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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDrive my car, la primera película de Ryûsuke Hamaguchi en estrenarse en el país, supo ser una de las citas más codiciadas para la cinefilia local. Con un estreno acotado en abril dentro del 40º Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay organizado por Cinemateca y exhibiciones regulares desde fines de julio, la última ganadora del Premio Oscar a Mejor película internacional fue, además, de lo mejor que se ha visto en el correr del año.
Sorprende, en parte, el casi que inesperado arribo de La rueda de la fortuna y la fantasía, una nueva película de Hamaguchi, en salas de cine montevideanas. Estrenada originalmente en 2021, el mismo año del lanzamiento de Drive my car, la película quedó eclipsada por la magnitud y resultados de su sucesora. Es, de todas formas, otra muestra que deja en claro que el cineasta japonés nacido en 1978 es un talento que merece ser seguido con devoción.
Compuesta de un tríptico de historias autoconclusivas que dialogan sobre el amor, los secretos y la obsesión en tiempos modernos, La rueda de la fortuna y la fantasía narra, en el siguiente orden, la conformación de un triángulo amoroso inesperado entre dos colegas del mundo de la moda; el plan de una pareja por vengarse de una figura académica de su pasado y el cruce entre dos exestudiantes que creen haber encontrado en la otra a un personaje de sus años liceales al que recuerdan con igual cantidad de cariño y de dolor.
Hamaguchi, un fanático declarado del cine de Éric Rohmer, tomó como excusa las reflexiones que el cineasta francés llegó a dejar sobre la realización de cortometrajes. Rohmer consideraba los cortos como ejercicios fundamentales al momento de fortificar el dominio de los tiempos y el ritmo de un relato audiovisual. Un entrenamiento necesario para quien quiera atreverse a dirigir un largometraje.
Con la excusa inicial de concebir siete historias para una serie, el director finalmente convirtió tres de ellas en esta película. Protagonizadas en cada uno de los casos por personajes femeninos, las historias se unen bajo la inclusión de la coincidencia como el puntapié del conflicto narrativo.
Hamaguchi se propuso representar lo excepcional “como una esencia del mundo”, según escribió en las notas de producción que acompañan la película. Para ello se puso a hacer marchar esta rueda que gira con sentimentalismo, ironía y dolor, así como alguna que otra sorpresa que el director es capaz de inyectar para convertir sus escenas y lugares de naturaleza cotidianos (un auto, una oficina, un hogar) en el escenario perfecto para su trabajo del drama y del romance.
Tituladas respectivamente Magia (o algo menos seguro), Puerta abierta de par en par y Una vez más, cada historia se centra en relaciones nuevas que se ven afectadas por dinámicas de poder que han cambiado por las fuerzas del destino. Ya sea por encuentros casuales en el trabajo o en la calle, esos vínculos verán su entereza emocional puesta a prueba. No todos estos personajes, por cierto, lograrán adaptarse a tiempo a lo que la vida les pondrá por delante.
El tiempo, en tanto, es otra de las magnitudes que el cineasta y guionista está dispuesto a moldear a su merced. En estos relatos, las coincidencias suelen ser presentadas, como todo hecho casual, con una rapidez tal que no permite del todo detenerse para poder contemplar la extrañeza de lo sucedido. Hamaguchi, a su vez, no tiene reparo en poner a sus personajes a conversar dentro de una misma locación mediante diálogos extensos que pueden ser interrumpidos por saltos temporales capaces de llevar la historia hacia meses o hasta años en el futuro.
Si en Drive my car el director exploraba el vínculo del duelo con el silencio, en La rueda de la fortuna y la fantasía se centra en los romances que florecen no tanto por las acciones sino por el mero peso de las palabras. No es inusual que el director disponga a sus protagonistas a construir conversaciones de un tono muy intimista que ayudan a entender sus emociones y aprender no solo sobre sus deseos, sino también lo que ellos no pueden expresar sobre esos deseos. Así, también es capaz de reflejar una sociedad japonesa adulta que le escapa al hermetismo con el que se lo suele mirar desde Occidente.
Con movimientos de cámara restringidos y encuadres a primera vista poco vistosos, el cine que Hamaguchi va construyendo se percibe autoconsciente en contrarrestar lo que parecen limitantes con recursos cinematográficos sencillos, y con ellos consigue una trascendencia narrativa inesperada. En Magia (o algo menos seguro), por ejemplo, una revelación crucial dentro de un café lleva a la cámara a ejecutar un zoom en el rostro de un personaje y es mediante el movimiento inverso que la historia se revela no como un presente sino como un futuro imposible. Algo similar sucede cuando los personajes de Puerta abierta… miran, en un primer plano, directo a la cámara y a la audiencia, de tal manera que el espectador se vuelve partícipe de una conversación de la que no debería, en principio, ser parte.
Una vez más cierra el tríptico con la premisa más diferente de todas: tras la propagación de un virus informático que comparte al azar documentos privados de los usuarios, la sociedad actual volvió a comunicarse por teléfono y telegramas. Aunque en principio esa línea argumentativa promete una historia en el marco de la ciencia ficción, rápidamente recobra el tono minimalista de los relatos anteriores cuando una escalera mecánica se vuelve el punto de encuentro de las protagonistas, con una subiendo, otra bajando, y el punto común entre ambas como un encuentro que las cambiará para siempre.
Hay una apertura a mostrar estas situaciones como hechos factibles pero también se puede percibir cierta tendencia a que el melodrama esté del otro lado de la puerta, esperando a ser llamado. Los personajes de Hamaguchi, sin embargo, rara vez se sienten como personajes y, más que habitar dentro de una ficción, son capaces de habitar espacios que se perciben como realistas. Con una fotografía naturalista en la que priman los colores claros, hay imágenes como la de un auto recorriendo las calles o un árbol que tapa parte del cielo que funcionan como actos poéticos para nada liberados al azar.
Si la coincidencia fue el punto de partida para la construcción de La rueda de la fortuna y la fantasía, las revelaciones son el fin del viaje de este ejercicio. Si bien la película jamás cobra la ambición de Drive my car, sí funciona como un complemento igual de hipnótico, donde los malabares sentimentales entre lo dicho y no dicho permiten, una vez más, asentar la presencia de una de las voces más interesantes del cine asiático reciente.