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    Prácticas arriesgadas

    N° 1875 - 14 al 20 de Julio de 2016

    En la Navidad del año 2012, las tiendas de juguetes en Suecia presentaban una novedad en sus catálogos de venta. Algunas fotografías mostraban a niñas con armas de plástico y camioncitos, y a niños jugando con muñecas o con planchas para la ropa. Los cambios de roles eran impulsados por la Swedish Advertising Ombudsman, una de las organizaciones que regulan la propaganda en ese país de Escandinavia.

    La novedad respondía a una corriente pedagógica —no solamente afincada en Suecia— promotora de una educación basada en lo que se conoce como “género neutro”. O sea, una educación en la que el sexo de los niños no es tenido en cuenta.

    Quienes promueven esa corriente argumentan que es necesario echar abajo algunas tradiciones porque, simplemente, el mundo ha cambiado. Ya no más varones siempre vestidos de azul y nenas de rosado. En lugar de eso, dejarlos a ellos —a los niños— elegir qué se quieren poner encima y no influirlos para que adopten comportamientos que históricamente han sido marcados como típicos de su sexo.

    La educación basada en el “género neutro” persigue objetivos nobles pero, necesariamente, supone la aplicación de prácticas arriesgadas.

    Está perfecto acabar con los estereotipos sobre la sexualidad de las personas que producen discriminación, injusticias, dolor, infelicidad y frustración cuando a un varón le gustan los varones o cuando una mujer siente atracción por otras mujeres. La homosexualidad, pero también la bisexualidad y la transexualidad, son tan “normales” como la heterosexualidad. Es verdad que hay muchas más personas heterosexuales que homosexuales, bisexuales o transexuales. Pero eso no significa que, como lo dijo hace no mucho tiempo un alto jerarca religioso, estos últimos sean “enfermos”. En otras palabras, hay una “normalidad” heterosexual, una “normalidad” homosexual, una “normalidad” bisexual y una “normalidad” transexual. Y nadie tiene derecho a hacer sufrir a un individuo por su condición sexual. Nadie.

    En un régimen de libertad, cada quien elige lo que desea para su propia vida. Nadie puede ni debe privar de ese derecho a ninguna persona.

    Eso es una cosa.

    Otra cosa es cuando los mayores (padres, maestros, profesores o cualquier otro adulto) quieren imponer o influir sesgadamente para que los niños asuman algún tipo de comportamiento sexual.

    Eso fue lo que intentó el Ministerio de Educación y Cultura (MEC), presentando, avalando y promoviendo en una ceremonia oficial y pública una “Guía educativa sobre diversidad afectivo sexual”. La “guía”, es verdad, fue elaborada por una organización no gubernamental. Pero, aunque después quisieron sacar la pata del lazo, las autoridades del MEC la presentaron, avalaron y promovieron como material para ser empleado por los docentes en los centros educativos a donde asisten menores de edad. Si el MEC (es decir, el Estado) promueve un material de estudio, es porque lo considera adecuado para la práctica docente. De otro modo, estaría dilapidando recursos (humanos y materiales), induciendo a maestros y profesores a hacer cosas en las que no cree o, en el mejor de los casos, comportándose con una irresponsabilidad supina.

    Las actividades propuestas en la “guía” incluyen, por ejemplo, que un día de clase los docentes dispongan que los alumnos practiquen un juego. Ese día, dice la “guía”, los varones harán las veces de niñas y las niñas harán las veces de varones. Y luego de la representación, se abrirá una “discusión”.

    La doctora Diane Ehrensaft es una psicóloga experta en estos temas. Es directora y fundadora del Centro de Salud Mental y de Género del Niño y del Adolescente en San Francisco. Este Centro trabaja en sociedad con la Universidad de California en San Francisco y con agencias comunitarias, para proveer servicios y ayuda interdisciplinaria y comprensiva en asuntos de género y transgénero para niños, jóvenes y sus familias. Es, además, la jefa de psicólogos en el Centro Clínico para asuntos de Género en Niños y Adolescentes en el Hospital de Niños “Benioff”, de la misma Universidad.

    Cuando la revista “Veja” le preguntó por los adultos que fomentan la inversión de los roles en niños con el propósito de combatir la discriminación, Ehrensaft respondió: “Es común que los niños y las niñas jueguen con piezas de ropa del sexo opuesto. Pero que los padres estimulen este comportamiento, eso definitivamente no es normal y mucho menos saludable”.

    Si los padres no deberían hacer esto, ¿qué decir de los docentes? En Uruguay, la laicidad existe en la enseñanza para evitar la imposición de credos religiosos, políticos, ideológicos o de cualquier otra naturaleza. También para impedir la imposición de preferencias sexuales.

    Aunque todavía falta (siempre falta), la sociedad ha avanzado de manera espectacular en los países más avanzados del mundo occidental en cuanto a la aceptación tranquila de las opciones sexuales de cada ser humano. Pero los extremismos en esta materia —así como en cualquier otra— generan fenómenos como los de Trump en EEUU.

    Esto es, cuando una parte importante de la sociedad advierte que ya no la racionalidad sino la intolerancia fanática es la que comienza a ganar terreno, deja de lado su vocación progresista, en el sentido de avanzar todos los días en la aceptación del “otro diferente a mí”, y se aferra a la intolerancia fanática de la otra punta.

    Al revés de lo que creen los que estimulan la imposición de estas “guías educativas”, en lugar de obtener una mayor concientización dirigida a disminuir la discriminación y la intolerancia, generan ondas de rechazo que refuerzan la oposición a lo que se proponen conseguir.

    A diferencia de lo que ocurrió hasta bien entrado el siglo XX en muchos centros de estudio, hoy, afortunadamente, las escuelas son casi todas mixtas y en ellas se procura desterrar los aspectos culturales machistas. Pero, como dijo alguna vez el asesor pedagógico del Colegio Sâo Luis, de San Pablo, “es necesario considerar que hombres y mujeres son biológicamente diferentes”.

    Una obviedad que, cuando quiere ser ignorada equivocadamente —aunque quienes así actúen tengan los mejores propósitos—, acaba imponiéndose una y otra vez. Por la razón del artillero.