Salí con un carro y una bicicleta que me regaló su hijo más chico, Alejandro. El carro lo hice con una platita que ganamos con el mural del Hospital Español. Me quedaron algunos pesos para sobrevivir. Pinté varias escuelas y Carlos fue el padrino de una de ellas”.

    Para hacer los efectos de rayado sobre el mural de Arredo, Bonilla usó puntas de clavos o alambres. “Él es práctico y uno tiene que ser práctico como él. Le gusta que salga el trabajo y no haya complicaciones: no esperar a mañana para conseguir una herramienta. Con unos clavos y pinceles viejos logré seguir su línea, que no es derechita sino como un camino de hormiga. Lo digo no faltándole el respeto sino viendo que él tiene su propia mano y uno tiene el desafío de imitarlo”. A nivel temático, Paéz Vilaró se inspiró en la zona donde se encontraba la automotora, por eso aparecen panaderías, negocios y boliches.

    “Con Carlos he tenido varios desafíos: el de los aviones fue bruto desafío. Pero este fue más bien en soledad, con la ayuda de mi señora, que tiene los ojos de mi esperanza. Yo le daba los colores y ella me ayudaba a plasmar lo que quería lograr, es todo un reto seguir la mano de un hombre que ha recorrido el mundo con su pintura”. Bonilla conoció a Mireya en una de las escuelas rurales que pintó. Lo encandilaron sus “ojitos verdes”. Ella tenía 16 años y se integró tanto a la zona que terminaron enamorándose.

    Para Bonilla es un orgullo que Páez considere que él es muy bueno transportando una pintura de tamaño pequeño a un formato mayor. “Lo fundamental de una restauración está en lograr que no se pierda lo que ya se había hecho, pero que tampoco quede demasiado nuevo porque no es algo recién pintado sino que tiene sus años”.

    El color continúa reinando en el arte de Páez Vilaró. El 1º de noviembre, el artista celebró su cumpleaños con la inauguración de la exposición “El color de mis 90 años”, conformada por 66 cuadros que fueron colgados en el Museo de Arte del Tigre, en Argentina, donde vive desde hace un tiempo. En declaraciones a la revista “Ñ”, el pintor dijo: “Para preparar esta exposición me convertí en una especie de cosmonauta, me enfrenté al espacio con ganas de recordar colores, iba enganchando imágenes de mi vida como en una locomotora. Si yo recordaba mis momentos africanos, mi tela se poblaba de animales, de tribus, de motivos selváticos; si evocaba mi vida en la Polinesia, surgía la palmera, la canoa o el caburé”.

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