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    Paradojas

    Nº 2125 - 3 al 9 de Junio de 2021

    Es difícil hallar en la historia del tango un tema que reúna las paradojas —incluyendo la película en que fue estrenado— que provocó Tomo y obligo.

    Si hoy se preguntara acerca de esta obra creo que sería señalada entre las mejores interpretaciones, ya en disco, ya cinematográficas, de Carlos Gardel. Fue estrenada en una recordada escena de Luces de Buenos Aires, filmada en Joinville, Francia, en 1931, donde el cantor, en un café mal alumbrado, exalta una pena de amor. Lo acompañan, aunque se alcanzan a ver difusamente por el encuadre y la intencionada escasa iluminación, Julio De Caro en violín, Pedro Láurenz en bandoneón y Francisco De Caro en piano. Para la parte musical de la película casi todas las canciones fueron compuestas por Mattos Rodríguez y Manuel Romero; Gardel solo aportó la música, con versos precisamente de Romero, de Tomo y obligo.

    Una investigación de Irene Amuchástegui, hace décadas, me ha permitido aportar un dato para abrir ese mundo paradójico aludido en el título de esta columna. En un reportaje publicado por la revista Canciones, editada en Montevideo, Gardel declaró: —Fue una película improvisada. Reconozco que no se me dio un papel apropiado, como será el de mi próxima actuación donde haré el rol de muchacho criollo milonguero, bacán y derecho, que me parece puedo desempeñar mucho mejor.

    Sin embargo, pese a la insatisfacción del artista, incluso con lo musical de Luces de Buenos Aires, esta fue un éxito en Buenos Aires, en Francia y en España, donde debió exhibirse tres meses seguidos, con el cartel en la puerta de los cines de “Entradas agotadas”, mientras entre el público era común oír: —¿Todavía no has visto y escuchado a Carlitos en la nueva película…?

    Más aún: hubo ocasiones en que el entusiasmo de los espectadores al cantarse el tango central obligó a detener la proyección, retroceder la cinta y volver a exhibir esa parte.

    En cuanto a Tomo y obligo, es verdad que la molestia de Gardel venía de saber que no usó para crearlo un motivo musical original, ya que reprodujo, en toda su primera parte, la melodía de Así es el mundo, un tango de Mario Canaro, y para la segunda usó los acordes iniciales de No le digas que la quiero, de Enrique Delfino. Y no solo eso: Romero, en sus versos, retomó un recurso que ya había usado en Nubes de humo, el de la invitación o convite; entonces fue “Fume compadre, / fume y charlemos…”, que en Tomo y obligo se convierte en “Tomo y obligo, / mándese un trago…”.

    Tal cual escribió Amuchástegui: —El primero es una amarga recordación de la felicidad perdida; el segundo un motivo para buscar el olvido.

    Hay que añadir que una confesión en medio del alcohol, en la mesa de un bar mortecino, ya había sido utilizada de argumento central para tangos como La copa del olvido, de Delfino y Vacarezza, y Sentimiento gaucho, de Canaro y Caruso, pertenecientes a la época, centrada en la década de 1920, en la que el tango alimentó aquel sainete notoriamente patriarcal “de la mujer extraviada y el hombre ahogando su dolor en el vino o en la caña”.

    Pero surge otra vez una paradoja.

    Gardel grabó el tango después del estreno de la película dos veces: primero con el acompañamiento de los guitarristas Barbieri, Riverol y Vivas; la segunda con la orquesta de Francisco Canaro. El entusiasmo del público, resistente al paso de los años, hizo de Tomo y obligo un clásico del repertorio gardeliano y de una multitud de otros intérpretes, al punto de que aún hoy, a tanta distancia temporal, son muchos quienes lo siguen cantando y grabando, incluso con arreglos a la moda que amargan a los tradicionalistas.

    Si hubiese necesidad de destacar algunas versiones, sería justo el recuerdo de las de Alberto Castillo, Raúl Berón, Edmundo Rivero, Horacio Deval, Ángel Vargas con la orquesta de D’Agostino, Charlo con Canaro, Jorge Durán con José Basso, Mario Bustos con Florindo Sassone y Francisco Fiorentino con la primera orquesta de Astor Piazzolla. En nuestro país lo han cantado, entre muchos más, el recordado Negro Rivero, Carlos Roldán, Néstor Espíndola y Nelson Lagos.

    Es de justicia no cerrar esta narración sin otra verdad: a partir de Luces de Buenos Aires, y ya con la compañía del poeta Alfredo Lepera y la ayuda jamás desmentida del maestro Tereg Tucci, director musical de sus filmes siguientes, Gardel mejoró notoriamente su calidad de compositor.

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