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    Panorama complicado

    Un estudio de los avances de la robótica muestra que el ser humano no solo ha desaparecido (o está en vías de extinción) del mundo laboral de la banda mecánica: también funciones como las ejercidas por el personal de la salud, los administrativos y los docentes comienzan a caer en manos de los robots.

    Este proceso ha abierto las puertas a un reducido pero intenso debate sobre el futuro del trabajo como actividad primaria del ser humano. De la misma manera que los guerreros de la Edad Media fueron convertidos en cazadores o participantes de torneos cuando las guerras feudales se redujeron, y los campesinos se convirtieron en personas que dedicaban horas de su tiempo libre al cultivo del jardín de la casa en la ciudad, el hombre de mañana se dedicará al trabajo manual como un hobby, no como una forma de ganarse el salario.

    Internet ya nos permite hacer el trabajo que antes era monopolio de los empleados de las empresas turísticas; comprar pasajes de avión y reservar hoteles desde nuestra casa; estudiar destinos y comparar diferentes ofertas, averiguar cómo llegar de la forma más práctica o más barata a los aeropuertos, etcétera. La masa de vendedores de aspiradoras, vestimenta, viviendas y comida está siendo aniquilada por los robots. La profesión de fotomodelo está condenada a desaparecer en un puñado de años. Lo mismo sucederá con muchas otras actividades.

    Es cierto que una buena parte de nuestro consumo digital lleva a la creación de empleos nuevos. Pero esa cantidad de empleos nuevos no representa más que una pequeña fracción de los empleos que desaparecen debido al avance de la robótica.

    Igualmente interesante es la relación entre la cantidad de obreros industriales que aún hay en los países desarrollados y la existente en los países en desarrollo. Hace unos años, muchas empresas que habían dislocado su actividad a los países del Tercer Mundo debido al nivel de salarios muy inferior que regía en esos sitios, decidieron regresar “a casa”.

    La explicación a este proceso de retorno es más simple de lo que se pueda pensar: los sueldos de los obreros del Tercer Mundo son más bajos, sí, pero esa clase obrera no tiene la capacitación mínima necesaria para efectuar las funciones propias de las fábricas altamente automatizadas.

    Por eso, el aumento del costo salarial que dichas empresas asumen al regresar a sus países de origen es inferior a las pérdidas de ganancias que sufren por menor competitividad o menor capacidad productiva si continúan elaborando productos en fábricas menos automatizadas.

    Además, con menos obreros, en Estados Unidos, en Europa, en Japón y en Corea del Sur, se produce más y mejor que en los países de bajo costo con plantillas mucho más grandes.

    Uno de los campos de acción en donde la digitalización ha hecho más estragos desde un punto de vista porcentual es el periodismo. Un ejemplo: el mayor diario de la tarde de Suecia (Expressen) no tiene un solo fotógrafo empleado, sino que compra las fotos que le ofrece cualquier persona.

    Lo mismo ha sucedido en todos los grandes órganos de prensa del mundo occidental. El presidente del grupo editorial Prisa (un conglomerado mediático español en el mundo de la prensa, la música y la TV), Juan Luis Cebrián, subrayó hace poco que en América Latina aún se vive en la ilusión de que la fuerte crisis que ya azotó al mundo de los medios de comunicación y la industria cultural en Estados Unidos y en Europa no llegará a ese continente.

    Ese es un gran error, subrayó Cebrián, pues “las nuevas tecnologías van a cambiar fundamentalmente el espectro de los medios de comunicación y eso va a afectar no solo a su negocio sino a la vertebración de las opiniones públicas y a cómo va a funcionar la democracia en el futuro”.

    Encontramos en esta frase una idea que ha sobrevolado todos los textos que hemos escrito sobre la influencia de la revolución digital, de la robótica y de la aplicación de la inteligencia artificial: la desaparición en masa de puestos de trabajo creará enormes problemas no solo a nivel del mantenimiento del mercado laboral, sino que también (y principalmente) a nivel de la conflictividad social.

    ¿Vamos rápidamente camino a una sociedad en donde casi nadie precisa trabajar? ¿Qué consecuencias tendrá ese hecho completamente nuevo en la historia de la humanidad? ¿Cómo enfrentará la clase política una situación de desocupación masiva?

    Y aun en el caso de que el Estado pague un “sueldo de ciudadano”, como se ha propuesto por parte de algunos intelectuales estadounidenses y europeos, ¿qué sucedería cuando cientos de millones de personas no tienen un trabajo al cual acudir? ¿Nos convertiremos en pueblos de lectores, de cultivadores de jardín, de fabricantes de artesanías, de productores autónomos de miel o galletitas sin gluten? ¿O el ocio nos convertirá en enemigos de la convivencia pacífica?

    La tendencia es clarísima. En pocos años, la robótica y la digitalización habrán terminado con la mayoría de los trabajos en varios sectores. Pero la clase política no ha asumido las implicancias de esta tendencia.

    Hay una razón de peso para que así sea: decirle a la ciudadanía que pronto estará desocupada no da votos.