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    Presos políticos

    N° 1892 - 10 al 16 de Noviembre de 2016

    Lo del diálogo en Venezuela no es fácil de entender y menos de digerir.

    Sin duda, con ello se procuró frenar una precipitación de la violencia y es atendible. La catástrofe se avecinaba y el “diálogo” implicaba, e implicó, una cierta pausa. Pero por ahora nada más.

    Igualmente atendible es sostener que se trató de una medida de “salvataje” del régimen chavista y de Nicolás Maduro, encarada primero por la Unasur, con Ernesto Samper de Colombia a la cabeza, luego por los ex presidentes Rodríguez Zapatero, Torrijos y Fernández, y concretado definitivamente por el papa Francisco tras el desesperado pedido que le hizo Maduro, a quien recibió en Roma.

    Los “salvavidas” de Maduro clamaron por el “diálogo”. Era el último recurso para embretar a una oposición impulsada por los venezolanos salidos a la calle.

    Era difícil para la oposición negarse; rápidamente, la hubieran hecho responsable de todo el desastre venezolano, incluso hasta de la falta de papel higiénico. Y en alguna forma dio resultado. Incluso, hasta aparecieron algunas debilidades de esa oposición cuya fuerza y unidad ha sido y es, exclusivamente, el efecto de la lucha de los venezolanos de a pie y de los estudiantes. Es una unidad generada y forzada de abajo hacia arriba. Exigida a una dirigencia política que no siempre ha estado pronta y a tiempo, y con veleidades e intereses personales que en su momento fueron los que viabilizaron el advenimiento de Hugo Chávez y que, en casos, parece que lo han olvidado.

    Pero puesto el diálogo sobre la mesa, este ha sido jalonado por insultos, advertencias y amenazas del chavismo, en una conducta que día a día hace cada vez menos meritoria y genuina la gestión de los generadores del diálogo.

    Hace unos días, una dirigente de la juventud chavista advirtió a la oposición que deben plantear “solicitudes viables”.

    ¿Y cuáles serían “solicitudes viables”?

    Pedir, por ejemplo, y solo por citar algunos, ítems:

    * Que se cumpla con la Constitución y se convoque al referendo revocatorio reclamado, firmado y respaldado por millones de venezolanos, e invalidado manu militari por Maduro.

    * Que se realicen las elecciones municipales, también suspendidas como en el caso anterior.

    * Que se valide la treintena de leyes aprobadas por la Asamblea Nacional, único poder independiente y de hecho legítimo, anuladas por un “Supremo Tribunal” dependiente de Maduro.

    * Que se reestablezca la libertad de prensa y no se persiga más a periodistas y se les restituyan los medios a aquellos a los que se los han quitado.

    * Que se levanten las proscripciones de dirigentes opositores e independientes.

    * Que se liberen los presos políticos.

    ¿Sobre eso es que hay que negociar? Acordar, por ejemplo, que se den por válidas unas 10 o 15 leyes, no perseguir a los periodistas, dejar que algunos medios puedan informar sin ser hostigados. ¿Y el revocatorio? ¿Y las municipales?

    Hay, sin embargo, algo concreto: el gobierno se comprometió a liberar antes de este viernes a 71 presos políticos.

    ¿Pero cómo? ¿Es que hay 71 presos políticos? Y parecería que incluso hay más, porque no se dijo “a todos los presos políticos”.

    ¿Les parecería bien a los proponentes del diálogo un acuerdo liberando a la mitad de los presos políticos? ¿Se aseguraría así la vigencia “de un régimen democrático y legítimo”, en opinión del papa Fancisco, de los ex presidentes y de la Unasur? ¿Qué dicen?

    ¿Sin libertad de prensa, con avasallamiento del Poder Legislativo, con dirigentes y diputados proscriptos (lo de Amazonas) y con dirigentes políticos presos, ¿se puede sostener que en Venezuela rige un sistema democrático, como lo han hecho a lo largo del tiempo y aún lo hacen Lula, Dilma, Cristina Kirchner, los gobiernos “progresistas” de Ecuador, Uruguay, Bolivia, Nicaragua, los partidos como Podemos de España, los Tupamaros, las FARC colombianas, los Sin Tierra de Brasil, la central sindical uruguaya PIT-CNT o “La Cámpora” kirchnerista de Argentina?

    Decididamente, no es un diálogo fácil: no está claro cuál es el propósito final de los mediadores y parece que cuando hablan de democracia no hablan de una misma cosa.

    Porque esto de democracia con presos políticos no deja de ser, a lo menos, una excentricidad.

    © Danilo Arbilla. Derechos reservados. (Especial para Búsqueda)