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    viernes 24 de julio de 2026

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    Préstamo solidario

    Sr. Director:

    Ayer tocaron el timbre, y era un hombre que quería hablar con el dueño de los cascos.

    El auto estaba estacionado en la vereda, y por la luneta trasera se veían los dos cascos, el blanco de técnico en visita y el rojo de jefe de obra.

    —Usted no me conoce, pero así como me ve, venido a menos, no represento lo que soy; soy oficial pintor, grado 11. Tuve un problema y ahora quedé en la calle, me robaron y no tengo a quién acudir.

    —Mire mis manos, si no son manos de obrero. Me llamaron de Durazno para una obra acá en Montevideo.Pero cuando llegué, la obra no había empezado. Busqué una changa para pagarme el pasaje de vuelta, pero nada. Y para peor, me robaron dos veces.

    —La gente me ayuda, hasta me dieron una bandeja de comida, pero estoy tan achicado que el estómago no me aguanta nada.

    Los ojos rojos y hundidos, los hombros caídos, eran de un hombre veterano en la mala, y con hambre. Pero la situación no está buena, hay poco trabajo, incluso para los oficiales viejos. Yo no tenía nada.

    Me entendió, y me dice: “Para mejor, no tengo ni dónde quedarme. Quiero aunque sea hacer unos pesos para volverme, pero sin herramientas y sin dónde quedarme, ¿quién me va a recibir?”.

    —Pensé en el sindicato, me fui hasta allá porque había conocido al tal Andrade. Lo conocí en Fray Bentos, cuando hicieron la planta de Botnia. Yo trabajé allá y él me conocía. Pero ahora se fue para arriba, senador, presidente, qué sé yo. Cuando llegué, había una manga de gente sentada en la vereda, muy de uniformes nuevos, naranjas, amarillos. Le salí al paso, pero en lugar de escucharme me echó, me insultó, yo le devolví el insulto, y los vagos se pararon y se me vinieron encima. Me corrieron.

    Lo miré a los ojos.

    —¿Cómo se llama amigo?

    —Héctor Suarez. Soy oficial pintor, categoría 11. Y me dio una lista de referencias, de empresas de Durazno y alguna de las mejores de Montevideo.

    Como los pájaros se conocen por la tonada, los negros de la construcción nos conocemos por las manos. Enseñado por Vittorio y Pacheco, capataces viejos, aprendí con el tiempo a leer la huella del trabajo en las manos, rechonchas y quemadas por la cal en los albañiles finalistas; rojas y curtidas por el óxido en los herreros; delicadas, con dedos finos y con cicatrices de la sierra los carpinteros.

    Este hombre era, sí, un finalista, las manos extendidas para mostrar las palmas nunca mienten.

    Era un hermano en desgracia.

    Le dije:

    —Mire amigo, trabajo para darle no tengo. Si vuelve a Durazno, ¿después usted se arregla? Entonces le voy a pasar usted, si promete no decirlo nunca, un préstamo que me dieron a mí para sacarme de un apuro tremendo hace poco. Y que tengo que pagar, devolviéndolo a otros hermanos en apuros, si prometen no hablar ni decir nada. La única condición: cuando pueda se lo devuelve a otro hermano acorralado por la vida.

    Los ojos abiertos como platos, tomó el dinero, me apretó la mano y emocionado, sin palabras salió para Tres Cruces. Recé por él, ojalá encuentre paz y trabajo.

    Los negros de la construcción somos como una bandada de tordos, que nos conocemos en los cruces de caminos. Sabemos que siempre estamos migrando, de un trabajo a otro, de días malos a días buenos; pero que, los que somos del oficio, nos conocemos por la tonada. Nos ayudamos unos a otros como hermanos.

    CI 1.179.445-4