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El mejor espectáculo musical en la (breve) historia del Antel Arena. Así de simple. Así de contundente. Desde la apertura del estadio cerrado estatal, en noviembre de 2018, han cantado allí grandes figuras como Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Los Olimareños, Tribalistas, Caetano Veloso, Ivete Sangalo, Andrés Calamaro, Alejandro Sanz. No está en duda la alta calidad musical de muchas de esas presentaciones. Pero, fuera del Cirque du Soleil, lo de Ricky Martin el lunes 2 fue superior a todo lo que se vio allí en el último año y medio. Es más, no tengo dudas de que ya está entre lo mejor que veremos este año y entre los mejores shows internacionales que se han presentado en Uruguay en mucho tiempo. El puertorriqueño hace rato que se ha convertido en un señor cantante, tan efectivo en un éxito pop como Livin’ la vida loca, María o La copa de la vida, como en una pieza tradicional del folclore caribeño como La mordidita, en un reguetón de raíz como Vente pa’ ca o en sus clásicas baladas románticas como A medio vivir, Fuego contra fuego o Te extraño, te olvido, te amo.
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El lunes 2 vimos una puesta en escena de primer nivel mundial. No solo por la descomunal parafernalia técnica (especialmente de luces y pantallas) sino por la excelencia del cuerpo de baile (a la altura de los de Madonna o Michael Jackson en sus años de oro) y por el despliegue instrumental de la decena de músicos que se tocaron todo, con arreglos especialmente concebidos para banda completa (bajo, batería, guitarras, teclados, percusión, cuerda de bronces y coro). Si bien el Antel Arena sigue siendo un recinto incómodo para los sonidistas, esta vez sonó en forma bastante aceptable, a diferencia del reciente show de Sanz, que se oyó nuevamente muy mal.
Martin hizo gala de su inconmensurable carisma y logró mantener en éxtasis permanente a su audiencia, casi completamente femenina. El alarido constante fue lo más parecido a la beatlemanía que los tímpanos montevideanos hayan conocido, al punto de forzar a muchos a taparse los oídos. Tal fue la euforia y el idilio —no exagero un ápice— que, según parece, el hombre anda con ganas de volver antes de fin de año.