• Cotizaciones
    miércoles 12 de junio de 2024

    Por un beso

    Nº 2257 - 28 de Diciembre de 2023 al 3 de Enero de 2024

    Su aparente sencillez nos confunde. La ciencia lo define por el número de músculos que se ponen en movimiento, las hormonas liberadas (endorfinas, dopamina…) y el trasiego de bacterias. Según la biología evolutiva, a través de él evaluamos la compatibilidad del otro para la reproducción. La psicología explica su importancia en el primer contacto con los labios maternos, y la antropología viaja al alba de la humanidad para saber si es cultural o instintivo. Se lo ha considerado un símbolo de la revolución y de la paz, de la promiscuidad y la pureza. Las prostitutas no lo aceptan de sus clientes. Los libros de autoayuda lo recomiendan, aunque en este instante hacerlo en público se paga con cárcel en ciertas esquinas. Es el sello del ritual de boda, el final de las comedias románticas y el principio de juicios penales. ¿Quién se atreve a definir un beso? ¿Y a darlo?

    Sigmund Freud lo describió como un “contacto de las mucosas labiales” al que muchos pueblos le otorgan un “elevado valor sexual, por más que las partes intervinientes no pertenezcan al aparato sexual, sino que constituyen la entrada del tubo digestivo”. Una desgracia. Como sea, al beso no lo atrapan con palabras.

    En tiempos de matrimonios concertados, fue un gesto revolucionario o un grito de desesperación. Por un beso y algo más murieron Paolo y Francesca. Con pesar, Dante colocó a la pareja en el segundo círculo del Infierno y la hizo girar por siempre impulsada por un viento sin sentido. Cuenta la leyenda que leían las aventuras de Lancelot y Ginebra, cuando sus labios se tocaron. “La bocca mi bacció tuto tremante”, dice Francesca. Así los encontraría Gianciotto, marido desairado y hermano de Paolo, hombre sanguinario que había luchado contra los gibelinos, y el asesino de esta historia. Ese mismo beso contado ha sido también la fuente de inspiración de Rodin, Bécquer, Tchaikovsky y tantos otros.

    La mitología griega está salpicada de besos eróticos, consentidos y de los otros. Dafne prefirió convertirse en laurel antes que recibirlos de Apolo. Eso debió doler. De todos modos, el dios tozudo prometió amarla eternamente. Algunos estudiosos interpretan El beso de Klimt como el símbolo del mito de Dafne, el instante previo a la metamorfosis, pero cuesta creer que la brutal escena haya tenido tan delicada representación.

    Tal vez, la mirada masculina validó el beso tomado por sorpresa como una picardía a festejar. En el siglo XVIII, Jean Honoré Fragonard recibió elogios de Diderot y Luis XIV por pintar besos furtivos. Antes de la Revolución francesa, los nobles gustaban de las escenas sensuales y palaciegas y se las pedían a los artistas. Pasadas las alegrías, Fragonard murió pobre y olvidado, mientras algunos de sus amigos terminaron en la guillotina. Su obra se revalorizó recién en el siglo pasado y El beso robado, uno de sus cuadros más conocidos, luce hoy en el Museo del Hermitage de San Petersburgo.

    Hace unas décadas, el Día Internacional del Beso Robado adquirió cierta popularidad, a contracorriente de las prédicas feministas. En la fecha designada, el 6 de julio, suele circular la foto de Times Square, tomada el 14 de agosto de 1945. Ese mediodía, la revista Life envió al fotógrafo Alfred Eisenstaedt a cubrir las manifestaciones que se dieron espontáneamente en la ciudad de Nueva York. La guerra había terminado. Entre la multitud, un marino ebrio de alegría tomó entre sus brazos a una joven enfermera, la dobló como junco y la besó. Eisenstaedt captó esos segundos para convertirlos en el ícono de la euforia colectiva. Durante años, George Mendonça se dedicó a vociferar que había sido el marino en cuestión y llegó a someterse a un reconocimiento de tecnología facial para ello. Tres mujeres y 11 marinos dijeron ser los protagonistas de la fotografía. Todos querían haber estado ahí. Del lado femenino, Greta Zimmer Friedman parece haber conseguido el puesto. “De repente, me agarró. No fue tanto un beso, sino un acto de celebración (…). No fue algo romántico…”, relató en una entrevista.

    Por el mismo camino, Luis Rubiales, presidente de la Federación Española de Fútbol, celebró con un beso el triunfo de la selección femenina en el Mundial de 2023. No estaba en las calles, sino en un estrado, y además no prestó atención a que en estos años el movimiento Me Too ha estampado más de un grafiti en protesta justo en el tobillo de la enfermera.

    Errores se cometen en todas partes. En febrero de 2007, el Cuerpo de Policía de España publicó en redes: “Si te ‘roba’ un beso, no es delito. Feliz San Valentín”. El mensaje fue compartido 2.500 veces (para mal) y más de un usuario le recordó a la Policía que el “beso robado” tiene otros nombres. “Si te roba un beso, es acoso sexual y debéis actuar, no incitar”, escribió Izquierda Unida. Horas más tarde, la Policía enmendó: “Si tu amor te ‘roba’ un beso por sorpresa, ¡disfrútalo! Si alguien te roba un beso sin consentimiento, denuncia”. ¡Para qué! Llovieron más mensajes. Es de suponer que en el siguiente San Valentín la Policía consideró otros abordajes.

    Soren Kierkegaard en Diario de un seductor se detiene a pensar en los besos sin pasión, los rutinarios, los de escasa adrenalina. Con ellos, dice el filósofo, los matrimonios desgastados “se limpian recíprocamente la boca” a modo de servilleta antes de irse a dormir. Conclusión: consentido no equivale a deseado.

    Entre tumbos y tropiezos, los besos reflejan nuestra idea del amor y el desamor. A más de 80 años del estreno de la película Casablanca, convendría advertir a los despistados que “you must remember this, a kiss is just a kiss” no es cierto.