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    Pornografía numérica

    Estoy en la sociedad médica, en su farmacia. Antes del Fonasa la farmacia tenía cuatro ventanillas y delante de estas, sendas filas de tres o cuatro personas. Ha pasado el tiempo. Ahora la farmacia es un tumultuoso recinto con una hilera de más de 20 ventanillas.

    Ya no hay filas. El espacio no lo permitiría jamás. Una multitud bulliciosa intenta conseguir un asiento, no alcanzan para todos los que esperan. Hay sentado sí, en su banqueta, un funcionario cuya tarea, durante ocho horas diarias, es entregar un pequeño papel cuadrado. Allí consta un número.

    En mis manos luce en el papel, casi perverso, un número de tres cifras. Cotejado con aquel otro que se llama por las pantallas electrónicas, es el número de la mala suerte. Faltan 100 —o más— números para que llegue mi turno.

    ¿Cuántas personas esperamos allí? Decenas y decenas. Dos horas lleva hacerse de sus medicamentos a un paciente de mi sociedad médica. Mientras tanto, los virus y bacterias se hacen un festín.

    ¿Cuánto pago por este servicio médico? No sé, no quiero saberlo. Los recibos de sueldo pueden consultarse por pantalla electrónica, pero al tener pluriempleo las cifras me resultan un baile indescifrable.

    50. Ese es otro número maldito. Al tener varios empleos, aunque en cada uno de ellos gane cifras poco abundantes, su suma me convierte en una privilegiada para el discurso oficial.

    Me paso de los 50 nominales. Kaput. Entre el IRPF, el Fonasa y el Montepío, allí se va un porcentaje muy elevado de mis salarios. Como si fuera un gerente, un ducho asesor político, un personaje imprescindible en una agencia de publicidad. En la realidad más despojada, los 50 se convierten en 40. Pero en el discurso oficial no se dice.

    Una amiga me llama por Whatsapp desde el primer mundo. Es bibliotecaria con multiempleo y su país es carísimo. El trabajo con libros no suele ser bien pago en ninguna parte, pero de todas formas escucha la cifra con asombro “20 por ciento” desaparecida de mi salario y me dice que eso es una barbaridad. (Ella también quería, hace años, como yo, que llegara al poder algún día el Frente Amplio).

    Más números. Tengo más de 50 años, más de medio siglo: un porcentaje importante de estos años se me pasaron trabajando y estudiando.

    Pero ya he dicho que el 50 es un número maldito. Ahora ha saltado que los trabajadores que pasamos esa edad nos jubilamos con cifras mucho menores que los que tienen 60. Aquella cuestión que en la que nadie quería pensar explotó: a los aportes que hicimos al BPS, antes de que entráramos al sistema mixto con una AFAP, se los tragó la tierra. ¿Quién responde por ello? Nadie.

    Y otros números.

    Escucho a Constanza Moreira protestar contra la devolución del Fonasa: dice que le devolvieron $ 80.000 y que eso es “pornográfico”.

    Voy al BPS porque la página me dice que tengo una devolución.

    Saco número. Espero 40 minutos. Llega mi turno. Mi devolución consiste en 89 pesos.

    Me levanto y me voy, no voy a usar un minuto de mi vida en cobrar esa pornografía.