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Pedro Almdóvar se cansó de sí mismo, pero ‘Amarga Navidad’ demuestra el valor de su introspección
En su última película, ya en cines nacionales, el director vuelve a rodar en español y a hacer de la autoficción una de sus vertientes recientes más seductoras
Leonardo Sbaraglia y Quim Gutiérrez en Amarga Navidad.
“Estoy harto de mí mismo. No quiero seguir recurriendo a mí mismo para escribir”. Sin tapujos, así se confesó Pedro Almodóvar en la rueda de prensa de Amarga Navidad durante el pasado Festival de Cannes, en mayo, después de que su película recibiera una ovación de 10 minutos.
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El cineasta español anunció también que quiere escribir con otros, buscar universos ajenos al suyo, romper con la soledad creativa de cinco décadas. Una declaración del director consagrado que, en principio, presenta un mero problema. La película que la acompaña, la número 24 de su carrera, prueba que el Almodóvar introspectivo tiene aún con qué contar.
Amarga Navidad trae al director de vuelta en varios aspectos. Es su regreso al cine en español tras su incursión al inglés en La habitación de al lado (2024) y también a la autorreferencialidad más reciente en Dolor y gloria (2019), aquí construida sobre dos líneas temporales que se espejan a lo largo de poco menos de dos horas.
En 2004, Elsa (Bárbara Lennie), una directora de cine y publicidad en crisis, se refugia en Lanzarote después de un ataque de pánico. Veinte años después, Raúl Rosetti (Leonardo Sbaraglia), otro director, alter ego explícito y apuesto del propio Almodóvar, escribe un guion narrando el periplo de Elsa. Con ambos relatos, el cineasta se pregunta hasta dónde tiene derecho un escritor a usar la vida de los demás como materia prima.
Lennie sostiene este vaivén con actuación de control físico y emocional difícil de hacer, donde el drama y un humor antipático conviven, y le da a Elsa una densidad necesaria. Sbaraglia, por su parte, carga con la representación de Almodóvar y logra, como en Dolor y gloria, estar hecho a la medida del cine del español. Es una lástima que arrastre un acento argentino, en una decisión evidentemente controlada, que por momentos choca con la cadencia interna de toda película almodovariana.
Embed - Amarga Navidad | Tráiler Oficial
Almodóvar ha declarado en entrevistas que persigue, desde Julieta (2016) en adelante, lo que él llama “austeridad como estilo”, y aunque la intención se nota en algunos tramos, la película sigue siendo profundamente almodovariana en todo lo demás, con los rojos saturados del diseño de Antxón Gómez, la fotografía de Pau Esteve Birba que convierte el paisaje volcánico de Lanzarote en algo parecido a un estado mental, y unas secuencias largas en las que los personajes simplemente escuchan a Chavela Vargas y dejan que la letra dicte la emoción interna de quien mira. La austeridad anunciada convive entonces con un manierismo que el director no termina de soltar, quizás para su propia suerte.
Después de La habitación de al lado, que terminó atrapada en una frialdad que opacaba las emociones de sus personajes, Amarga Navidad es un regreso a una temperatura que recupera la pulsión vital que aquella había perdido. Funciona, además, como la tercera pieza de un tríptico que arranca en Dolor y gloria (2019), sigue con La habitación de al lado y concluye aquí. Las tres son atravesadas por la creación y la mortalidad, pero cada una desde una herida distinta. El dolor en esta, dijo el director en Cannes, es moral, psicológico, crónico, con él reconociéndose en Raúl Rosetti y sus dilemas como artista.
Almodóvar se filma a sí mismo como un creador peligroso, alguien capaz de vampirizar a quienes lo rodean en nombre de la ficción, y se lo cuestiona desde adentro, con gracia y honestidad. Esa operación le permite encontrar capas nuevas en un territorio que parecía agotado y demostrar que, después de años filmando su propia biografía emocional, todavía aparecen vetas sin explorar.