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    Querido y fugaz delirio

    La historia de Amarillo no comienza en la noche. La película, un documental sobre el auge y caída de un boliche de la noche montevideana de los 90, toma como imagen fundacional un eclipse solar visto en Uruguay en 1992.

    Con su cámara, el realizador audiovisual Eduardo Lamas se encontraba registrando, frente a la bahía de Montevideo, a la muchedumbre, atenta e impaciente por lo atípico del fenómeno. No sería la primera ni la única vez que Lamas iba a capturar una dinámica similar.

    Entre 1993 y 1994, tiempo en el que el boliche Amarillo mantuvo sus puertas abiertas en el barrio de la Aguada, Lamas repetiría el esquema. Registraría a un público joven, inquieto y atónito ante las propuestas artísticas que el lugar ofreció bajo una consigna: darle un lugar a lo inesperado.

    Amarillo recupera imágenes inéditas de las noches en el boliche homónimo y las intercala con los testimonios de quienes participaron en ellas, desde sus dueños y trabajadores hasta los artistas y bandas que actuaron allí. Desde el jueves 16 la película puede verse con funciones diarias en Cinemateca.

    Previo a convertirse en un realizador de trayectoria larga en el cine y la publicidad nacional, con un historial que incluye El viñedo y El viaje hacia el mar entre sus créditos, Lamas formó parte del grupo de amigos fundadores de Amarillo. Desde los primeros martillazos de la obra que convertirían al espacio en un boliche con una estética industrial influenciada por la cultura nocturna europea, Lamas respondería a un instinto natural para cualquier artista joven de esa época que tuviera la posibilidad de experimentar con una cámara de mano. Tener el objeto consigo lo impulsaba a una sola acción: filmar, filmar y filmar. Así, filmó, de principio a fin, la vida y muerte de Amarillo, hoy recordado como un espacio de vanguardia.

    Las horas y horas de registro terminaron en un sinfín de cajas que lo acompañaron a través de hogares y mudanzas. Los lugares cambiaban pero el vínculo entre el director y su pasado se mantenía igual. “No lo quería ver”, recordó Lamas en diálogo con Búsqueda. “Estaba peleado con todo ese material. Pero era consciente de que tenía algo interesante entre manos”.

    Durante más de una década, se rehusó a volver a ver el contenido guardado. Los motivos le sobraban. Todavía podía sentir el mal gusto del emprendimiento que no pudo ser; el peso de las deudas que propulsaron el principio del fin y, en especial, el recuerdo de una tragedia personal. Al mismo tiempo que Amarillo se acercaba al final de sus noches, el padre de Lamas murió. “Cada vez que veía esa caja me venía algo en el estómago”.

    Fue un amigo, el artista Alcides Martínez Portillo (1951-2001), quien le entregó un casete y un presagio que resultaría verdadero con el pasar de los años. Todo lo que estaba allí registrado, le diría Martínez Portillo, le serviría “algún día”. Fue alrededor de 2012, cuando Lamas decidió explorar ese material y sus propios archivos personales, cuando las cosas cambiaron. La distancia y el tiempo trajeron sorpresa y entusiasmo y así, Amarillo, la película, comenzó a tomar forma.

    Durante su proceso creativo, Lamas recordó otro hito fundamental. Con la colaboración del Museo Nacional de Artes Visuales, el cineasta accedió a una mejor visualización y digitalización de lo que podría definirse como sus recuerdos “filmados” en carne propia. Lo que empezó a ver lo sorprendió en dos aspectos. Por un lado, se asombró de la calidad con la que varias de las cintas habían sobrevivido con el pasar de los años. Por otro lado, quedó maravillado al presenciar, una vez más, las noches en Amarillo que antes había decidido olvidar.

    Las imágenes, “mal llamadas de archivo”, según aclaró citando a la documentalista Marta Andreu, habían cobrado otro significado ante sus ojos. Sintió que las había sacado de una cápsula del tiempo y que hoy tenían no solo otra forma, sino otro valor. Motivado por ellas, comenzó con su búsqueda y con el diálogo con quienes formaron parte del equipo de fundadores de Amarillo con el fin de reconstruir la historia del lugar.

    A esa parte del ejercicio documental hoy lo describe como “una caricia” motivadora que lo embarcó a ejecutar el proyecto. “Todos, de forma unánime, hablaban de Amarillo como algo que había sido importante o hasta bueno para ellos”, señaló.

    Testigo privilegiado

    Dentro de los fundadores del boliche, un grupo apodado bajo el nombre de Los Malditos, Lamas tenía un rol claro. Lo suyo era lo audiovisual. No solo se encargaba de registrar los numerosos actos que allí se presentaron —en la película se ven actuaciones de Jorge Drexler, Buenos Muchachos y Exilio Psíquico, entre otros—, sino también de las proyecciones de escenas de películas y piezas de videoarte que tenían lugar dentro del establecimiento.

    La presentación de los eventos y performances que tuvieron lugar en Amarillo hace pensar en un lenguaje familiar dentro del terreno del cine documental conocido como “la mosca en la pared”. Este estilo, que aboga por una presencia invisible por parte de la cámara que registra la realidad, aquí podría redefinirse como una mosca con privilegios. Siempre desde una plataforma en altura, donde también se encontraban los DJ del boliche, Lamas documentó el boliche en su esplendor, mientras el público bailaba, presenciaba un concierto o enfrentaba intervenciones artísticas de impacto.

    Según lo revelan las imágenes del documental, lo disruptivo era bienvenido y la presencia de una cantidad significativa de artistas mujeres o creadores de la comunidad LGBTIQ+ era común. “Eso se daba de forma natural”, dijo Lamas. “Creo que se sentían muy a gusto al estar en un lugar donde no se les prohibía nada, excepto en límites de seguridad”.

    Con el montaje de Pablo Riera, Amarillo encuentra un pulso natural gracias a un diálogo constante entre el pasado y el presente. Lamas, que para la producción de la película conformó una dupla creativa con su exsocio Gabriel Richeri (quien aquí figura como entrevistado y director ejecutivo), incluyó testimonios de los otros fundadores pero también de los empleados que pasaron por Amarillo, desde un jefe de seguridad con talento para la danza hasta varias de las bailarinas que allí actuaron. La película muestra a los involucrados reaccionando ante las imágenes de ellos mismos, jóvenes, y logra despegarse de la romantización del pasado para concentrarse, finalmente, en el efecto positivo, y muchas veces liberador, que la existencia del boliche tendría en quienes lo conocieron.

    Entradas de Amarillo. Foto: enlanoche1985

    Reconciliación

    Tal vez uno de los ejemplos más claro del misticismo generado alrededor de la existencia de Amarillo lo otorga el actor y dramaturgo Roberto Suárez, quien supo presentarse en el escenario del boliche junto con César Troncoso, su dupla teatral. “No sé cuántos años fueron, quizás tres o cuatro”, recuerda Suárez en la película al hablar sobre su pasaje por el lugar, antes de ser corregido por los realizadores. “Fueron 15 meses”, le señalan, para su sorpresa.

    En esos 15 meses, se posicionó como una oferta que mezclaba música, teatro, danza, una nueva oferta musical bailable, arte contemporáneo y hasta poesía, disciplina que logró tener sus noches exclusivas, los jueves, cuando el boliche experimentó su mayor popularidad.

    La filmación de Lamas permite percibir el cúmulo de estímulos que se presentaban en la experiencia de Amarillo, un lugar capaz de combinar rincones oscuros y andamios con la presencia de trapecistas, escenas de la película Batman de Tim Burton y hasta ver elementos shockeantes en una escena, como la de un bailarín que danza con un animal muerto.

    “Ese espacio y ese lugar merecían ser filmados antes de que se terminara”, reflexionó Lamas, quien entiende que la película lo llevó a una revalorización de su registro, pero también de su pasado. Esa reconciliación, apuntó, lo llevó hasta las lágrimas una vez que vio la película finalizada por primera vez tras su proceso de colorización.

    Desde el presente, Lamas se arrepiente por quienes quedaron fuera del documental. De acuerdo al realizador, hay una veintena de artistas cuyas presentaciones fueron descartadas a medida que la película cobró su forma final. De todas formas, advirtió que aún siente que hay material que vale la pena publicar. Entre las opciones posibles, se plantea la realización de una instalación en la que pueda adentrarse, de forma más didáctica, a contar la historia completa de Amarillo.

    A futuro, Lamas, quien para el lanzamiento se asoció con la productora U Films —responsable de películas como Mi mundial y Ausencia de mí—, se encuentra desarrollando una ficción. La trama, adelantó, gira en torno a la relación entre dos amigos artistas, algo de lo que conoce.

    Mientras Amarillo se prepara para su primera semana de exhibiciones en cines, el realizador se mostró calmo por la manera en la que logró pasar raya a un capítulo significativo de su vida. “Esta parte de mi pasado, que aparentemente fue un agujero, no lo era”, dijo. “La película tiene un concepto de reconciliarse con uno mismo pero también de perdonarse. Con Amarillo me metí en algo que era más grande de lo que podía ser. Pero si no hubiese sido así no hubiera existido”.

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