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    Pintar es bailar con locura

    Retrospectiva de Pilar González

    Una tela de buen porte con una mujer grande, desnuda y de labios rojos, domina la sala principal del Museo Blanes. En otra tela se ven sacos pegados minuciosamente a la figura de un hombre, y una mano de trapo que se escapa del borde, sobre la pared. Pilar González pinta por vocación. Además, trabajó para ilustraciones de prensa, en “Jaque”, “Guambia”, “Brecha” y “El País Cultural”. Recibió el Premio B’ nai B’ rith en 2003 y fue directora artística del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de “El País” hasta 2012.

    Se formó con Nelson Ramos y Eduardo Fornasari, ilustró el libro “Mujer de la vida”, de Perico Pérez Aguirre, y pintó el mural “Desaparecidos de América” sobre la avenida Rivera esquina Jackson, hoy derruido. Como artista salió del soporte tradicional y llegó a usar toallas, sábanas y manteles antiguos. También diseñó vestuario, maquillaje y folletería para teatro, ámbito en el que logró cuatro nominaciones y un Premio Florencio.

    La muestra recorre todas las etapas de esta extensa carrera y se acompaña de un catálogo-libro con elogiosos textos de Luis Vidal, Emma Sanguinetti, Cristina Bausero y Jorge Abbondanza, que incluye reproducciones de su obra.

    Pilar González confiesa que suele refugiarse de los “mundos hostiles” (las calles de Montevideo, la tecnología). Por eso construyó una casa en Cuchilla Alta, que diseñó completamente, y le sirve para alejarse de la vida cotidiana, con sus libros y plantas.

    Exponer en el Blanes es “como un sueño”, dijo González a Búsqueda. “Estoy muy feliz. Pero también siento que cierro una carrera, no porque no vaya a trabajar nunca más, sino porque siento que esta muestra es la obra de alguien que trabaja de una forma como hoy ya no se hace. Hoy se emplean otros criterios artísticos. Esto se muestra y es un libro que se cierra”.

    La exposición incluye obras desde 1987. “Siento que hay una especie de desprecio por lo que es el oficio, esa formación que comienza siendo un poco académica para después poder soltarte. Eso no tiene más andamiento y con lo posmoderno se ha ido a otro tipo de cosas. Esto que está colgado acá es más yo que ésta (se señala a sí misma)”.

    González trabajó en docencia desde los años 90. A sus alumnos les decía siempre que no hicieran muestras por “ego”. “Debe hacerse cuando uno tiene una obra que aporta algo diferente. Acá presento diversas cosas al público pero, a su vez, es como verme en un espejo. Es mirar hacia atrás y a lo lejos todo lo que he trabajado”.

    Entre pinceles y lápices, González no adopta para sí misma los tiempos actuales acelerados, como los de la publicidad. “Todo necesita una elaboración, un tiempo de maduración, de lo contrario nos quedamos en la superficie de las cosas. Por lo menos en las cosas que importan, uno tiene que ir a lo profundo. Y en las relaciones humanas”.

    Reconoce que usa poco el celular y el mail. “Las redes sociales como Facebook o Twitter me parecen un conventillo de última y no quiero entrar en eso. No me interesa. Creo en las relaciones cara a cara, donde te estoy mirando y te puedo tocar. Incluso cuando escribo un correo electrónico no abrevio las palabras: lo hago como una carta de verdad. Soy una antigualla”, dice sonriendo.

    Cuando comenzó su carrera había cierta disociación entre su persona y su obra. A esta altura, esa separación no existe. “Cuando hace tanto tiempo que estás en algo, tu identidad pasa a ser ‘Pilar pintando’. Cuando veo el trabajo de cada etapa de mi carrera, compruebo que cada obra es parte mía. Hay gente que dice ‘son mis hijos’, pero no, son pedazos míos, es como si yo fuera dejando jirones. Más en mí, que trabajo de manera expresionista, con mis emociones e intuiciones”.

    González llegó a bailar en su taller mientras pintaba un gran lienzo. “Tenía un taller amplio en el que podía trabajar grandes dimensiones: podía tomar distancia y ver las cosas en perspectiva. Y trabajaba mucho con música, entonces hacía un juego con la obra donde me acercaba, me alejaba, le agregaba detalles, lo que generaba un baile apasionado. Cuando estás en la locura de la creación, se da un baile muy fuerte”. En la exposición hay también trabajos más pequeños donde la historia es otra porque el movimiento es más reflexivo.

    Mientras pintaba, experimentó un estado en el que su mano trabajaba sola, sin que ella la dominara. “Sí: fue un momento preciso en el que tuve la clara sensación de que alguien me llevaba la mano. Fue cuando preparé la exposición de telas grandes ‘Montevideo, gentes y lugares’, en Galería Aramayo. En algún momento sentí que entraba en otra cosa, que todo mi cuerpo obedecía a algo que no sé qué es”. Esa sensación en un primer momento la sorprendió mucho. “Pero a medida que fue pasando el tiempo, empecé a dominarla, entonces entraba en ese estado un poco a voluntad. Hace mucho que no me pasa eso... (sonríe)”.

    González es cristiana, lleva siempre un rosario en la cartera y cuando reza cada noche experimenta estados similares. “Uno es mucho más que un cuerpo y una psiquis y pueden pasar una cantidad de cosas que desconoce porque están más allá de lo que uno puede percibir. Si bien fue algo que al principio me asustó, me acostumbré rápidamente porque me gustaba, no era negativo”.

    En el arte conceptual se pierde algo de la relación con la obra, opina González. “Y yo no lo quiero perder. Pero tiene que ver con mi manera de ser: soy muy temperamental, permanentemente estoy en una búsqueda de algo trascendente”. Cuando pinta, lo hace siguiendo una fuerte necesidad personal. “Es más: si pudiera antes de morirme quemo todo lo mío”, dice.

    Pilar es hija de padres que se separaron cuando ella tenía dos meses. “Fui una niña bastante solitaria y dibujaba mucho. Era un poco mi refugio, mi lugar de estar: aislada de todo. Eso se fue agrandando y me fui agarrando cada vez más de esto. Hoy veo que en esa época sentía mucho abandono, aunque no me daba cuenta. Entonces yo creaba mundos con el lápiz y me metía en ellos. Y creo que de alguna manera sigo en lo mismo”.

    “Pilar González”, en el Museo Blanes (Millán 4015). Hasta el 10 de agosto, de martes a domingo de 12.15 a 17.45 h. Entrada libre.

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