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Al entrar al viejo edificio de Mercedes y Tristán Narvaja se inicia un viaje en el tiempo. En una ciudad donde buena parte de las antiguas moles teatrales y cinematográficas han desaparecido o están convertidas en tiendas y garajes o han cerrado sus puertas (como las de Cinemateca), el Teatro Stella se mantiene como un noble sobreviviente. Los pisos y escalones desgastados por décadas de trajinar, las estructuras de madera de la platea, tertulias y balcones aguantan el paso del tiempo, aunque se quejan con algún crujido esporádico. El terciopelo de las butacas, las luminarias, las pinturas del cielorraso, los telones y patas laterales del escenario. Añoso, análogo y baqueteado, el viejo teatro sigue escapando a la obsolescencia que parece alcanzarlo.
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Veintiún años después de su última versión —por la Comedia Nacional, dirigida por Jorge Curi, para reinaugurar el Teatro Victoria—, en agosto se estrenó en la sala mayor del Stella La ópera de dos centavos, de Bertolt Brecht, a cargo de la compañía Tomania Teatro, un elenco independiente y autogestionado, formado por artistas jóvenes de varias disciplinas, que reúne más de 40 personas entre intérpretes, músicos, diseñadores y técnicos. La idea, el desarrollo del proyecto y la dirección general pertenecen a Diego Araújo, quien también dirige en la sala 2 del Stella el unipersonal Yago, una variación de Otelo, de Shakespeare, desde la óptica del servidor del Moro de Venecia, y coprotagonista de la famosa obra.
Con una duración de dos horas y media (intervalo incluido) Araújo optó por hacer una versión integral del texto del autor alemán que, con un fuerte tono de crítica al liberalismo y el capitalismo radical, narra la peripecia mafiosa de una banda que controla la actividad de los mendigos de Londres. Por más que la puesta fluye con buen dinamismo, hubiera sido conveniente una oportuna edición de algunas escenas.
Unos 15 actores y cantantes actúan junto a una pequeña banda sinfónica de 12 intérpretes, que reúne cuerdas, vientos, piano, guitarra y percusión, dirigida por el melense Martín Da Rosa, un joven músico de 25 años que muestra buenas dotes para sacar de su orquesta el característico sonido de swing, jazz y folclores europeos, típico del cabaret alemán de entreguerras. Así como el texto, la banda sonora respeta la muy disfrutable partitura original de Kurt Weil, caracterizada por el ritmo y la personalidad vanguardista propias de la primera mitad del siglo XX.
Si bien es un acierto el desempeño de la banda que dirige Da Rosa, es menester advertir que la performance vocal es, cuando menos, despareja. Junto a voces de primera calidad, como la de Cindy Jara, algunos intérpretes claramente no están capacitados para cantar en una obra de teatro donde la música es tan preponderante. Por más que la puesta incluye actuaciones solventes como las de Fernando Amaral, Dulce Marighetti, María Cristina Cabrera y Carlos Sorriba, sin dudas este defecto es determinante a la hora de apreciar el espectáculo en su globalidad.