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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMolesto nuevamente su atención, asombrado de que las cuestiones de “imagen” sigan predominando ampliamente sobre la discusión política en un país con muy buena tradición en la materia, y con tantos huecos programáticos que piden a gritos ser ocupados.
La llegada del Sr. Durán Barba, contratado a precio de oro por varios precandidatos, me llena de estupor. ¿Qué puede enseñarles a los políticos uruguayos ese taumaturgo que, entre otras cosas, aconsejó al Ing. Macri “elevar” como contrincante a Cristina Fernández de Kirchner, con el resultado posible de volver a colocarla en la presidencia de Argentina?
Sin embargo, se siguen comentando sus dos grandes descubrimientos: la importancia de la imagen y la de medir los resultados de situaciones concretas, o bien, producirlas. Es increíble que por esas “enseñanzas” se cobre.
Podría tener trabajo en países muy subdesarrollados políticamente hablando o devastados por luchas fratricidas, pero no debería tenerlo en Uruguay.
La política, alcanza con usar el sentido común, es el arte y la voluntad de conducir a la gente tras proyectos políticos que conduzcan democráticamente al desarrollo nacional y al bienestar creciente de la sociedad.
¿Es tan difícil entender o descubrir esto?
La política se hace con vocación de entrega, con voluntad de cambiar la realidad para mejorarla, conocimientos de historia, de filosofía, de economía, de sociología, pero sobre todo con auténtico amor a la gente. Sin eso no hay política ni se puede triunfar en ella. ¿No se dan cuenta?
Esto nos lleva a la conclusión de que lo que flaquea en nuestro país es la llamada “clase política”.
Me veo en la obligación de reiterar que acaso el más importante y grave problema que padece Uruguay es la grave decadencia que desde hace muchos años afecta a nuestra “clase política” (con honrosas excepciones), que hace que hoy exhiba índices de repudio como no vivió acaso nunca; y las consiguientes necesidad y nostalgia de tener abundancia de políticos (y no meras excepciones) como los que tuvimos en tiempos bastante recientes, como los que muestra el filme Wilson, de Mateo Gutiérrez.
El hecho de que la población, y sobre todo los jóvenes, rechacen la actividad política —que supo ser la más noble de las faenas, donde llegaban solo los mejores, hasta hace apenas algo más de 30 años— es trágico, porque la clase política es por definición el timón de la República en un sistema democrático republicano representativo de gobierno como el nuestro.
Recuerden los que la insultan que si no hay políticos aparecen las formas antidemocráticas, o personalidades como Donald Trump, que está logrando el milagro de desprestigiar la presidencia de la primera superpotencia política, económica, militar y cultural del mundo.
Uruguay, reitera alguien que tuvo la suerte de verlo, tuvo apenas hace unas décadas una de las mejores clases políticas del mundo.
El período que se cierra con el golpe de Estado del 27 de junio de 1973 es un tiempo —incomprensible para las personas que tienen hoy menos de 45 años— en que la política era uno de las más nobles actividades a las que podía aspirar un ciudadano. En aquel tiempo significaba afrontar una vida dedicada al servicio público y la formación —propia y ajena— para servir a la patria. La honradez era un prerrequisito que ni siquiera se mencionaba. Los mejores hombres sacrificaban sus fortunas, sus felicidades y hasta sus vidas en aras del bien común. Los políticos subían ricos al poder y bajaban pobres de él.
La gente común los admiraba y los seguía con devoción.
Por ellos la gente común enfrentó masivamente el golpe de Estado de 1973, protagonizó una huelga general que asombró al mundo, y continuó la lucha hasta que el país se reinstitucionalizó.
Quienes legítimamente hoy no puedan creerlo, pregunten a sus mayores. Muchos jóvenes de entonces (hablo de fines de los 60 y principios de los 70), faltábamos a clase en Secundaria o la Universidad para ir al Parlamento a escuchar a nuestros políticos, aprender de ellos, luchar por ellos y muchas veces establecíamos vínculos de admiración y afecto por encima de partidos.
Había figuras admirables en los tres partidos de la época: en el Partido Colorado, por ejemplo, se destacaban Luis Hierro Gambardella, Manuel Flores Mora, Amílcar Vasconcellos, Eduardo Lalo Paz Aguirre y Carlos W. Cigliutti; en el Nacional estaban Wilson Ferreira Aldunate, Washington y Enrique Beltrán, Dardo Ortiz, Mario Heber, Héctor Toba Gutiérrez Ruiz, Walter Santoro y Andrés Arocena, y en el Frente Amplio, el general Liber Seregni, Zelmar Michelini, Juan Pablo Terra, Alba Roballo y tantos otros.
A estos hombres y mujeres —sin distinción de banderas— los respetábamos todos, en tiempos de dura y permanente confrontación ideológica.
Por ese Parlamento, cuando cayó, derribado por una “marea negra” continental, el 27 de junio de 1973, hombres y mujeres de todas las generaciones hicimos una huelga general que asombró al mundo.
Desde hace años me pregunto con amargura si la gente arriesgaría su vida ahora.
La cuestión es de tremenda importancia, porque el timón de un país es su clase dirigente, y no se puede avanzar en el mundo económicamente globalizado sin una gran clase dirigente. Hay que difundir el ejemplo de nuestros grandes hombres —que los tuvimos en abundancia— porque es esencial para la construcción del futuro.
Los políticos o aspirantes a políticos de hoy deben dejar de confiar en estos señores poco presentables que nos llegan del exterior: deben empezar amando a los demás por encima de sus propios intereses, construir seriamente proyectos nacionales y luchar por ellos.
Cualquier otro camino nos llevará a terribles frustraciones en un momento histórico mundial de indudable y creciente complejidad.
Carlos Luppi