Políticos, dejen ya de joder con la pelota

Políticos, dejen ya de joder con la pelota

La columna de Gabriel Pereyra

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Nº 2254 - 7 al 13 de Diciembre de 2023

Conocidos los datos del último censo, que muestran un crecimiento de apenas 50.000 personas y el preámbulo de una reducción de la población, desde el sistema político surgieron inquietudes e ideas para aumentar la natalidad. O sea, de acuerdo a las previsiones de los demógrafos y la experiencia internacional, una intención inútil.

Los ejemplos abundan en todo el mundo. Por citar dos países desarrollados que les pueden asegurar a los futuros padres condiciones de vida más que aceptables para los niños que vengan al mundo: Japón invirtió en 15 años US$ 200.000 millones y Corea del Sur aumentó al doble los US$ 75.000 millones en políticas para subir la natalidad. El resultado: un fracaso.

“Sabemos por la historia que los tipos de políticas que llamamos ingeniería demográfica, en las que intentan incentivar a las mujeres a tener más bebés, simplemente no funcionan”, dijo a la BBC Alanna Armitage, del Fondo de Población de las Naciones Unidas.

Los políticos locales no necesitan leer la prensa internacional para estar al día con lo que está ocurriendo hace décadas en todo el mundo.

En Uruguay, el jefe de la Oficina de Población de ONU, Fernando Filgueira, lo viene diciendo hace tiempo. El funcionario ha señalado no obstante que existen políticas que, si bien no están enfocadas directamente a fomentar la natalidad, sí pueden contribuir a incentivar a quienes quieren tener hijos y, de paso, apoyar sobre todo a las mujeres que ya los tienen, como por ejemplo un potente sistema de cuidados que, aunque tarde, busque atemperar los efectos que hace más de 30 años generó en la sociedad el ingreso masivo de la mujer al mercado de trabajo.

En Uruguay, la baja en la natalidad (estamos en un promedio de 1,3 hijos por mujer, cuando la tasa de reemplazo para que la población aumente debe ser de 2,1) estuvo alentada por dos buenas noticias: el aumento en la esperanza de vida y la reducción del embarazo adolescente gracias al implante subdérmico, que subsanó los efectos negativos de una pésima educación sexual, y el acceso a anticonceptivos en las mujeres pobres.

Pero Filgueira, así como otros sociólogos y demógrafos, han aprovechado la oportunidad que les dan las cifras del censo para insistir con un mensaje con el que predican hace años: pongamos el esfuerzo en mejorar la vida de los niños ya nacidos.

La pobreza infantil en Uruguay está en 17%, aproximadamente, pero la infantilización de la pobreza ubica al país en el peor lugar del continente. Los menores de edad en Uruguay son 33 veces más pobres que los mayores de 65 años. El segundo lugar lo ocupa Brasil, con una tasa de seis. Uruguay, 33.

Los bajísimos índices de pobreza (siempre medida por ingreso) en los mayores de 65 años se deben a una decisión que los uruguayos tomaron a la salida de la dictadura: indexar las jubilaciones con el Índice Medio de Salarios (IMS). Esto fue costoso en términos financieros para el país, pero no se tuvo dudas en tomarlo porque ningún político estaba dispuesto a pagar el costo en votos en una población envejecida que los hubiese castigado si iban por otro camino.

Ahora ha llegado el momento de tomar una medida similar pero que beneficie a los niños. No hacerlo, además de insensible e irresponsable, suena a abuso con una población sin masa crítica y que no vota.

Es irresponsable porque, ante una población que va camino a reducirse, los niveles de pobreza entre los niños y su consecuente impacto en la educación y la marginación auguran cohortes que en el futuro no generarán los niveles de productividad que permitan al país encaminarse hacia el desarrollo y pone, o mantiene, al régimen de pensiones con una espada de Damocles que inevitablemente caerá sobre toda la sociedad.

Pero, además, la pobreza infantil enfocada en las carencias durante la primera infancia (los primeros 1.000 días de vida) no plantea solo una cuestión de baja calidad laboral y productividad, sino que augura mayores niveles de violencia, de adicciones, de depresión, de suicidios. La neurociencia lo viene advirtiendo hace medio siglo, pero si algunos políticos uruguayos no entienden cuestiones básicas de población qué esperar de asuntos más alejados de su actividad cotidiana como la neurociencia.

Entre los países de altos ingresos, la media del gasto en protección de la infancia se ubica en 1,5% del PBI; Uruguay invierte un 0,5%. A juicio de la ONU, con un incremento de 0,5% del PBI, unos US$ 300 millones, el país terminaría con la pobreza infantil medida por ingreso, que es como decir que terminaría con la pobreza en general, por el peso que los niños pobres tienen en los hogares de los quintiles más bajos.

Algunas renuncias fiscales que el país hace en beneficio de determinados sectores: la renuncia al IASS y al IRPF, que benefició a los sectores medios y altos, fue de US$ 150 millones; la garantía para la Caja Bancaria, US$ 400 millones; el subsidio a la “caja militar”, US$ 450 millones; y los siete puntos del IVA destinados al BPS, US$ 1.500 millones.

Si la sociedad toda tomó la decisión de indexar las jubilaciones al IMS con el costo de asistencia directa, que hoy es del 50% de lo que se gasta en pasividades (unos US$ 3.300 millones), ¿por qué no hacer un esfuerzo 10 veces menor para los más débiles entre los débiles, los niños pobres?

Hacerlo o no demostrará lo que está dispuesta a pagar no solo en pobreza y productividad, sino también en violencia, ese asunto que tanto nos inquieta y que tanto nos cuesta vincular con temas que no sean lo estrictamente policial. Pero además mostrará la estatura ética de nuestra sociedad y del sistema político que la representa.

Por cierto, el proyecto sobre primera infancia de la diputada Cristina Lustemberg, cuya aprobación en una cámara celebramos en este espacio, se volvió a trancar en el Parlamento. Los políticos se responsabilizan unos a otros, que ya saldrá, que hay otros asuntos también urgentes. Siguen mostrando la verdadera hilacha que hizo que este proyecto demorara seis años en aprobarse al menos en una cámara. Y se siguen pasando la pelota, como se la vienen pasando lustro a lustro en asuntos en los que se nos va la vida como sociedad.