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    Qué boquita

    Visto y considerando las últimas “escuchas telefónicas” en la hermana República Argentina, que involucran a la  ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, podrían extraerse por lo menos tres conclusiones:

    1. Que Jorge Batlle cada vez canta mejor. Como Gardel. (Se amontonan los hechos que le dan la razón).

    2. Que José Mujica se quedó corto.

    3. Que los presidentes no pueden hablar cuando quieran, ni decir lo que quieran o lo que se les antoje. Que tienen acotada la libertad de expresión (aunque en principio suene un poco mal).

    ——-o——-

    ¿Quién no recuerda cuando el presidente Jorge Batlle se  despachó en Bloomberg con aquello de que los argentinos son “una manga de ladrones desde el primero hasta el último”?

    Batlle claramente se refería a los políticos argentinos, a su dirigencia sindical y al peronismo. Desde un principio la mayoría de la gente, y en particular los argentinos que saben ser autocríticos y no se privan de burlarse de sí mismos, al contrario de lo que pasa con sus vecinos orientales, le dieron la razón. Y con el pasar de los años, aún más.

    Y hay que tener en cuenta que cuando Batlle lo dijo, todavía los Kirchner no habían irrumpido en la política argentina (a nivel federal). ¿Qué más podía agregar? A lo sumo, que se la llevan en bolsas, maletas y bolsones.

    ——-o——-

    Lo de Mujica ocurrió de modo diferente, como también todos recordarán. Fue porque un micrófono quedó abierto y amplificó una conversación con el intendente de Florida, Carlos Enciso, en la que el entonces primer mandatario respondía a las preguntas del jefe municipal sobre temas de geopolítica y el manejo de las relaciones internacionales, en particular con los vecinos. A saber: “para conseguir algo en Argentina tenés que recostarte un poquito a Brasil”. Lo que pasa “es que esta vieja (Cristina K) es peor que el tuerto (Néstor K). El tuerto era más político y esta es terca y no sabe lo que está haciendo”.

    Después de la “metida de pata”, Batlle fue a disculparse a Buenos Aires. La duda era sobre qué haría Mujica. En realidad, no hizo nada. Ahí, como al pasar, en un encuentro con Cristina, le dijo algo así como “perdoname, era una conversación de entre casa en el idioma de entre casa”. Palabras más, palabras menos.

    En su momento, gente muy allegada a Mujica me dijo que “el viejo” no tenía pensado hacer nada expresamente y que cuando se presentara la ocasión, le explicaría. “Cuando ellos hablan de mí, entre ellos deben decir que soy un viejo calandraca, que no me baño nunca y alguna otra cosa, y no me voy a ofender por eso”, dicen mis fuentes que dijo Mujica.

    Y es ahí donde creo que se quedó corto.

    ——-o——-

    La revelación de varias conversaciones de la ex presidenta con Oscar Parrilli, quien fuera su secretario general y titular de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), son harto ilustrativas. Parrilli, pese a ocupar esos cargos claves y cercanos, en una ocasión no se percató de que era su jefa máxima la que lo estaba llamando.

    “Soy Cristina, pelotudo”, lo ubicó ella.

    En esas llamadas, la presidenta Fernández de Kirchner hace una serie de pedidos bastante feos, como que “hay que apretar a jueces y fiscales” y empezar “a buscar todas las causas que le armamos” a un testigo algo molesto.

    Reclama también que “manden gente” para escrachar a un periodista que la criticó y cuestionó.

    No perdona ni a los amigos. De Miguel Ángel Pichetto, senador, un referente del peronismo y en ese momento líder del bloque del Frente para la Victoria (que integra el kirchnerismo), dijo que era “un traidor hijo de puta”. Así nomás.

    En una de las conversaciones, Parrilli le preguntó si iba a ir al congreso del Partido Justicialista (peronista), para el que habían elegido como presidente a Luis Gioja. La señora ex presidenta fue expedita: “ni en pedo; que se suturen el orto”.

    ¡Qué boquita!

    He ahí la razón de por qué creo que Mujica se quedó corto al referirse acerca de cómo lo tratan cuando hablan privadamente. Tienen un idioma de entre casa como más vibrante. Si al secretario le dijo “pelotudo”, ¡lo que puede haber dicho de su colega!

    ——-o——-

    La diferencia con Donald Trump es que los de por acá fueron sorprendidos (periodista “pícaro” que deja micrófono acabada la entrevista, un micrófono que quedó abierto por distracción y escuchas telefónicas). El norteamericano, en cambio, lo hace a cada rato y a grito pelado para que lo oigan todos.

    Otra diferencia es que se trata del presidente del país más poderoso del mundo y sea lo que sea que dice, suben y bajan las bolsas, caen y se entrechocan las monedas y casi todos andan a los tumbos.

    Por todos lados se escucha: debería ser más prudente; es el presidente de los Estados Unidos.

    Pero no es problema de prudencia. Se trata de que los presidentes están limitados en su libertad de expresión. No pueden decir lo que quieran. Los presidentes tienen poderes (delegados, por supuesto) que no posee ningún otro ciudadano, pero también tienen obligaciones que no obligan al resto. Entre ellas, la de cuidarse en lo que dicen porque, en definitiva, comprometen la suerte de todos y hasta la del propio Estado.

    Los hechos que hemos reseñado, más allá de sus aristas jocosas, son elocuentes sobre el porqué de esa limitación presidencial.

    Desde hace ya mucho, los presidentes, incluso reclamando “su libertad de expresión”, abusan de ese poder. Y no es chica cosa. Son “elasticidades” como se dan tantas que afectan los valores, las normas y también la credibilidad de la gente.

    Y por eso los ciudadanos se confunden o se cansan, agarran para cualquier lado, optan por alternativas diferentes e inesperadas y se “pasan por el forro” (como diría Cristina) lo políticamente correcto. Sucede en los Estados Unidos, en Europa y puede suceder en cualquier lado. También aquí.

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