El Pepe estuvo de visita en Venezuela. Qué suerte.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSalir de este quibebe oriental, aunque más no sea por un par de días, y poder visitar uno de los lugares más felices y prósperos del planeta es una maravilla, y por eso nos alegramos por nuestro presidente.
Pudo dejar atrás el bolonqui de Pluna, las agresiones de los dinosaurios de la Suprema Corte de Justicia, que se dedican a mortificarlo con declaraciones de insconstitucionalidad a las creaciones legislativas de su fuerza política, las tensiones explosivas de Santa Catalina, las reivindicaciones revolucionarias del malvado Jorge Zabalza y de la cruel Irma Leites, los desplantes genocidas de la mafia blanca, los hurtos, las rapiñas y los copamientos en todos los barrios de la capital y zonas aledañas, los ajustes de cuenta entre narcotraficantes, el flagelo de la pasta base, las amenazas de los políticos de la oposición haciéndole el baile del caño desnudos delante de todo el mundo, el empantanamiento de los trenes de AFE, los pedidos de los docentes de Secundaria para que sus diputados no legalicen la marihuana, la devolución de las cuotas mal pagas del aval a su contertulio del Quincho de Varela y fiel amigo Juan Carlos López Mena, para así poder disfrutar aunque sea brevemente del paraíso tropical chavista.
El Angry Bird Maduro lo atendió como se merece a su socio y amigo.
Juntos cenaron pavo y bebieron champagne festejando la Navidad, que en Venezuela empezó por decreto hace como dos semanas.
En medio de la celebración, cuando ya se habían bajado varias botellas de Dom Pérignon, por la chimenea del palacio presidencial apareció Papá Noel con su tradicional traje rojo, igual que el de las camisas chavistas, y ¡oh sorpresa! Tras la barba blanca de San Nicolás, ¿quién estaba? ¡Pues nada menos que el Comandante Hugo Chávez Frías!
—“¡Qué hashé, Hugo, tanto tiempo shin verte, papá!” —exclamó nuestro primer mandatario corriendo a abrazar a su viejo y desaparecido pero reaparecido amigo del alma, pero el fantasma de Papá Chávez se esfumó en el aire. Sin embargo, su voz altitonante resonó en el recinto.
—“¡Pepe, querido amigo, Nicolás, mi fiel escudero reencarnado, os abrazo y os quiero mucho! ¡No aflojéis en esa marcha in-con-te-nible hacia el socialismo revolucionario del siglo veintiuno, mis queridos herederos políticos!” —bramó el coronel, quién sabe desde dónde —“¡debéis seguir esa marcha contra viento y marea!” —concluyó, mientras una nube densa envolvía el ámbito de la sala donde festejaban, comían y bebían los comensales.
Al culminar la cena ambos mandatarios se trasladaron para pernoctar al mausoleo en el que reposan los restos mortales del fallecido presidente. Allí había dos cómodas camas junto al catafalco, iluminado apenas con unas velas perfumadas con aceites esenciales de coco y papaya.
Los dos hombres rezaron un Padre Nuestro Chávez, una nueva oración instaurada por decreto al día siguiente del pasaje a la inmortalidad del comandante, soplaron las velas y quedaron en la más completa oscuridad.
Cuando ya dormían, un ruido extraño los despertó. Otra vez la misma nube de la cena, iluminada desde adentro en una tenue luminosidad, y un curioso perfume a incienso de la India envolvió la estancia de mármol y cemento.
—“¡Aquí estoy de nuevo, para que renovéis la fe y la esperanza, y para daros fuerza y entusiasmo para vencer todos los obstáculos que se interponen en vuestros países para la concreción de vuestros sueños!” —dijo la voz del comandante desde ultratumba —“¡debéis cuidaros del imperialismo agresor que me quitó la vida con el cáncer inoculado por los asesinos yanquis que creyeron poder eliminarme pero no lo han logrado, porque aquí sigo a vuestro lado velando vuestro sueño y reforzando vuestros músculos libertarios, como lo mandan el Che, Fidel, Carlos Marx, Mahmud Ahmadinejad y el Ayatollah Khomeini!” —concluyó, desvaneciéndose una vez más en el infinito.
Los hombres cayeron de rodillas alabando al señor (Chávez) y volvieron a rezar otro Padre Nuestro Chávez, para luego dormirse hasta el amanecer.
A media mañana salieron de compras. Maduro lo llevó al Pepe a un centro de ventas subsidiadas de electrodomésticos, regenteado por un delegado del Ministerio de la Suprema Felicidad Popular, acompañados por la titular de dicha cartera, la Lic. Felicitas Japi Ness, oportunidad en la que Mujica se compró un televisor plasma de 40 pulgadas por 10 dólares, y una heladera con freezer por 8 dólares.
—“She las viá yevar a Varela, pa que las ponga en el quincho, le viá dar una sorpresa, le viá dar” —comentó el Pepe, encantado por poder comprar algo barato, demostrando que la inflación es controlable cuando un mandatario como Maduro manda bajar los precios, y éstos bajan, mismo.
Luego pasearon por Caracas, visitando entre otros lugares el Parque Comandante Chávez, destinado a la preservación de especies de aves en extinción. Maduro le pidió a la guardia que se alejara, y ambos gobernantes fueron juntos y del brazo hasta un alejado rincón, entre frondosos guayabos y florecidos arbustos de coloridas buganvilias violetas y anaranjadas. Se sentaron a la sombra de uno de los árboles.
No habían pasado dos minutos, cuando un pajarillo multicolor empezó a aletear sobre las cabezas de los dos mandatarios. Iba y venía de un lado a otro, piaba y piaba con alegres y rítmicos trinos, mientras aquellos dos hombres rudos y fuertes temblaban y sollozaban emocionados, tomándose emocionadamente de las manos.
—“Te lo dije, Pepe, ¡es él, es él! —dijo Nicolás Maduro —“Yo sabía que él iba a aparecer como siempre lo hace, y esos trinos nos ratifican sus palabras que hemos escuchado una y otra vez. ¡Gracias, Comandante, por estar siempre presente a nuestro lado, acompañándonos y marcándonos el camino!” —culminó el presidente venezolano, mientras el uruguayo lo abrazaba, y las lágrimas corrían por las curtidas mejillas de ambos estadistas.
Entonces el pajarillo aleteó una vez más, y se alejó entre las frondas de los manglares.
De pasada hacia el aeropuerto, Maduro tuvo tiempo de mostrarle algunos nuevos sitios de atracción en la nueva Caracas poschavista, como el Centro de Entrenamiento Militar Coronel Hugo Chávez Frías, donde la guardia de élite del presidente se entrena con el novedoso sistema del “Tiro al Negro”, haciendo puntería sobre unas imágenes de Barack Obama. Maduro le contó al Pepe que así se preparan para acertar cuando se produzca la invasión de las tropas norteamericanas.
Ya en el vuelo de regreso al Uruguay, el presidente Mujica les confió a sus colaboradores que se volvía con pena, por no haber podido compartir más horas con su amigo Maduro y el espíritu inmaterial y sonoro de su predecesor.
“¡Cuánto mejor viven ejto tipo, qué bueno taría poder traerno el fantasma de Chave, en vé de tener que votar al fantasma de Tabaré!” —dijo con visible resignación.