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    Que investiguen ellos…

    Como ya he escrito en este espacio, Miguel de Unamuno lanzó una frase emblemática para identificar la relación entre la ciencia y la sociedad española: que inventen ellos. La misma fue pronunciada por el vasco en el marco de una dura y larga polémica mantenida con José Ortega y Gasset. El tema era la europeización de España. Unamuno rechazaba virulentamente los valores adjudicados a la ciencia en el mundo anglosajón y germano y sostenía que la ciencia española debía identificarse con la mística. Ortega subrayó los nulos aportes hispanos al desarrollo científico mundial y Unamuno, en carta de mayo de 1906, le respondió: “Yo me voy sintiendo profundamente antieuropeo. ¿Que ellos inventan cosas? Invéntenlas”. Energúmeno, le dijo Ortega, energúmeno y africanista de vocación.

    Que inventen los alemanes, los anglosajones y los escandinavos, opinaba Unamuno, pues el pueblo español no ha sido hecho para ello. El español, según él, debía dedicarse a las humanidades. Cada cual a lo suyo, como dijo Perogrullo.

    El juicio de Unamuno quedó grabado a fuego en la historia española del último siglo. Por eso, cuando se creó un ministerio especial para la promoción del llamado I + D (investigación y desarrollo) —una materia pendiente en el mundo hispano—, la flamante titular del mismo expresó en su discurso inicial que era hora de archivar para siempre la consigna-condena de Unamuno. España entraba en una nueva etapa de avance científico y tecnológico.

    Comenzó así en el país un período dorado para las ciencias. Hasta que la crisis económica barrió con todas las ilusiones. Los recortes que se han hecho en los programas de investigación son de enorme magnitud: más del 40% desde 2009. También los aportes privados a la investigación científica han sufrido una dura poda (el número de contratos financiados por los programas Ramón y Cajal bajó en los últimos años de más de 800 a 175). Pero no solamente se achicó el nivel de financiación, lo cual implica la suspensión de proyectos nuevos: también se están suspendiendo y archivando actividades ya iniciadas.

    Esta política de reducciones financieras a la investigación afecta tanto a los estudios de punta como a la educación básica, lo cual condena el futuro de la capacidad científica y tecnológica en España.

    Pero sería un error intentar hacerse una idea de lo que sucede hoy con la actividad académica en la Madre Patria a partir de los porcentajes de ahorro y de las reducciones de la financiación: a eso se le agrega el hecho de que gran parte de las cada vez menos becas y contratos que se otorgan jamás llegan a concretarse. De nada sirve haber ganado una beca (algo así como haberse sacado el 5 de Oro) y ver el nombre propio publicado en el Boletín Oficial del Estado. Luego de ocho, nueve o más meses de inútil espera para que esas becas se materialicen y se conviertan en realidad (es decir en euros y centavos), quienes las ganaron han consumido todos sus ahorros, han pedido prestado dinero a cuantos familiares y amigos tienen en su entorno y se han visto obligados a dedicarse a otra cosa o a irse del país.

    En un documento que un multitudinario grupo de investigadores y catedráticos españoles entregó recientemente al ministro de Economía, se lee: “Los 3.182 proyectos de investigación del Plan Nacional de I+D de la convocatoria de 2012, que suman 309 millones de euros para tres años, se aprobaron en enero de 2013, pero el Ministerio de Economía y Competitividad no ha transferido aún los fondos a los grupos de investigación seleccionados, que afrontan graves dificultades para arrancar el trabajo”.

    En otras palabras: quienes respondieron a la convocatoria en enero de 2012 (¡enero de 2012!) y fueron aceptados, aún están esperando dinero para comenzar a trabajar.

    O sea que las autoridades nacionales aplican una política basada en la guadaña, para cortar apoyos, y en la velocidad del caracol, para postergar al máximo lo poco que decide dar. No solo que no se han hecho efectivas aún las becas otorgadas para quienes respondieron a la convocatoria de comienzos de 2012: ¡la convocatoria para el 2013 aún no se ha hecho pública! Casi seis meses han pasado desde el primero de enero, pero parecería ser que en el gobierno todavía no han cambiado el almanaque.

    Como el proceso de selección de los becarios (que incluye la paciente evaluación de cada propuesta y una serie de enervantes marchas y contramarchas con pedidos de mayores detalles, de revisión de objetivos, de mejor definición de los aspectos metodológicos y demás) se suele extender por más de nueve meses, ya nadie cree que este año haya convocatoria. Y si la hay, la respuesta a quienes presenten solicitudes no llegará hasta bien entrado el 2014, para que quizás el dinero sea pagado (a los sobrevivientes) en el 2015. Si es que aún se mantiene el sistema.

    Consecuente con esta política, España ha dejado de cumplir con su cuota a la Fundación Europea de la Ciencia, no hace sus aportes a varios programas de investigación de la UE y aumenta en forma continuada su ya abultada deuda con el Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN). Si el Ministerio de Hacienda se sale con la suya, también quedará paralizado el principal órgano para las investigaciones científicas del país (el CSIC).

    Cada vez son más los laboratorios científicos que no reciben insumos debido a la deuda acumulada con los proveedores y en algunos lugares, como la Universidad Complutense de Madrid (la mayor universidad asistencial de toda España) “desaparece” incluso el dinero que instituciones extranjeras envían para que los investigadores españoles puedan participar de congresos internacionales. Etcétera.

    Unamuno quizás esté satisfecho en su cielo, viendo cómo en España se le da la espalda a la investigación científica y tecnológica. Hombre —le estará diciendo a algún correligionario celestial— ¡pues que investiguen ellos!

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor