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    Profeta en su tierra

    Viaje de un largo día hacia la noche, de Jorge Denevi, ganó cinco premios Florencio

    Por segundo año consecutivo, la Asociación de Críticos Teatrales del Uruguay (ACTU) otorgó los premios Florencio al Espectáculo y a la Dirección a una obra de Jorge Denevi. En 2015 fue por Constelaciones, pieza del inglés Nick Payne que se mantuvo toda esta temporada en cartel. Y ahora por Viaje de un largo día hacia la noche, del estadounidense Eugene O’Neill, distinguida el lunes 28 con el Florencio al Espectáculo, Dirección, Actriz (gran trabajo de Nidia Téllez), Actor de Reparto Álvaro Armand Ugón) y Ambientación Sonora (Alfredo Leirós). El experiente director consagra así la mejor racha de su carrera: tomando en cuenta el premio a La fiesta de Abigaíl en 2013, ha sido el principal triunfador en tres de las últimas cuatro entregas.

    Con este genuino exponente del canon cultural estadounidense, Denevi demostró una vez más su ductilidad para escenificar textos diversos. La del año pasado es una obra que combina la clásica historia de amor con la física cuántica y la teoría de los universos paralelos. Ahora se metió con algo mucho más simple y llano: la suma de todos los dramas que somete a una familia a la más amarga de las desdichas. Tomó la misma obra que había versionado en 1998, montaje que lo había dejado disconforme, y volvió a traducir el texto, pero esta vez respetando la extensión original de la obra  —dos horas y media— en una decisión que constituye un riesgo considerable en estos tiempos. Sin embargo, logró que el reloj juegue a favor y no en contra de la acción, para que el espectador no padezca el paso del tiempo sino que se abstraiga de todo y se sumerja en la aciaga y autobiográfica peripecia de un matrimonio maduro y sus dos hijos varones, en un hogar jaqueado por el alcoholismo, la depresión, la locura, la tuberculosis y la infelicidad. Es una propuesta austera y respetuosa de las formas tradicionales. Y gracias a esa lectura conservadora en lo formal, la puesta resulta brutalmente intensa y conmovedora.

    El gran trabajo del reparto que completan Roberto Jones, Sebastián Serantes y Camila Pozzo bien podría ser merecedor del premio al Elenco, pero este fue para Los nadie, de Teatro de la Baraja, en forma compartida con Mi hijo solo camina un poco más lento, la obra de moda en el Río de la Plata, del croata Ivor Martinic, sobre un joven  discapacitado y cómo reaccionan su madre y su entorno más cercano. La versión montevideana montada por El Galpón con dirección de Gerardo Begérez también ganó el Florencio a la Actriz de reparto, por la buena labor de Soledad Frugone.

    La estupenda composición de Rogelio Gracia en Final de partida, de Beckett (otro notable trabajo de Denevi nominado al Espectáculo) le valió el Florencio al Actor al intérprete que también estaba nominado por Clase, del chileno Guillermo Calderón, dirigida por Alberto Rivero. Gracia es un actor con garra, capaz de un superlativo despliegue físico y dueño de una profunda expresividad, que genera gran empatía, con un don especial para la ironía que lo vuelve ideal para los roles de comedia, pero que también se revuelve en el campo dramático.

    El reconocimiento al Texto de Autor Nacional fue para Día 16, de Federico Roca, obra estrenada en La Gringa que gira en torno a la violencia contra la mujer, y el Florencio Revelación fue para Valeria Fontán por la autoría y dirección de Los heridos, comedia dramática ambientada en un centro psiquiátrico, que abordó el drama de quienes sufren trastornos mentales.

    En la sección Comedia, El crédito obtuvo el Florencio al Espectáculo y a la Dirección para Mario Morgan. Los premios actorales fueron para la incansable Cristina Morán (¡86 años!) por La pipa de la paz y Leonardo Franco por la pieza tanguera Tu cuna fue un conventillo, de José María Novo (El Tinglado), también ganadora del Florencio al Musical.

    En Iluminación fue distinguido Leonardo Hualde por la galponera Todo por culpa de ella, del autor ruso Andrey Ivanov. En Escenografía, la estatuilla de Yepes (que combina el jopo de Florencio Sánchez con “el ojo de la crítica”) fue para Cecilia Bello y Lucía Silva por los rústicos y cálidos decorados polifuncionales de El capote, un cuento de Nicolai Gogol escenificado por L’Arcaza Teatro, con adaptación, dirección e interpretación de Fabiana García, Richard Riveiro y Pablo Albertoni. Y en Vestuario ganó una vez más Soledad Capurro por Me llamo barro aunque Miguel me llame, espectáculo de Teatro Victoria, con dirección de María Varela y sobre la figura del poeta español Miguel Hernández.

    En tanto, la versión de Edipo de la portuguesa Companhia Do Chapitô, presentada en la Muestra de Teatro de Montevideo, fue condecorada como Espectáculo Extranjero.

    La principal novedad de las nominaciones anunciadas la semana pasada había sido la inclusión de una categoría específica para los unipersonales, dada la gran cantidad que se registraron en esta temporada (19 contabilizó ACTU). Entre los seis nominados, el premio fue para La fiera, coproducción argentino-uruguaya escrita y dirigida por el porteño Mariano Tenconi Blanco, que en la versión local fue protagonizada por Mané Pérez, una de las mayores promesas de la escena emergente. Recostada en un realismo mágico bastante sui géneris, la narración gira en torno a un episodio de violencia doméstica contra una mujer joven que dispara la venganza de su hermana, transformada en una especie de mujer-animal que hace justicia por mano propia contra los abusadores.     

    Conservador.

    En la consideración del jurado, integrado este año por María Rosa Carbajal, Myriam Caprile, Carlos Cassina, Hugo Castillos y Yamandú Marichal, prevalece un estilo escénico claramente tradicional y conservador, seguramente influido por la ausencia este año de los críticos más jóvenes que participaron en el jurado en las últimas ediciones. Año a año, queda la sensación de que existe una distancia creciente entre los criterios estéticos del jurado de ACTU y los referentes contemporáneos de la innovación, la experimentación, la vanguardia y la juventud de las artes escénicas locales.

    Llama la atención que hayan sido ignoradas piezas como El gato de Schrodinger y Barranca abajo, ambas de la Comedia Nacional y entre las más destacadas de la temporada de autores nacionales del elenco oficial, que entre otras virtudes presentaban abundantes actuaciones de excelencia. Por más que no está en cuestión la calidad artística de la obra ganadora, vale mencionar la ausencia de reconocimientos a obras conmovedoras y removedoras como el unipersonal Encuentros en la estación del este, del francés Guillaume Vincent, tremenda interpretación de una mujer afectada por una severa bipolaridad, a cargo de Dahiana Méndez. Otras ausencias notables fueron el unipersonal humorístico Track, de Moré, la descacharrante Flores nuevas de antiguas risas, antología de cuentos de Roberto Fontanarrosa con una soberbia labor de Jorge Bolani, transformado en un auténtico capo cómico, la comedia negra Muñeca rota, de Lucía Trentini, que al menos merecía el premio para la banda de jazz que la musicalizó en vivo en el Victoria, y la inclasificable comedia Cretinos solemnes, compilación de piezas breves de Federico Guerra, representada entre empanadas y vasos de cerveza en la sala Cero de El Galpón, con Cecilia Sánchez y el propio Guerra convertidos en comediantes de excepción.