Palabras, palabras, palabras, son solamente palabras… cantaba la espectacular Mina hace una eternidad. Y en realidad, de eso se trata: de palabras que van y vienen y dicen y engañan.
Palabras, palabras, palabras, son solamente palabras… cantaba la espectacular Mina hace una eternidad. Y en realidad, de eso se trata: de palabras que van y vienen y dicen y engañan.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn las últimas décadas —y especialmente en los últimos años— hubo un avance arrollador en el frente de los derechos humanos (DDHH). Se trata de un verdadero frenesí, que según la autoridad máxima del castellano, significa “delirio furioso” o “violenta exaltación y perturbación del ánimo”.
Los DDHH han ido ocupando cada vez más espacios de la actividad humana y tienen un puesto central en el discurso público. Hoy, la gente considera que tiene derecho a “una vivienda digna”, a “una alimentación digna” y hasta a “una entrada digna” que le permita vivir “dignamente” aunque no trabaje ni esté dispuesta a poner medio grano de arena a cambio de esos “derechos” que le corresponderían por el mero hecho de respirar.
Este delirio furioso es universal. Cuando en mis clases hago hincapié en las obligaciones que todos los ciudadanos tenemos, quitándole minutos al tema de los derechos, mis alumnos ponen cara de sorprendidos: no están acostumbrados a que se les recuerde que ambas cosas son dos caras de la misma moneda.
Detrás del avance de los DDHH (¿alguien ha visto alguna vez la sigla OOHH?) se ha venido produciendo una notable metamorfosis del significado de las palabras. Se trata, a veces, de simples variaciones en cuanto al uso de nuevos vocablos para viejos fenómenos. Pero se trata también de una epidemia de eufemización (eufemismo significa “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”). De esa manera, la masa, o el pueblo, de un día para el otro se convirtió en la gente. Y es que la gente suena más agradable que la masa —cosa gris, grosera y sin personalidad— o que el pueblo, que en nuestra parte del mundo chorrea ideología.
Pero además se ha producido un recambio de la carga que llevan las palabras. Algunos vocablos que antes tenían una carga neutra, tienen hoy una fuerte carga negativa o positiva, mientras que otros, que tenían una carga negativa o positiva, llevan actualmente la carga contraria o se han vuelto neutros.
Este fenómeno ha convertido a un negro en un afrodescendiente. Sin embargo, el eufemismo afrodescendiente, que con su objetivo buenista apunta a favorecer la inclusión de un grupo de gente en el colectivo social, es fuertemente excluyente pues crea una categoría especial para personas cuyas raíces africanas tienen 200, 300 o incluso más años en su haber.
Ejemplo: yo no soy catalogado como ítalodescendiente aunque mis antepasados hayan llegado a Uruguay hace apenas un siglo. Tampoco hay en este país categorías especiales para los germanodescendientes o los anglodescendientes. No se conocen los polacodescendientes —que en Uruguay se cuentan por muchos miles— ni los griegodescendientes, que una vez poblaron el Acrópolis del Cerro.
Solamente los negros tienen el dudoso privilegio del eufemismo en cuestión. ¿Por qué? ¿No es discriminatorio tratar a un uruguayo negro de afrodescendiente cuando todos los otros compatriotas de esa persona somos llamados uruguayos?
De la misma manera, un homosexual (“persona inclinada sexualmente hacia individuos de su mismo sexo”) ya no es catalogado como tal, pues el concepto homosexual se considera excluyente y tiene, por eso mismo, una carga negativa. En el paroxismo (“exaltación extrema de los afectos y pasiones”) verbal y conceptual del cual somos víctimas, la homosexualidad se ha homologado con la heterosexualidad. No es ni mejor ni peor. Uno no es más normal que el otro.
Volvemos, una vez más, a aquel cambalachesco tango que sostenía que todos somos iguales, que nadie es mejor ni peor independientemente de si somos sabios, asesinos o sota de bastos.
Esta verdadera epidemia de estupidez en la que ha caído el mundo (ya sé: mal de muchos, consuelo de tontos…) tiene relación intrínseca con lo políticamente correcto, que es la peste negra mental que azota a nuestra época, envenena nuestras sociedades y paraliza nuestro desarrollo cultural.
Hoy hay que ser políticamente correcto. Quien dice cosas un poquitín fuertes y duras, o malsonantes, es políticamente incorrecto. Y todo lo que sea considerado políticamente incorrecto es tomado como una amenaza para el bienestar de la sociedad.
Llegados a este punto de la farsa yo me rebelo, digo basta, suficiente, alcanza, no quiero oír más, me pudrí y canto, con Mina, “Caramelle non ne voglio più”.
¡No quiero más caramelos!