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    Piedad y horror

    Todo estudiante de Literatura ha repetido emocionado la definición de “tragedia” de Aristóteles y la importancia de experimentar “piedad y horror” cuando se asiste al teatro.

    Mi barrio es un verdadero teatro donde todos los días contemplo una tragedia que ya es costumbre para el mundo.

    En Uruguay, hay seres humanos que están destruidos. No tienen posibilidad de retorno. El Mides está lleno de expertos que trabajan por los desarrapados, pero hay un núcleo duro de uruguayos al cual nadie accede.

    Los cuida coches de mi calle, por ejemplo.

    En Nochebuena, volví a mi casa en bici a las tres de la mañana. La ciudad era un páramo, sin buses, sin taxis. Solo veía oscuros perfiles de borrachos.

    Los uruguayos que a menudo me inspiran piedad, esa noche me inspiraron horror. Terror, exactamente. Mezcla de mendigos y delincuentes, habían pasado el día en la fiesta desaforada de una cuadra que se cierra y compite con el Mercado del Puerto.

    Estaban más desvencijados que nunca. ¿Cuánta droga compraron con las propinas de los conductores? ¿Cuánto alcohol? ¿Se agarraron a piñas? ¿Comieron algo? ¿Se cayeron?

    Uno de esos uruguayos, especialmente, me estremece de piedad y horror. Cuando compré mi casita en la Ciudad Vieja, hace 20 años, él ocupaba un tugurio, con otros adolescentes. No sé de qué vivían; tal vez mendigaban, quizás robaban.

    La Ciudad Vieja estaba inundada de niños que dormían en la calle. Esos niños que me quebraban el corazón —incluso a veces alguno aparecía muerto en un zaguán—, luego de 2005 desaparecieron de allí.

    El flamante gobierno del Frente Amplio logró eso: no más niños solos viviendo en la calle. Nada más ni nada menos.

    Una vez, los adolescentes del tugurio fueron desalojados. No supe de ellos por años.

    De pronto, hace poco, uno retornó. Ya no hay tugurio donde dormir: lo hace en la calle. Aunque suele caminar insomne. Es increíblemente flaco. Lo he visto consumir pasta base. No se higieniza.

    Pide siempre moneditas: “¡amiga!”, aunque como cuida coches reciba torrentes de billetes de 20.

    Un día, mi hija (que también siente piedad y horror, pero que a veces habla con él y le da moneditas para no tenerle tanto miedo), ve a la policía cacheándolo contra la pared sin contemplaciones.

    Mi hija le pregunta a la mujer uniformada qué pasa. La agente le contesta que está siendo indagado por venta de estupefacientes, ya que tiene antecedentes por homicidio, hurto y rapiña…Cárcel.

    ¡Por fin supe dónde estuvo todos los años que no lo vi deambular por el barrio!

    En la tarde de Navidad, lo distinguí, rengueando y pidiendo moneditas por la Peatonal Sarandí. Una mujer con tres niños le preguntó por qué no trabaja. No logré entender la respuesta. La mujer intentó hablar con él; le dijo que las personas trabajamos toda la vida.

    Él nació en la dictadura. Él creció en el neoliberalismo. Y hoy, adulto, vive bajo un gobierno de izquierda hace once años.

    ¿Quién tiene la responsabilidad de su destrucción? ¿Quién asume la conversión en sombra de ese ser humano?

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