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En las fotografías aparece con un rostro serio, siempre de negro, con su cabeza rapada y una prótesis con pinzas donde tendría que estar su brazo derecho. Sin embargo, en persona, el escritor Mario Bellatin (México, 1960) pierde la severidad y es divertido y muy locuaz. Al contrario de su forma de hablar acelerada y apabullante, su escritura es sobria y sintética. En teoría él propone una obra desvinculada del escritor, pero sus narraciones integran retazos de su vida, incluso la experiencia de su propio cuerpo. Este hombre de tantos contrastes fue una de las víctimas de la talidomida, un fármaco que se recetaba a mujeres embarazadas a comienzos de los 60 como calmante de las náuseas y que producía malformaciones en los bebés. Por culpa de ese medicamento, el escritor nació sin su brazo.
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Experimental y provocador, Bellatin es casi un desconocido en Uruguay, pero en México y en varios países latinoamericanos es un autor famoso y, como todo “raro”, también un artista de culto. Su producción literaria es extensa, con cerca de treinta libros publicados (“Mujeres de sal”, “Perros héroes”, “El gran vidrio”, “El libro uruguayo de los muertos”) y traducidos al inglés, el alemán y el francés. En su país dirige la Escuela Dinámica de Escritores, que tiene entre sus reglas una paradoja: a pesar de ser una escuela de escritura, allí no se puede escribir.
Sin entrar en muchos detalles sobre la práctica en su escuela, Bellatin habló en Montevideo de sus experiencias como escritor durante la Feria Internacional del Libro, donde fue uno de los invitados extranjeros. El encargado de presentarlo fue el director de Cultura del MEC, Hugo Achugar, a quien conoció en Cuba en la década de los 80 en un congreso sobre posmodernidad. Bellatin había ganado una beca para estudiar en la escuela de cine cubana en San Antonio de los Baños. Allí estuvo unos años sobreviviendo en una sociedad de “pensamiento binario”.
“Yo era un paria como escritor en esa época en la que solo se pensaba en pro o en contra de la revolución. Entonces en el encuentro de posmodernidad conocí a Hugo Achugar. Estaba vestido con una remera Lacoste y pensé ‘este puede ser mi aliado’. Yo vivía en una realidad paralela, buscaba la verdad pequeña, los detalles, que nada tenían que ver con la realidad que se proclamaba afuera”, declaró el escritor en su intervención.
Cuando habla de sus libros, Bellatin aclara que no son ni cuentos ni novelas, sino simplemente “textos” que fue escribiendo para obtener respuestas. “El papel y el lápiz no siempre alcanzan para responder lo que me pregunto, por eso echo mano a otros recursos como el teatro y la música”, explicó este “performer” de la literatura mexicana.
En la Feria del Libro presentó Una diversión extranjera, un volumen que reúne tres libros (“Shiki Nagaoka: Una nariz de ficción”, “Mi piel luminosa” y “Salón de belleza”) y que acaba de ser publicado por la editorial HUM. El primer relato tiene un protagonista oriental, Shiki Nagaoka, y eso ya resulta extraño. A modo de biografía se va contando quién era este escritor y traductor que llegó a ser monje y que padecía de un defecto físico congénito: una nariz extremadamente grande. Todo el relato juega con la veracidad de los hechos y con la existencia o no de este escritor: “De aquellos años de encierro monacal se cuentan algunas anécdotas curiosas. Jamás se sabrá si ciertas o no (...) La que más se escuchó se refiere a la evolución que alcanzaría con el tiempo la descomunal nariz”.
La historia tiene un humor grotesco (con fluidos y granos incluidos) que deriva en una reflexión sobre “las relaciones entre la escritura y los defectos físicos”, sobre el “no-lenguaje” y sobre otras artes como la fotografía. Todo muy bellatinesco: entre el juego, la teoría y la marginalidad del diferente.
“Mi piel luminosa” es el relato más fragmentado del libro. El autor decidió numerar cada frase y agrupar esos “numerales” en episodios breves. Así se va desarrollando una historia sórdida narrada en primera persona: la de un niño muy pobre obligado por su madre a exhibir los genitales en los baños públicos a cambio de regalos. Bellatin se preocupa más por desdibujar el género narrativo que por elaborar la historia, y eso es peligroso. En “Mi piel luminosa” se notan mucho las “costuras” de un experimento narrativo que posiblemente divirtió al escritor pero que deja solo sorpresa en el lector.
“Salón de belleza” es uno de los libros más conocidos y traducidos de Bellatin, y también uno de los más crueles. Cuenta en dos capítulos breves la historia de un peluquero homosexual y travesti que transforma su salón de belleza en un gran acuario y en un asilo para personas enfermas y en etapa terminal, al que llama el “Moridero”: “Ya no son solamente amigos en cuyos cuerpos el mal está avanzado, sino que la mayoría son extraños que no tienen dónde irse a morir”, dice el protagonista.
Con claras alusiones al sida y a la marginalidad que sufrieron los primeros enfermos, el libro está narrado a través de imágenes y de olores, de “los reflejos que emitían las escamas y las colas de los peces” y de “las muecas de asco que hacen los que vienen de fuera apenas ponen un pie en este lugar”. Es una historia sin humor y sin tregua para quien la lee. El propio Bellatin se sorprendió al terminarla: “Mientras escribía no pensé que iba a ser tan terrible. Cuando terminé el libro y lo leí vi la maldad de la historia, pero también que había creado un lugar más intenso que la vida cotidiana, como si hubiera creado otra vida”, explicó.
Concisa y sombría, así es la literatura de Bellatin en Una diversión extranjera, un libro que despierta curiosidad por conocer más de este mexicano que termina resultando menos diferente de lo que proclama en su teoría.
“Una diversión extranjera”, de Mario Bellatin. Editorial HUM, 2012, $ 150, 164 páginas.