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    Ricachones en apuros

    “El precio de la codicia”, con Kevin Spacey, Jeremy Irons y otras estrellas

    Una legión de funcionarios armados con carpetas, laptops y rostros serios ha entrado en la inmensa oficina del altísimo rascacielos. Se desplaza acompasadamente, con las pisadas percutiendo al unísono como un pelotón de fusilamiento. La imagen es realmente desagradable. Los empleados miran aterrados porque semejante presencia solo puede traer desgracias y disgustos. La empresa tiene que ajustar su presupuesto, y será un ajuste severo. Muchos trabajadores serán despedidos. La palabra “crisis” y el frío y puntiagudo concepto “reducción de personal”, habituales en el Tercer Mundo, ahora son frecuentes en el Primer Mundo, en las oficinas vidriadas desde donde se contempla el resto de la ciudad como si fuese una miniatura, un juguete.

    Pero los despidos, muy dolorosos —en especial para los directamente afectados y sus familias—, no son nada en comparación con lo que vendrá. Al parecer, la empresa (poco importa a qué se dedica y qué vende) se encuentra en una situación difícil, crítica, y esto no lo saben ni siquiera los peces gordos. Lo cierto es que los números no dan, como se dice habitualmente. En realidad, la compañía está lisa y llanamente fundida: es un cadáver monstruoso que cotiza en la bolsa de valores a millones de dólares, pero cadáver al fin.

    Así se va jugando este efecto dominó que es El precio de la codicia. La larga mecha encendida de una mala noticia primero se origina en el alto funcionario que interpreta Stanley Tucci; luego se desplaza al jefe de piso, que tiene el rostro de Kevin Spacey. Finalmente llega al dueño del circo, que es Jeremy Irons. La acción consiste pura y exclusivamente en llamadas telefónicas urgentes, en la madrugada, de las que no pueden hacerse a la mañana siguiente porque sería demasiado tarde. Y la tensión está centrada en los rostros de preocupación de los funcionarios, empleados y gerentes de diversa jerarquía ante una pantalla de computadora donde se configuran los números desagradables —o la ausencia de esos mismos números—, las curvas descendentes y los peores pronósticos.

    El tema es el dinero y la tenue moral que siempre lo rodea. Hay quien manifiesta un obsesivo y exclusivo interés en saber cuánto gana fulano o perengano. Después está el que dice muy suelto de cuerpo que gasta mil dólares diarios (!) en mantener viva a su perra, afectada de una enfermedad terminal. Y también tenemos a quien acostumbra manejar cifras de millones y millones de dólares como quien barre polvo, al mismo tiempo que emplea un irónico estribillo: “Es solo dinero”.

    Este es el primer largometraje del director y guionista J.C. Chandor. Que sea una película hablada no implica que carezca de acción y tensión. De hecho, fue nominada por la Academia de Hollywood como mejor guión original. Sin embargo, es una típica película donde los actores son las figuras principales, como lo era aquella de similar título en español, “El precio de la ambición” (“Glengarry Glen Rose”, 1992), de James Foley, con guión de David Mamet y un elenco multiestelar en el que también figuraba Kevin Spacey.

    Y nuestros codiciosos de turno son Sanley Tucci, que todo lo que hace lo hace bien porque a sus personajes les imprime una convicción a prueba de balas.

    Jeremy Irons, que es como un centrodelantero de lujo, de los que entran en el partido faltando diez minutos y hacen un gol.

    Kevin Spacey, con ese rostro tan propenso a caracterizar psicologías problemáticas, tortuosas, desagradables, aunque en esta oportunidad se encuentra en el bando de los más sensatos.

    Paul Bettany, que compone a un yuppi soltero, algo divagado, de los que todavía fuman y gastan casi todo su sueldo en placer (mujeres, bebidas, ropa y si acaso un resto en la alacena para cuando vengan los malos tiempos).

    Simon Baker, que tiene mirada de ángel pero en este caso intenciones no tan angelicales.

    Zachary Quinto, cuyas extrañas cejas (¿son naturales o un implante?, ¿se las depila?, ¿se las tiñe?) le dan un aspecto errático.

    Y finalmente Demi Moore, nuestra bella cincuentona que si no fuera por esta película, diríamos otra vez que sus mejores papeles fueron en “Ghost, la sombra del amor”, “Cuestión de honor” o “Los ángeles de Charlie: al límite”, es decir, películas del montón. ¿Y qué hace en esta oportunidad? De bella cincuentona que anduvo con uno de los ejecutivos y quiere salvar su pellejo sin importarle otra cosa.

    Una historia que habla de ricachones en apuros. Claro, una clase de apuros confeccionados a la medida de esos mismos ricachones. Fuera de cuadro queda el daño colateral que estas empresas ocasionaron al resto del mundo.

    “El precio de la codicia” (“Margin Call”). EE.UU., 2011. Escrita y dirigida por J.C. Chandor. Duración: 107 minutos.