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Las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) son vistas como una de las responsables del calentamiento global y ya son motivo de preocupación para los mercados. La huella de carbono es el cálculo de estos gases emitidos durante toda la cadena productiva hasta que se comercializa ese litro de leche, kilo de carne o cualquier otro producto que entre al mercado. Incluso se cuentan las emisiones generadas por el transporte y por la fabricación del fertilizante que se utiliza en la cadena de la leche.
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Los GEI que intervienen principalmente en lechería son el óxido nitroso (N20) y el metano (CH4), aunque entre estos gases también figura el más conocido: el dióxido de carbono. El más importante en este rubro es el metano, que se libera como residuo luego de que la vaca fermenta el alimento dentro de su rumen. La mayoría del nitrógeno se debe al aporte de fertilizantes y a lo excretado por el animal.
“Es un indicador para estimar el impacto de un producto al cambio climático, que cada vez tiene mayor relevancia para los mercados”, indicó Lizarralde en su análisis.
Cada vez más cadenas de supermercados en países desarrollados exigen contar con este cálculo en los productos que venden. También consumidores preocupados por el medioambiente eligen aquellos que toman en cuenta este tema y tienen un bajo número de emisiones. Mientras, comienzan a aparecer legislaciones —sobre todo en Europa— que hacen suponer que el cálculo de la huella de carbono para los productos uruguayos exportados sería una ventaja competitiva con respecto a quienes no la calculen y, en ocasiones, hasta una exigencia. Por eso estos trabajos de cálculo de huella de carbono fueron incentivados por el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca.
Los primeros trabajos para estudiar la huella de carbono en la lechería uruguaya, liderados por los ingenieros agrónomos y docentes Laura Astigarraga y Valentín Picasso, finalizaron en 2012.