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    Peligros de la democracia

    Sr. Director:

    Si bien muchos prefieren encarar el estudio de la democracia con bases teóricas, por mi parte prefiero verla más como un proceso, con una visión histórica y pragmática en que los seres humanos desde hace más de dos siglos han venido buscando la forma de contener el poder, evitar las tiranías y afianzar los derechos de los ciudadanos.

    Las tiranías pueden ser de una persona, casi imposible en nuestros días, de un grupo, que es lo que ocurre en la mayoría de los casos, o de mayorías que avasallan los derechos de las minorías. Estas últimas, poco frecuentes en el pasado, han adquirido gran importancia en la actualidad y, al basarse en parte en elementos democráticos, complican mucho las cosas. A estas últimas variantes, algunos, las suelen agrupar bajo el rótulo de “populistas” o “neo populistas” y pueden ser de derecha o de izquierda, con más o menos visos democráticos. Los ejemplos son claros: Chávez y Maduro, Evo Morales, Correa, Bolsonaro, Trump. No doy más nombres para no ingresar en situaciones más polémicas.

    Estos gobernantes se basan en un manejo efectivo de las mayorías del pueblo, ganan las elecciones, muchas veces con amplitud, pero luego actúan como tiranos mayoritarios, moviéndose sin límites o casi sin ellos, sin respetar la Constitución, las instituciones democráticas y los derechos humanos que invocan sin creer en ellos. Mientras tienen las mayorías la apariencia democrática funciona bastante bien (Chávez o Trump de 2016 a 2020), pero cuando las pierden se ve el verdadero rostro de estos personajes (Maduro desde el inicio o Trump desde finales de 2020)1.

    Lo increíble es cómo estructuran sus mensajes en tres pasos. Veamos un ejemplo. Simplificando, con gran estruendo, despliegue y seguridad: 1) afirman que se encontró un camión con millones de boletas de Biden (no dicen dónde, cuándo, quién lo descubrió, quiénes conducían el camión, qué iban a hacer, y posiblemente el camión nunca existió); 2) luego afirman en primera, segunda y tercera persona del plural que todos saben que nos robaron las elecciones, ustedes lo saben, ellos lo saben, es el robo más grande de la historia; y 3) por último, se afirma que debemos impedir que se consume este escandaloso robo, para lo que no se descarta ningún medio. En síntesis, se recurre a una afirmación sin fundamentos y posiblemente falsa, seguida de algo como “todos saben” y si todos lo saben tiene que ser cierto y no se precisa ninguna prueba, y al final los patriotas deben defendernos de los ladrones por cualquier medio que sea necesario. Y esto, tan tosco, funciona.

    ¿Cómo puede funcionar esto? No se aporta una sola prueba, todo es vago, la Corte Suprema de EE.UU., con mayoría republicana y tres jueces designados por el propio Trump, rechazó por unanimidad el planteo en términos muy duros, señalando que no hay un solo fundamento que pueda aportar al menos una mínima duda razonable sobre las elecciones. Todos los funcionarios y jueces de EE.UU., con alguna minúscula excepción, coinciden con la Corte. En el entorno de Trump muchos rechazan este discurso y renuncian. Pero nada de esto importa a los seguidores del líder, total, si “todos saben” que hay un gran complot, todo lo que se oponga a lo que “se sabe” forma parte de la gran conjura2.

    ¿Cómo puede ser que millones de personas crean en un razonamiento sin pruebas ni fundamentos válidos, o apenas válidos, y que miles lleguen a entrar por la fuerza en el Capitolio? Alguno podría pensar que esto llega a personas sin educación y superficiales y que se combate este fenómeno con educación. Pero no es así. Millones de personas creen en esto y entre ellas se encuentran personas educadas, inteligentes, informadas o bien intencionadas. También hay muchos energúmenos, tontos y mentirosos.

    Quizás será que ingresamos en un mundo virtual que podríamos llamar genéricamente Twitterlandia, en que solo hay espacio para un breve comentario, sin fundamentos (salvo en algún caso mínimo) y lo único que importa es que el comentario atrape al lector u oyente, entretenga, sea irónico, gracioso, suficientemente manipulador de miedos, odios y lealtades, defina claramente a los supuestos enemigos y peligros, cree expectativas atractivas, etc. Y al final, lo único trascendente es en lo que cada uno “cree” o termina creyendo, sin importar la seriedad de lo que se dice ni sus fundamentos.

    Twitter pareció ser algo democratizador, que permitía a todos opinar, hacerse oír, pero hoy vemos que nos crea o permite que se cree una realidad sin bases, simplificada y peligrosa. Una realidad que fomenta el radicalismo vacío, el enfrentamiento duro y el insulto. Casi sin lugar para la razón. Aunque cuidado que los problemas de Twitter no nos impidan ver sus cosas buenas, que son muchas.

    Se me podrá decir que esto siempre existió y que lo único que cambia es la tecnología. Recordemos la asamblea popular descrita por Henrik Ibsen en Un enemigo del pueblo en la segunda mitad del siglo XIX. Pero hoy parece ser más grave, aunque mi percepción puede ser equivocada.

    Ahora se ve en el mundo, y hubo algún caso acá, debates televisivos de muchas personas. Cinco, seis, 10 candidatos. Cada uno y sobre cada tema dispone de un par de minutos no para expresar su idea y fundamentarla, para eso no hay tiempo, sino para lanzar sus tweets verbales. Es solo un espectáculo sin mayor sustancia y una competencia sobre la que luego se discute quién ganó.

    Se ingresa en un esquema peligroso para la democracia. No me parece que una democracia sin razones, fundamentos y desarrollos pueda funcionar. Pero hoy las mayorías se informan por las redes sociales y creen ciegamente en ellas y especialmente en lo que leen en Twitter. Entramos en una suerte de “Twitter democracia” o una realidad determinada mediante tweets.

    ¿Cómo cambiamos esto? O antes, ¿hay que cambiar algo? No lo sé, pero hay que empezar a pensar soluciones.

    (1) Si bien considero que el título dice menos de lo que el libro contiene, la obra La mente reaccionaria: el conservadurismo desde Edmund Burke hasta Donald Trump, segunda edición, 2020, de Corey Robin, es extraordinariamente sugerente.

    (2) Sobre este tema sigue siendo ineludible la lectura de El péndulo de Foucault, de Umberto Eco.

    Martín Risso Ferrand

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