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Se habla mucho de la violencia doméstica, tema que siempre fue tabú en nuestra pacata e hipócrita sociedad, pero me parece increíble que siendo un tema tan trágico como doloroso, se esté dando tantas vueltas para ver si los agresores se ponen o no la pulsera, si la tapan o no la tapan con ropa, si la pulsera puede resultar discriminatoria para el agresor puesto que es visible, si los jueces aplican o no la medida a los golpeadores de sus mujeres.
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Los golpeadores son hombres ruines y frustrados, seres despreciables que están enquistados en nuestra sociedad, alta, baja o media.
No deberían ponerles una pulsera, deberían ponerles un collar de hierro remachado para que no se lo puedan sacar de por vida. Hay que señalarlos porque nunca cambian, ni se arrepienten.
El hombre agresor de la compañera es un nefasto simulador, conservador, apegado a los valores patriarcales y resistentes al cambio, lo que se refleja en sus características de personalidad y en los sentidos y significados que le atribuye al comportamiento violento. La característica más común de un hombre que maltrata es la doble personalidad. Frente a su mujer en ocasiones es amoroso, seductor, fascinante y en otras, explosivo, desagradable y temerario. La verdad de esta doble personalidad radica en que sólo la parte explosiva es la real. La parte encantadora es simplemente una máscara atractiva para someter seduciendo y para fingir frente a la familia y amistades los cuales jamás imaginan qué clase de personalidad se esconde tras ese ser encantador, seductor, buen amigo, divertido, que derrocha simpatía puertas afuera y golpes y violencia psicológica puertas adentro.
Basta de darle vueltas a un tema considerando a un violento que nunca cambiará, piensen en las víctimas que no llevan pulsera que las identifique pero sí una marca que no se borra por mucho que vivan.