N° 1818 - 04 al 10 de Junio de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa anécdota está en El sueño de un hippie (Malpaso, 2014, 412 páginas), la autobiografía de Neil Young. Nuestro hombre, que se siente envejecer, festeja todos los cumpleaños en su rancho de California. Las tradiciones, como siempre. Una especie de fiesta campestre, comunitaria, familiar. Imaginemos: niños corriendo con algodones de azúcar, las muchachas tomando sol en la orilla del estanque, los perros olisqueando cerca de las barbacoas, grupos de peludos con pequeñas nubes púrpuras sobre sus cabezas allá y más allá, Neil observando todos los detalles, que no falten bebidas, que la música sea la que tiene que sonar, que los mirlos vuelen cerca de la gente para dar un espectáculo, una danza circular si es posible.
Están todos los niños de la zona con sus padres. Los regalos, así lo ha indicado Neil, deben respetar ciertas reglas: un año deben ser procedentes de la tierra; otro, del agua. Bobadas del tipo mira lo que encontré y te lo traje. Por lo general son piedritas y pequeñas maderas que luego él mismo se encarga de conservar en su ciudad de miniatura en el galpón, donde los trenes eléctricos viajan día y noche hasta que el maquinista se va a dormir.
El viejo hippie no tenía prevista ninguna piñata infantil, pero sí el momento en que se enciende la hoguera al caer la tarde, un momento para el placer visual y la reflexión. Un momento espiritual.
Es frecuente que el dios meditabundo se separe de los invitados para ir a buscar ramitas para pinchar las nubes de algodón de azúcar. Un año, en su paseo solitario alejado de la familia, de los amigos, de la raza humana, encontró un sitio donde había cantidad de ramitas de tamaño ideal. Las cortó y las trajo todas juntas, como en un ramo. Las colocó junto a la pila de madera que más tarde ardería. Dice Neil que esa noche la pasaron bomba, que recordaron el pasado y planearon el futuro, que todo salió a pedir de boca.
Al día siguiente, uno de sus amigos despertó con un sarpullido, luego otro, y después un niño y otro más. Fueron al médico y allí estaban todos los invitados con sus niños y todos con sarpullido. La razón: las ramitas perfectas, anodinas, resultaron de zumaque venenoso. Neil se sintió como un asesino serial. Pero en realidad lo que ocurrió fue, una vez más, que predominó uno de los vértices de la tan mentada trilogía de los 60. No fue la música, no fue el sexo: fueron las drogas.