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El embajador estadounidense en Buenos Aires, Robert Hill, estaba al tanto, y para tomar distancia planificó un viaje fuera del país cuando ocurriera el golpe de Estado. Luego, el 21 de setiembre de 1976, el embajador —definido por el periodista Ceferino Reato como conservador y anticomunista pero sensible a los derechos humanos— fue recibido en audiencia por Videla.
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En su informe secreto a Washington, Hill escribió que dijo al dictador que en su país existía “una gran empatía con su gobierno, que había tomado el poder bajo circunstancias difíciles y que todos comprendían que estaban en medio de una lucha a muerte contra la subversión”, pero que algunas cosas como el reciente asesinato de sacerdotes “estaban seriamente dañando la imagen de Argentina en Estados Unidos”.
“Se lavaron las manos. Nos dijeron: ‘hagan lo que tengan que hacer’ y luego nos dieron con todo. Cuántas veces nos dijeron: ‘se quedaron cortos, tendrían que haber matado a mil, a diez mil más’”.
Intelectuales.
Los escritores Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato aceptaron concurrir a un almuerzo en la casa Rosada con el dictador y a la salida atendieron a la prensa pero un tiempo después se pasaron a la oposición.
Comunistas.
A diferencia de lo que habían hecho ante otras dictaduras, el Partido Comunista Argentino (PCA) apoyó el golpe encabezado por Rafael Videla, que creyó contrario al camino “pinochetista” y fue un gran apoyo por el lado económico a través de la Unión Soviética.
Iglesia Católica.
Apoyó al régimen que se presentó como defensor de “Dios, Patria y Familia”, un discurso que según Reato “resultaba muy atractivo para el episcopado, aunque la mayoría de los desaparecidos eran católicos”.
Montoneros y ERP.
Los grupos guerrilleros vieron en la dictadura, más que un peligro, una forma de confrontar a un nivel superior con las Fuerzas Armadas.