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    Patrimonio ferroviario

    Sr. Director:

    A Carmelo Vidalín, profesor de Filosofía e intendente de Durazno, le asiste la razón cuando plantea que el puente ferroviario de hierro sobre el río Yi no se puede desmantelar dado su carácter de identidad para la zona. Se puede referir que también posee este tipo de valor en relación con toda la República. Por sus valores —porte, materiales, época, vejez, representatividad, implantación—, diría que nos encontramos frente a un proto monumento nacional.

    Concomitantemente, el Ministerio de Educación y Cultura y su Comisión de Patrimonio han decretado como monumento nacional la Estación Mal Abrigo, en San José. La intendencia y el municipio también forman parte de esta concreción.

    En ambos casos se trata de patrimonios industriales ferroviarios.

    Si miramos el mundo nos encontramos con otros puentes de hierro que poseen afectación patrimonial. Los hay protegidos por la Unesco, como es el caso del Iron Bridge y el Forth Bridge, ambos en el Reino Unido, los de las cuatro de las líneas de la montaña (Darjeeling) en la India y el Vizcaya en el País Vasco, en España.

    Hay más puentes similares que tienen protección jurídica en sus países, como el del Río Grande en Costa Rica y el Carlos Ibáñez del Campo en Chile.

    Estos ejemplos brindan referencias para nuestro juicio y raciocinio.

    En este contexto y en el Uruguay, las obras del Ferrocarril Central deberían prestar atención a todos los inmuebles ferroviarios involucrados, particularmente las estaciones y sus edificaciones complementarias, como las casetas de señales, galpones, giratorias, entre otros.

    Hay una oportunidad de poner en valor esos testimonios de una época que, a medida que pasa el tiempo, más importancia cobran y que cuentan con la adhesión emocional, de sensibilidad y afectivas de los habitantes que las rodean. Muchos de ellos —de nuevo, Mal Abrigo— irrumpieron con la llegada del tren.

    La oportunidad consiste en que los recursos económicos destinados al aggiornamento o la mejora del estado de esos inmuebles dentro de las obras del Ferrocarril Central se realice con criterios patrimoniales. No es una empresa engorrosa ni costosa, ni tiene por qué desentonar con los intereses económico-productivos. La plata está y la Comisión de Patrimonio debería orientar la puesta en valor, la recuperación, la restauración. Y las intendencias y municipios también deberían intervenir, como sucede en el caso del barrio Peñarol, en Montevideo.

    El patrimonio ferroviario es el más representativo de lo que fue la Revolución Industrial; varios historiadores coinciden en esto. Siendo así, esas bucólicas y pintorescas implantaciones forman parte de la aventura planetaria del ferrocarril, tal como lo ha dicho José Rilla. Vale también mantener trenes históricos, ya sea en funcionamiento cultural o en exhibición, como lo hace en nuestro país la Sociedad Uruguaya Amigos del Riel.

    Lo ferroviario está presente en todas las artes, en el mundo y en el Uruguay. Dice Eric Hobsbawm: “Ninguna de las innovaciones de la Revolución Industrial encendería las imaginaciones como el ferrocarril, como lo demuestra el hecho de que es el único producto de la industrialización del siglo XIX plenamente absorbido por la fantasía de los poetas populares y literarios” (y otras artes hasta el día de hoy).

    En la plástica, Turner, Monet, Magritte, Van Gogh, Hopper, y en Uruguay, Torres García, Pailós. Hay muchos más; al menos se pueden citar una docena de artistas.

    En la música: Honegger, Metheny, Villa-Lobos, Jethro Tull, Coltrane, Dylan; en Uruguay, Roos, Cabrera, Galemire, Mateo, entre muchos. Se podría citar fácilmente una veintena de autores.

    En el cine, Auguste y Louis Lumière, Keaton, Ford, Hitchcock, Bergman, Jarmusch, y en Uruguay, Arsuaga. En el mundo se podrían nombrar cerca de una treintena de directores más.

    En la literatura, Dickens, Highsmith, Baricco, Greene, Cortázar, y en Uruguay, Delgado Aparaín. También hay muchos más, al menos una veintena en el mundo.

    En teatro y danza, Nijinska, Alonso Santos, Legido; comparativamente son bastante menos que en las otras disciplinas, pero también allí lo ferroviario se hace presente.

    En la actualidad los niños se entretienen con un dibujito animado, de realización contemporánea, llamado Thomas y sus amigos. Su protagonista es una locomotora con rostro humano. Estos niños jamás vieron una locomotora a vapor o un tren real. Es que el universo ferroviario posee algo encantador.

    Esta ejemplificación de impregnación o contextualización de las obras de arte con relación al ferrocarril viene al caso porque esos paisajes y escenografías nos convocan a mantener materialmente el patrimonio ferroviario, su vigencia y cuidado en “la realidad”. No debería renunciarse a ello como sucedió con la escollera Sur, donde el necesario crecimiento del puerto obligó a su desfiguración, a su casi desaparición.

    El historiador Paul Johnson, en su libro El nacimiento del mundo moderno, ofrece una contundente, entretenida e ilustrada exposición sobre el ferrocarril en el orbe, con particularidades biográficas sobre su principal creador, George Stephenson.

    Para culminar, el historiador Eric Hobsbawm deja las siguientes afirmaciones: “La Revolución Industrial fue probablemente el acontecimiento más importante de la historia del mundo desde la invención de la agricultura y las ciudades, hace siete mil años”. (El ferrocarril es su nota más distintiva, visiblemente compartida y apropiada, patrimonializadas por mayorías).

    Y sobre los trenes agrega: “La locomotora lanzando al viento sus penachos de humo a través de países y continentes, los terraplenes y túneles, los puentes y estaciones formaban un colosal conjunto, al lado del cual las pirámides, los acueductos romanos e incluso la Gran Muralla de la China resultaban pálidos y provincianos. El ferrocarril constituía el gran triunfo del hombre por medio de la técnica”.

    En síntesis y por todo lo dicho, las obras del Ferrocarril Central son una oportunidad de mantener un patrimonio nacional y formar parte de una experiencia universal, con particularidades locales.

    Stockton-Darlington, 1825