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    Rubén Darío, el inventor de la fórmula

    En 1888, un muchacho de 21 años llegó a Buenos Aires y comenzó a escribir para “La Nación” (entonces el diario más prestigioso en el continente hispanoamericano), para “La Prensa”, para “El Tiempo” y para otras publicaciones. Se llamaba Rubén Darío, era autor del revolucionario libro de poemas “Azul”… y estaba a punto de convertirse en el padre del Modernismo literario en lengua hispana y en “príncipe de las letras castellanas”.

    Darío se codeó con lo más selecto de la intelectualidad argentina y con políticos de la talla de un Bartolomé Mitre. Además, su cargo de cónsul honorario de Colombia (sic) le abrió las puertas a los círculos diplomáticos. En 1896 salió a la luz en Buenos Aires uno de los libros más importantes del poeta nicaragüense: “Los raros”. En él, Darío presentó escritores “diferentes”. Uno de ellos era Edgar Allan Poe, a quien Darío veía como una brillante excepción en el mundo literario estadounidense.

    Empero, es bueno resaltar que el joven Darío ya había presentado a Poe en un artículo publicado en la “Revista Nacional”, en enero de 1894. Es importante el detalle de la fecha, pues en este retrato del escritor estadounidense, Darío, con mucha más audiencia que Groussac, plantó en la escena la imagen de unos Estados Unidos poblados por Calibanes. En ese mundo calibanesco, Poe era para Darío un solitario Ariel.

    Mucha atención: estamos frente a un verdadero monumento en la edilicia mental latinoamericana. Recordemos que Calibán, el célebre monstruo de “La tempestad” de Shakespeare, representa el ser inacabado, instintivo y materialista; el bruto esclavizado por la inteligencia del mago Próspero. Hijo de una bruja y un diablo, Calibán es la contracara de Ariel, espíritu alado, alma refinada y culta. Así, Rubén Darío introdujo, en 1894, el dúo formado por Ariel y Calibán, que seis años más tarde sería tan exitosamente explotado por José Enrique Rodó en su obra más difundida.

    Hago esta afirmación con contundente sustento e insisto en un dato que revela la falta de originalidad de Rodó: ya en ese temprano retrato que Darío hace de Poe aparecen todos los elementos que luego se desarrollarán en la obra de varios literatos, abocados a demostrar que el yankee es un ser moralmente inferior “víctima de la bebida y la comida, de los placeres sensuales y del materialismo”, mientras que el latinoamericano, espíritu elaborado y rico, es el heredero directo de la antigua cultura grecolatina.

    La aseveración de que Calibán era un glotón insatisfecho (los estadounidenses “comen, comen”, insistía en escribir Darío) respondía a la idea de que mientras Calibán-yankee comía todo lo que podía, su álter ego Estados Unidos se comía a todos los territorios que podía (“mandíbulas de boa abiertas tras la tragada de Tejas”). Vemos resucitar así, casi medio siglo más tarde, el trauma de la conquista de los territorios mexicanos por parte de EEUU en el mundo intelectual latinoamericano.

    En “Escritos dispersos”, Darío anotó: “Un ministro de la República de Nicaragua —el señor Gómez— decía al célebre escritor colombiano Vargas Vila: “Que los americanos nos han de comer, es un hecho. No nos queda más que escoger la salsa con que hemos de ser comidos”.

    El hambre calibanesco de EEUU fue también comentado por el poeta nicaragüense en “Invasión anglosajona: Centroamérica yanqui”, que salió en 1902, antes de la intervención en Panamá y un año después de la publicación de su otra obra “La invasión de los bárbaros del norte”.

    Sin embargo, a pesar de reincidir con esa imagen, Darío no incursionó en el tema del calibanismo como sinónimo de canibalismo, tal como han hecho muchos otros, asociando al Calibán de Shakespeare con el caníbal que descubrió Colón en su primer viaje al Caribe.

    Camino a Europa, Darío pisó suelo norteamericano. Lo que allí vio lo asustó. No le gustó Nueva York, “la capital del cheque”. Lo aturdió el movimiento de la ciudad que nunca dormía: “En su fabulosa Babel [los estadounidenses] gritan, mugen, resuenan, braman, conmueven la Bolsa, la locomotora, la fragua, el banco, la imprenta, el dock y la urna electoral.” Sobrevolaba sobre estas fatídicas palabras la figura de Paul Groussac, amigo personal de Darío en la austral Buenos Aires.

    ¡Qué repugnantes esos ruidos propios de animales!

    ¡Qué fastidio el trajín incansable de los trenes, de las fraguas, de los Bancos en donde el vil metal cambiaba sin cesar de dueño!

    ¡Qué ajetreo inhumano el de una imprenta que no publicaba libros con poemas etéreos sino diarios y revistas con información útil para la vida económica y política de una nación!

    ¡Qué molesto ese bramido de urnas electorales en donde el pueblo decidía el destino del país…!

    En el medio de ese torbellino insoportable, Rubén Darío escribió: “Calibán reina en la isla de Manhattan, en San Francisco, en Boston, en Washington, en todo el país. Ha conseguido establecer el imperio de la materia desde su estado misterioso con Edison, hasta la apoteosis del puerco, en esa abrumadora ciudad de Chicago. Calibán se satura de whisky, como en el drama de Shakespeare (…), se desarrolla y crece, (...) engorda y se multiplica, su nombre es Legión”.

    Movimiento incesante, placeres primitivos, negros con veleidades de ciudadanos, democracia y muchedumbre: todos los pecados de la América calibana se codeaban en un mismo sitio y lugar. Estados Unidos era el infierno terrenal.

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