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    Para crecer, menos poder a los sindicatos

    N° 1927 - 20 al 26 de Julio de 2017

    “En Uruguay tenemos un gobierno cívico-sindical”. Esta frase hoy no sorprende a nadie porque es la pura verdad. Pero cuando Horacio Castells (expresidente de la Cámara Nacional de Comercio y Servicios) la pronunció por primera vez allá por el año 2007, causó mucho revuelo.

    Nos hizo acordar al gobierno cívico-militar de la época de la dictadura, donde todos sabíamos que era un gobierno militar-cívico, más que cívico-militar. Hoy con los sindicalistas sucede casi lo mismo.

    Al igual que cuando se dio el golpe de Estado en 1973, la gran mayoría de la población apoyó esa medida, cansados de una clase política que hacía su juego de espaldas a una economía mal dirigida. Con los años, la gente se arrepintió de haber abandonado el camino de la democracia y las instituciones republicanas.

    Hoy también la gente festeja las “conquistas laborales” de los gobiernos cívico-sindicales de la dupla Frente Amplio-PIT-CNT, con el convencimiento de que favorecen a la clase trabajadora y que han logrado mejorar los índices de pobreza. Esto es ver la punta del iceberg, pero no su enorme masa debajo de la superficie.

    Todos queremos tener derechos y cuanto más inamovibles, mejor. Los quieren los trabajadores, pero, ¿acaso no los quieren los empresarios también? ¿No quiere un empresario tener clientes inamovibles? ¿Vacaciones pagas todos los años? ¿Trabajar ocho horitas y olvidarse de los cheques diferidos, la hipoteca de la casa para respaldar el préstamo con el que compró un nuevo torno o los clientes morosos? Claro que sí. Pero nadie puede asegurar estas cosas a fórceps.

    La rigidez laboral y el aumento de los costos de la mano de obra vienen ahora acompañados de la baja productividad del personal, lo que lleva a una única consecuencia: contratar menos gente. Se aplica una vieja regla de oro: lo que no se ajusta por precio, se ajusta por cantidad.

    Los empresarios ya no quieren encarar nuevos proyectos que demanden demasiada mano de obra. Tratar con la gente nunca ha sido una tarea fácil, pero hoy es un fastidio. Por eso veremos cada vez más robots (ahora sustituyendo cajeras en los supermercados), veremos aumentar la desocupación y veremos a varias empresas instalándose en Paraguay para exportar a Uruguay con arancel cero (¡gracias al “más y mejor Mercosur”!).

    Ni el propio PIT-CNT contrata mano de obra cara (encarecida por ellos mismos), cuando se pusieron a construir casas dentro del turbio y sospechado “plan de viviendas”. Las pocas que construyeron fue —al decir del dirigente Marcelo Abdala, con “la combinación de diferentes nuevas tecnologías constructivas, no prefabricados sino estrictamente de vivienda industrializada, que permiten procesos de reducción sustantiva del precio del metro cuadrado de construcción, es decir, de bajos costos…”. ¡Justamente, porque utilizan menos mano de obra cara e ineficiente!

    El éxito del gobierno de Margaret Thatcher, al poder aplicar políticas liberales en un Reino Unido paralizado por empresas públicas ineficientes, subsidios, burocracia y un fuerte sindicalismo, fue, justamente, torcerles el brazo a los sindicatos mineros que pretendían seguir gozando de privilegios que hacían menos competitiva a Gran Bretaña y, por ende, perjudicaba a sus propios trabajadores.

    Lo que no entiende la gente de izquierda y los sindicalistas de izquierda, es que el sistema más justo y más benéfico para los “más débiles” es el libre mercado. Los consumidores de cualquier tipo de producto lo tenemos bien claro: solo logramos comprar los mejores productos al menor precio, cuando hay abundante oferta, competencia y libertad de elección.

    Para quien ofrece como producto su propio tiempo, sucede lo mismo: el salario de los soldadores, no sube gracias al sindicato ni al gobierno, sino a que UPM comienza a demandar soldadores y, los buenos, consiguen empleo y cobran un muy buen dinero. Los choferes de camión no ganan más por las leyes laborales, sino porque gracias a los partidos tradicionales, Uruguay tiene una floreciente industria maderera y se necesitan miles de choferes para sacar la leña de los montes. Y así sucede con los ingenieros de sistemas y no sucede con los guardas de ómnibus.

    Es el libre mercado y la flexibilidad laboral lo que generará más empleo y mejor pago. Pero esta gente no lo entiende, ni lo entenderá. Hasta que desaparezcan muchos, muchos empleos.

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